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El Diario de Cantabria
Manuel Sánchez Monge
19:49
27/02/20

Ayudar a vivir, no a morir

Ayudar a vivir, no a morir

Las cuestiones suscitadas ante el final de esta vida, el drama de la eutanasia y el suicidio asistido son asuntos profundamente humanos, que afectan a la dignidad y no se reducen únicamente a una cuestión religiosa o para las personas que profesan la fe cristiana. Se habla mucho del ‘derecho a morir con dignidad’. Pero ¿qué supone ese morir con dignidad? Para la mayoría de las personas, «morir con dignidad» significa morir a su tiempo natural, sin que se acorte o se prolongue de forma innecesaria la vida y, sobre todo, morir rodeado del cariño de la familia y los amigos. Quien se encuentra ante el final de su vida necesita ser acompañado, protegido y ayudado a abordar con esperanza su situación, recibir los cuidados médicos con competencia técnica y calidez humana, sin verse privado de recibir el consuelo espiritual y la ayuda de Dios, si es creyente. Nunca puede el médico perder de vista que cada paciente es único, con su dignidad y su fragilidad. Se trata de un hombre o una mujer que debe acompañarse con conciencia, inteligencia y corazón, especialmente en las situaciones más graves, como ha recordado el papa Francisco.

Frecuentemente se aduce la compasión con el enfermo terminal para practicar la eutanasia. Pero la auténtica compasión es otra cosa bien distinta. La experiencia nos dice que, cuando se percibe el cariño y cuidado de la familia, cuando uno se siente respetado como persona tanto en la salud como en la enfermedad y se reciben los cuidados paliativos adecuados, si son necesarios, un porcentaje muy bajo de pacientes pide explícitamente la eutanasia. Sembrar esperanza verdadera, aliviar la soledad con una compañía afectiva y efectiva, aliviar la angustia y el cansancio, hacerse cargo del enfermo son expresiones de una verdadera compasión.

¿Cuáles son las necesidades que presentan los enfermos en situación terminal? Son necesidades físicas, psíquicas, espirituales, familiares y sociales. Las necesidades físicas derivan de las limitaciones corporales y principalmente del dolor. Las necesidades psíquicas son evidentes. El paciente necesita sentirse seguro y querido, tener la seguridad de la compañía de familiares y seres queridos que lo apoyen y no lo abandonen, necesita confiar en el equipo de profesionales que le trata, necesita amar y ser amado: tiene necesidad de ser escuchado, atendido, valorado y considerado, lo que afianza su autoestima. Las necesidades espirituales son indudables. El creyente necesita a Dios, experimentar su cercanía y compañía, recibir su fortaleza y consuelo, acoger su misericordia llenándose de esperanza y de paz. Por 

eso, sería una irresponsabilidad y una injusticia que la atención religiosa de los pacientes no estuviera asegurada en las instituciones hospitalarias, siendo una dimensión fundamental de la vida de las personas.

Las necesidades familiares y sociales del paciente terminal no son menos importantes. La enfermedad terminal también supone para quien la padece y para su familia, un desafío emocional, un esfuerzo económico importante y no pocos desgastes familiares de diverso calado. Toda la atención de los componentes de la familia se concentra generalmente en el miembro enfermo y, si la situación de enfermedad se alarga, el desajuste puede ser duradero. El paciente lo ve y también lo sufre. Por ello es muy importante no solo asegurar el sostenimiento del enfermo, sino también el soporte adecuado para que la familia pueda hacer frente al desafío que supone la enfermedad de uno de sus miembros.

Para la Iglesia, la verdadera alternativa a la eutanasia es la humanización de la muerte, es decir, ayudar al enfermo, no a morir, sino a vivir lo mejor posible en la etapa final de su vida. Reconocer el ‘derecho a morir’ (cuando uno quiera y como uno quiera) es rendirse social y profesionalmente ante la realidad de la enfermedad y de la muerte.

Conviene hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento de todos los enfermos terminales, pero especialmente de los inocentes. Es un deber tanto de la justicia como del amor. Pero cuando no se puede curar, aún se puede y se debe cuidar y aliviar. La actitud de los médicos y sanitarios ante las enfermedades se resume en el adagio: «Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre». Los cuidados paliativos son una nueva especialidad de la atención médica al enfermo en situación terminal y a su entorno. Teniendo muy presente su dignidad como persona en medio del sufrimiento físico, psíquico, espiritual y social que el fin de la existencia humana suele llevar consigo. Supone un cambio de mentalidad ante el paciente en situación terminal. Ahora bien, la medicina paliativa no está suficientemente desarrollada en la organización sanitaria española, y sería deseable que los poderes públicos reconocieran con mayor sensibilidad esa necesidad y la impulsaran decisivamente.

Para ayudar al enfermo y a su familia a cuidar estas dimensiones, la medicina paliativa se propone humanizar el proceso de la muerte. Acompañar hasta el final. Esta dimensión de la medicina intenta que los enfermos pasen los últimos momentos conscientes, sin dolor, con los síntomas controlados, de modo que transcurran con dignidad, rodeados de las personas que aman y si fuera posible, considerando su estado clínico y las atenciones que pudiera precisar, en su propio domicilio.

Debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos somos frágiles y limitados.

La introducción de la eutanasia en el panorama de acciones que puede realizar un médico socava la relación entre médico y paciente, fundamento de todo acto médico que se basa siempre en la confianza. Cuando no existe posibilidad de eutanasia, el paciente tiene confianza en que el médico está intentando ayudarle en su problema de salud, y hará todo lo razonablemente posible en ese sentido, y aceptará con gusto sus consejos.

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