La banalización del mal
En tiempos de sobreexposición informativa y consumo inmediato, el mal ha dejado de percibirse como algo excepcional para convertirse en un fenómeno cotidiano, casi trivial. La banalización del mal no implica que las acciones dañinas sean menos graves, sino que nuestra capacidad de asombro y rechazo frente a ellas se ha erosionado peligrosamente.
Hoy, este fenómeno encuentra uno de sus escenarios más preocupantes en las redes sociales y plataformas de mensajería como WhatsApp. En estos espacios, el daño se ejerce con una facilidad inquietante y, lo que es peor, con una sensación de impunidad casi total. Insultar, acosar o difamar se ha vuelto un acto impulsivo, inmediato, muchas veces anónimo, donde quien agrede rara vez enfrenta consecuencias reales. El mal no solo se ejecuta: se normaliza.
Pero el problema no termina ahí. A esta dinámica se suma una perversión aún más grave: la estigmatización de la víctima. Con demasiada frecuencia, quien sufre el acoso no solo padece el ataque inicial, sino que además es cuestionado, culpabilizado o señalado como responsable. Se insinúa que “algo habrá hecho” o que “debería ignorarlo”. Este mecanismo no solo perpetúa el daño, sino que lo legitima. El agresor se diluye en la masa; la víctima queda expuesta y aislada.
A ello se añade un factor especialmente preocupante: el papel de muchos responsables políticos en la degradación del debate público. No son pocos los que recurren al insulto, la descalificación y el enfrentamiento como herramientas de comunicación. Cuando quienes ostentan poder utilizan ese tono, envían un mensaje claro: la agresividad es válida y el adversario no merece respeto.
Ese discurso no se queda en las instituciones. Se traslada a la sociedad y encuentra en las redes un terreno fértil. La polarización se intensifica, los matices desaparecen y el desacuerdo deja de ser legítimo para convertirse en motivo de ataque. Así se alimenta un círculo vicioso: líderes que elevan el tono, ciudadanos que lo imitan y plataformas que lo multiplican.
En este contexto, la banalización del mal alcanza uno de sus puntos más peligrosos, porque la violencia verbal y el desprecio dejan de percibirse como un problema y pasan a formar parte del intercambio cotidiano.
No se trata de exigir unanimidad ni de eliminar el conflicto. El conflicto es inherente a toda sociedad plural. Pero el modo en que se expresa importa. Cuando el debate se convierte en una competición de insultos, pierde la verdad, pierde la justicia y pierde, sobre todo, la convivencia.
El peligro no reside únicamente en quienes dañan, sino también en la indiferencia de quienes observan y callan. Cada vez que se comparte contenido ofensivo, que se ignora una agresión o que se trivializa un ataque, se contribuye —aunque sea mínimamente— a su normalización.
Recuperar la sensibilidad frente al mal es una tarea urgente. Implica denunciar las grandes injusticias, pero también rechazar las pequeñas violencias disfrazadas de humor o costumbre. Significa dejar de culpar a quien sufre y empezar a señalar con claridad a quien agrede, pero también exigir a quienes tienen responsabilidad pública que estén a la altura.
La banalización del mal no es inevitable. Pero combatirla exige algo más que indignación pasajera: requiere responsabilidad individual, compromiso colectivo y una nueva cultura del respeto.