23-F: Yo estaba allí. Memoria viva de la noche en que la democracia tembló

23 de febrero de 1981. El teniente coronel Antonio Tejero irrumpe armado en el Congreso de los Diputados durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. En la imagen, el general Gutiérrez Mellado se enfrenta a los golpistas mientras varios guardias civiles tratan de reducirle. Fue uno de los momentos más tensos del intento de golpe de Estado que puso en jaque a la joven democracia española.
23 de febrero de 1981. El teniente coronel Antonio Tejero irrumpe armado en el Congreso de los Diputados durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. En la imagen, el general Gutiérrez Mellado se enfrenta a los golpistas mientras varios guardias civiles tratan de reducirle. Fue uno de los momentos más tensos del intento de golpe de Estado que puso en jaque a la joven democracia española.
No me cansaré de repetir que la Historia hay que dejar que la cuenten los historiadores, pero hay acontecimientos históricos recientes de los que algunos tenemos memoria.

No me cansaré de repetir que la Historia hay que dejar que la cuenten los historiadores, pero hay acontecimientos históricos recientes de los que algunos tenemos memoria.

El 23 de febrero de 1981 es uno de esos acontecimientos que muchos vivimos en directo. Sí, yo estaba allí, en el Congreso de los Diputados aquel lunes de febrero a las 18,23 de la tarde, cuando el teniente coronel Antonio Tejeroentró en el hemiciclo durante la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo. En ese momento acababan de llamar a votar al diputado de UCD Manuel Núñez Encabo.

Gritos. Disparos.
¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo!

“¿Pero quién es ese?”, pregunta alguien en la tribuna de prensa.
Y Miguel Ángel Aguilar responde: “Tejero, es Tejero”.

Recuerdo la hora exacta porque me encontraba flanqueada a mi derecha por Susana Olmo y por la “maestra” Pilar Narvión, que nos dijo:
Niñas, apuntad la hora, esto es lo que los libros de Historia cuentan que es un golpe de Estado”.

Y apuntamos la hora mientras un temblor nos recorría el cuerpo y el alma, y Miguel Ángel Aguilar exclamaba: “¡Qué vergüenza, qué vergüenza…!”.

Todos —diputados y periodistas— nos tiramos al suelo.
Solo tres hombres permanecieron sentados: Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo.

A las 18,25 Gutiérrez Mellado se levantó y se enfrentó a los golpistas. Lo zarandearon. Suárez acudió a defenderle.
Un guardia civil amenazó: “El próximo movimiento se mueve esto”.
Y “esto” era la metralleta.

Suárez volvió a levantarse.
Y se escuchó: “¡Se siente, coño, que se siente!”.

En la tribuna de prensa estábamos, entre otros, Charo Zarzalejos, Jordi García Candau, Raimundo Castro, Raúl del Pozo, Pedro Calvo Hernando, Víctor Márquez Reviriego, Bonifacio de la Cuadra… Recuerdo sus rostros con el mismo estupor que el mío, pero también con una determinación clara: pasara lo que pasara, teníamos que contarlo.

Recuerdo a Charo nerviosa, con lágrimas en los ojos.
Recuerdo a Pilar Narvión, firme, encarando a un guardia que nos apuntaba mientras intentábamos sacar un cigarrillo del bolso.
Joven, haga el favor de apartarse”, le dijo.
Y el energúmeno se apartó.

Hoy el móvil es una prolongación de la mano. Entonces, junto a la tribuna había cabinas telefónicas. Nos preguntábamos si nos dejarían llamar. No sabíamos nada. No sabíamos qué iba a pasar.

Días después, tomando un café con Carrillo, le pregunté por qué no se había tirado al suelo.
Su respuesta fue clara:

Estaba convencido de que me iban a matar… Yo representaba al PCE y debía comportarme como debía hacerlo el secretario general del Partido Comunista de España”.

Uno de los momentos más duros fue cuando sacaron del hemiciclo a Suárez, Carrillo, Felipe González, Alfonso Guerra y otros dirigentes.

¿Qué iban a hacer con ellos?
Temimos lo peor.

Tiempo después, Adolfo Suárez nos contó que ordenó al guardia civil que apuntaba que detuviera a Tejero si era necesario por la fuerza.
Era una orden del presidente del Gobierno de España”, le dijo.
Pero el guardia no se atrevió.

Aquella noche nos llegaban noticias por pequeños transistores.
Así supimos del discurso del Rey:

La Corona… no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático…

Fuimos de los últimos periodistas en salir del Congreso.
Después entramos en el hotel Palace por la puerta de empleados.
Recuerdo a Jordi García Candau preguntando si habían detenido ya al “delincuente Milans del Bosch”.
Hubo tensión. Mucha.

Y así continuó aquella noche interminable.

Hoy, martes 24 de febrero, el Consejo de Ministros ha aprobado la desclasificación de los documentos del 23-F.
Material imprescindible para reconstruir lo que sucedió y por qué sucedió.

Algunos solo podemos contar esto:
que aquella noche estábamos allí.
Y lo que vivimos.
Ni más ni menos.

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