El ruido del chisme y el silencio sobre lo esencial

El ruido entretiene… lo importante incomoda.
El ruido entretiene… lo importante incomoda.

En el fondo, casi todos tenemos un chismoso agazapado que se excita ante el cotilleo. El chismorreo no exige grandes conocimientos ni formación especializada: puede atrapar tanto al camarero de la taberna como al investigador universitario que comenta la vida privada de un colega. Es un terreno cómodo, accesible y transversal.

De alcobas, infidelidades y calentones creemos entender casi todos. Es un asunto que entretiene porque cualquiera puede opinar, juzgar o teorizar sin necesidad de grandes datos. El chisme es profundamente democrático: no distingue clases ni profesiones. Como el voto, está al alcance de todos.

Etimológicamente procede del griego —cisma, división— y pasó al latín hasta desembocar en lo que hoy entendemos por habladuría o murmuración. Y quizá no haya palabra más apropiada para describir cómo, en medio de un escándalo de enorme dimensión política y judicial, el foco público termina desplazándose hacia los detalles más escabrosos.

Porque el debate sobre la contratación de prostitutas en el contexto de una trama de corrupción, con ser reprobable, corre el riesgo de convertirse en una anécdota que eclipsa lo verdaderamente grave. Lo esencial no es el morbo. Lo esencial es la posible existencia de una red que, en plena pandemia, habría utilizado la compra de material sanitario —incluidas mascarillas presuntamente defectuosas— para enriquecerse mientras el país atravesaba una de las mayores tragedias de su historia reciente.

Ese es el núcleo del problema. La sospecha de que, en los niveles más altos de la administración y del partido en el Gobierno, pudo haberse tejido una estructura destinada a desviar fondos públicos en circunstancias dramáticas. Y la pregunta incómoda es cómo pudo desarrollarse sin que nadie detectara irregularidades a tiempo.

En una democracia exigente, escándalos de esta magnitud suelen tener consecuencias políticas inmediatas. Dimisiones, asunción de responsabilidades, explicaciones exhaustivas. Sin embargo, el debate público a menudo se desliza hacia lo accesorio. Se habla más de los detalles escabrosos que del posible perjuicio económico y moral causado a la ciudadanía.

Nos detenemos en los árboles y olvidamos el bosque.

El chisme distrae. La corrupción estructural exige análisis, rigor y responsabilidad. Y no siempre estamos dispuestos a dedicarle la misma atención.

Quizá porque el cotilleo es cómodo y lo esencial incomoda.

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