Montero y Rufián: amor por necesidad

Al menos son sinceros: admiten que se “juntan” por interés. Irene Montero y Gabriel Rufián han escenificado en la Pompeu Fabra que se necesitan mutuamente.

Montero dirige un partido, Podemos, que llegó a soñar con ganar elecciones y formar gobierno. No con ser socio minoritario en una coalición, como ocurrió, con Montero al frente de Igualdad pasando con más pena que gloria. Rufián, independentista convencido y portavoz de ERC en el Congreso, entendió pronto que el independentismo no estaba reñido con pactar con partidos de reconocida españolidad. Esa estrategia le generó tensiones internas y recelos, especialmente con Oriol Junqueras, que pasó de aspirar a presidir la Generalitat a apoyar a Salvador Illa.

Rufián ha propuesto la unión de los partidos de la extrema izquierda para repartirse candidaturas y evitar competir entre sí. Convencer a Montero no ha sido difícil. Ella aporta un mensaje más radical; él, más pragmatismo. Pero ambos comparten objetivo: activar la vieja fórmula de que la unión hace la fuerza.

Ni Podemos ni ERC atraviesan su mejor momento. Podemos ha caído en la irrelevancia política; ERC mantiene estructura y presencia, pero ya no es el partido hegemónico en Cataluña que fue hace apenas unos años.

En la puesta en escena del “casamiento” político, el énfasis ha estado más en frenar a la extrema derecha que en presentar un proyecto alternativo de país. Más contención que propuesta. Tampoco han aclarado qué ofrecen más allá de levantar un muro frente a Vox, mientras en Cataluña el independentismo compite con figuras como Silvia Orriols, que combina radicalidad identitaria y discurso ultra.

Montero, fiel a su estilo, ha señalado como enemigos del bienestar a Mercadona, Iberdrola, Quirón y Repsol, empresas que concentran empleo, inversión y proyección internacional. En el caso de Mercadona, su propietario, Juan Roig, ha impulsado proyectos sociales y una política de precios competitivos que muchos consumidores valoran.

La ultraizquierda de Rufián y Montero nace con entusiasmo y ambición histórica. Pero el verdadero examen llegará cuando haya que decidir nombre, liderazgo y listas electorales. Es entonces cuando afloran las diferencias y se ponen a prueba las alianzas.

Y será también entonces cuando en Moncloa respiren con alivio. Porque una alternativa sólida a la izquierda de Pedro Sánchez nunca es una buena noticia para el sanchismo.

 

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