Sant Jordi no se defiende quemando libros

Ambiente festivo del Día del Libro y Sant Jordi en Barcelona, entre puestos de libros y rosas, frente a la polémica por las críticas a la tradición y el rechazo a la censura cultural.
Ambiente festivo del Día del Libro y Sant Jordi en Barcelona, entre puestos de libros y rosas, frente a la polémica por las críticas a la tradición y el rechazo a la censura cultural.

Barcelona siempre amanece radiante el Día del Libro. Sus calles huelen a rosa y en las aceras se alinean mesas repletas de libros. Hay pocas fiestas tan hermosas como esta, y participar en ella es un privilegio. Los lectores acuden impacientes a comprar el título deseado, a veces acompañado del autógrafo del autor. Hay libros para niños, para lectores exigentes, para entretener, para aprender y para soñar.

Sí, Barcelona nunca resulta tan acogedora como el 23 de abril, Día del Libro y también Día de Sant Jordi, celebraciones firmemente arraigadas en el imaginario colectivo. Por eso sobran, en una jornada así, las amenazas y el sectarismo.

Este año, sin embargo, planea la sombra de la polémica por las declaraciones de Eduardo Mendoza, quien sugirió que el 23 de abril debería ser solo el Día del Libro y cuestionó la historicidad de Sant Jordi. Sus palabras han provocado la reacción de algunos sectores que han llegado a plantear la quema simbólica de sus libros en la hoguera de San Juan.

En democracia se discrepa con argumentos, no con amenazas. La crítica es legítima; la intimidación, no. Defender una tradición cultural no puede implicar acallar o señalar al discrepante.

Muchos creemos que la fiesta del Libro y la de Sant Jordi pueden convivir sin problema. El caballero que se enfrenta al dragón forma parte del imaginario literario y simbólico. La fusión entre literatura y leyenda es parte del encanto de la jornada. Pero nada valioso se preserva mediante la coacción.

La historia europea ofrece ejemplos sombríos de lo que significa quemar libros como gesto de pureza ideológica. Conviene recordar que la cultura se fortalece con pluralidad, no con censura. Como escribió Heinrich Heine, “donde se queman libros se terminan quemando personas”. Una advertencia que sigue vigente.

Sant Jordi es, ante todo, una celebración de la palabra escrita. Y la palabra escrita vive del debate libre, la discrepancia y el respeto. La cultura no necesita hogueras; necesita lectores.

 

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