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El Diario de Cantabria

Bases de una amistad buena y duradera

Bases de una amistad buena y duradera

UN amigo fiel no tiene precio; el que lo encuentra ha hallado un tesoro (cf. Eclo. 6, 14-15). Pero para llegar a poseerlo hay que encontrarlo, valorarlo, trabajar por él, sacrificarse y apostar por él, incluso renunciar por él, de algún modo morir por él. ¿Cuáles son, entonces, esas bases que hacen que la amistad perdure y se vaya aquilatando con el paso del tiempo? Te ofrezco, lector amigo, este decálogo:

En primer lugar, trabajar la amistad: «Las palabras dulces multiplican los amigos y un lenguaje amable favorece las buenas relaciones» (Eclo. 6, 5). Si bien es cierto, que la amistad en su etapa inicial surge de un impulso espontáneo o empatía, para mantenerlo hay que invertir en él. Hay que dar, o mejor aún, darse al amigo. «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor», recomendaba san Juan de la Cruz.  Y este amor ha de estar acompañado de sentimientos, palabras y hechos concretos.

En segundo lugar: valorar la amistad: Amigos verdaderos no surgen todos los días, por tanto hay que conservarlos y valorarlos. A veces descuidamos o cambiamos una antigua amistad por una reciente que, a primera vista nos parece mejor, y luego maldecimos la traición que nos separó del amigo verdadero.

En tercer lugar, ser precavido: «Hay amigos que causan la ruina» (Prov. 18, 24) No nos apresuremos a tener amigos que no conocemos bien. Seamos prudentes para no acarrearnos desgracia y desilusión.

En cuarto lugar, confiar en el amigo: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn. 15, 15). La amistad no puede ser aérea, hay que tener apertura al amigo. Confiarle nuestro interior, nuestros pensamientos, sentimientos, lo que soy, lo que tengo y lo que hago.

En quinto lugar, hacer confidencias: Un amigo es un refugio seguro, en donde te atreves a descargar tu alma, sabiendo que podrá guardar los secretos de tu corazón. Es un puerto adonde no temes llegar.

En sexto lugar, ser fiel: «Hay amigos que comparten tu mesa y dejan de serlo en el día de la aflicción» (Eclo. 6, 10). «El amigo ama en toda ocasión, el hermano nace para tiempo de angustia» (Prov. 17, 17) Ser fiel ante la prueba, la aflicción, la incomprensión y el desaliento.

En séptimo lugar, ser sincero: «Solo los verdaderos amigos nos dicen que tenemos la cara sucia» (Proverbio siciliano). Saber aceptar nuestros errores y pedir perdón. Aceptar la reprimenda amorosa del amigo. La amistad «es el más noble de los sentimientos. Y es siempre el más humilde. Crece al amparo del desinterés. Se nutre brindándose y florece cada día con la comprensión. Su sitio está junto al amor, y únicamente los honrados pueden tener amigos, porque la amistad, el más ligero de los cálculos la lesiona. Como es un bien reservado a los elegidos, resulta el sentimiento más incomprendido y peor interpretado. No admite sombras ni dobleces» (H. E. RATTI)

En octavo lugar, dialogar mucho con él: Dialogar es tender puentes hacia el amigo querido. «Tener siempre presente sus valores y necesidades y desde lejos cuidarlo y respetarlo». No puede haber amistad sin diálogo. El saber dialogar supone siempre saber escuchar.

En noveno lugar, aceptarle tal como es: «Al amigo no lo busques perfecto. Búscalo amigo» (Dicho español). Aceptar al otro con sus imperfecciones y debilidades. No querer amoldarlo a nuestra forma de ser.

En décimo lugar, estar dispuesto a dar la vida por él: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Juan 15, 13). Estar dispuesto a morir, no solamente físicamente, sino también morir a uno mismo, al egoísmo y afán de autosuficiencia de cada uno. Morir al orgullo y mostrarnos necesitados del otro.

Una vida sin amigos verdaderos no tiene luz, sentido ni sabor. Para lograr entablar una amistad tendremos que salir de nuestro caparazón, vencer el miedo a la entrega y abrirnos a los demás. Mientras sigamos encerrados en nosotros mismos no hallaremos ese espejo donde reflejarnos que es el auténtico amigo.

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