El deber de incomodar
En tiempos en los que casi todo parece estar sometido al filtro de lo aceptable, lo correcto y lo conveniente, el cine corre el riesgo de perder una de sus funciones más valiosas: la capacidad de incomodar. Un cineasta que solo busca agradar, evitar conflictos o adaptarse al clima dominante de su época puede terminar produciendo obras impecables en forma, pero vacías en espíritu.
El cine, como cualquier forma de arte, nace de la libertad. Y la libertad, por definición, implica la posibilidad de contradecir, provocar y cuestionar. Por eso, el deber de un cineasta no es necesariamente ser políticamente incorrecto, pero sí estar dispuesto a serlo cuando la verdad de una historia lo exige.
A lo largo de la historia del cine, muchos de los autores que hoy consideramos fundamentales fueron profundamente incómodos para su tiempo. Luis Buñuel escandalizó a la sociedad burguesa y a la Iglesia con su crítica feroz a la hipocresía moral. Pier Paolo Pasolini fue perseguido y censurado por abordar temas sociales, sexuales y políticos que muchos preferían mantener ocultos. Sus películas no buscaban agradar al espectador; buscaban despertarlo.
Ser políticamente incorrecto, en este contexto, no significa insultar ni provocar gratuitamente. Significa algo mucho más complejo: rechazar la autocensura. En una época en la que el miedo a la polémica puede condicionar la creación artística, el riesgo es que el cine se vuelva cada vez más prudente, neutral y previsible.
La corrección política puede cumplir una función positiva cuando evita discursos de odio o discriminación. Pero también puede convertirse, si se aplica de manera rígida, en una nueva forma de control cultural. Cuando el creador comienza a preguntarse constantemente qué puede o no puede decir, qué tema será aceptado o rechazado, qué enfoque generará críticas o cancelaciones, el proceso creativo empieza a encogerse.
El cineasta, entonces, se enfrenta a una disyuntiva: adaptarse o arriesgarse.
Arriesgarse implica aceptar que una obra puede generar rechazo, incomodidad o polémica. Pero también implica confiar en que el cine no está solo para confirmar lo que ya pensamos, sino para abrir grietas en nuestras certezas. El cine más poderoso no es el que tranquiliza al espectador, sino el que lo obliga a cuestionarse.
Muchos documentales, por ejemplo, nacen precisamente de esa voluntad de incomodar. Cuando una cámara se coloca frente a un conflicto social, político o humano, su función no es maquillar la realidad para que resulte agradable, sino mostrarla con honestidad. A veces esa honestidad molesta. Y tal vez ahí reside su valor.
En última instancia, el problema no es la incorrección política. El verdadero problema sería la conformidad artística. Un cine que no molesta a nadie, que no cuestiona nada, que no arriesga ningún discurso, termina convirtiéndose en un producto más dentro de la maquinaria del entretenimiento.
El cineasta no tiene la obligación de escandalizar. Pero sí tiene la responsabilidad de no traicionar la verdad de lo que quiere contar.
Porque cuando el cine deja de incomodar, probablemente también ha dejado de pensar.