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El Diario de Cantabria
Juan Hormaechea
09:45
26/11/19

Iglesia y Estado

Dijo Foustel de Coulanges que el nexo íntimo entre derecho y religión se daba en todos los pueblos primitivos. Esta afirmación que restringiría la influencia religiosa a únicamente determinados pueblos o comunidades pretéritas, no se ajusta a la realidad de la influencia de factores religiosos en todas y cada una de las civilizaciones, en que se pueden incluir las europeas; que en absoluto han podido considerarse nunca primitivas. 

Si bien es cierto que hoy en Europa, después de un larguísimo proceso de separación entre iglesia y Estado, constituye el laicismo señal de identidad de sus constituciones y códigos penales, ello ha tenido lugar después de contiendas desgarradoras de no hace más de doscientos o trescientos años, y así tenemos las que tuvieron lugar entre España y la Inglaterra separada del papado, enemiga acérrima de esta institución, de la que España se proclamó siempre devota.

Y después de la victoria de Mühlberg de Carlos V sobre los príncipes protestantes y de la traición de Mauricio de Sajonia en Insbruck, que estuvo a punto de costarle a Carlos V ser apresado por tales príncipes. Se llegó siglos después, y una guerra que duró treinta años, y arrasó extensas regiones de Alemania, en la que las tropas imperiales, constituidas principalmente por españoles, evitaron en virtud de la batalla de Nordlingen en la que derrotaron al ejército sueco, cualesquiera influencia del extremismo protestante de Suecia que, con su rey Gustavo Adolfo, había sido vencedor en una primera batalla contra las fuerzas imperiales comandadas por el general Wallenstein, y que en una segunda contra este mismo general y sus tropas imperiales, acabó en tablas, pero al haber necesitado el rey sueco Gustavo Adolfo un enorme esfuerzo para no ser derrotado, perdió la vida, que en definitiva supuso perder la guerra. Puesto que el cardenal infante Fernando de Austria, hermano del rey español Felipe IV, como hemos dicho aplastó al ejército sueco en Nordlingen; siendo tanto el afecto que Felipe IV sentía por este hermano, que cuando con poco más de treinta años murió a resultas de penalidades de la campaña. En contra de la rigurosa etiqueta de la corona española, Felipe IV, le lloró públicamente, y también España lloró a este caudillo, que si hubiera vivido, no habrían sido las tropas españolas derrotadas en Las Dunas y Rocroi, que marcaron la decadencia del imperio español, que aceleró el hijo de Felipe IV, Carlos Segundo.

Esta derrota de España y del catolicismo en la guerra de los treinta años, consagró la pluralidad religiosa, que se tradujo en el derecho de cada príncipe a imponer su religión a los súbditos de su principado, en virtud del axioma: Cuius princeps. Eius religio.

Pero no es menos cierto que por ello subsistió un nexo entre poder y religión, en pueblos que en absoluto eran primitivos. Habiéndose de resaltar, que Luis XIV de Francia anuló los derechos que El Edicto de Nantes dictado por Enrique IV, primero de la dinastía borbónica, otorgaba a los protestantes franceses denominados Hugonotes. Imponiendo duras represalias a los que no se convirtieran a la religión católica, lo que conllevó una intensa emigración. Y en absoluto podía estimarse que la Francia de Luis XIV constituyera un pueblo primitivo. No siendo sino en virtud de la revolución francesa, cuando se fracturó por parte de los revolucionarios, cualquier nexo de unión entre principios religiosos y la acción de su gobierno; aunque nunca pudo interpretarse que la religión «deísta», que más o menos inventó Robespierre, supusiera la desaparición de cualesquiera nexo entre la Religión y el Estado.

Dándose el caso de que cuando el criminal revolucionario Fouché, instauró en un cementerio la inscripción tallada en piedra, en la que se afirmaba: Este es el lugar de descanso eterno, Robespierre estuvo a punto de llevarle a la guillotina durante el periodo del «Gran Terror», puesto que su “deísmo” entendía necesaria la creencia en un ser supremo para el mantenimiento del orden social. Resultando curioso que uno de los hombres más proclives al laicismo, Voltaire, afirmó: A mí me parece bien que mi abogado y mi mujer sean religiosos, pues así mi abogado me robará menos, y mi mujer me pondrá menos cuernos.

Y con la restauración monárquica en la persona de Luis XVIII, después de la derrota de Napoleón, se reanudó el relieve de la iglesia católica en la Francia anteriormente revolucionaria y descreída. No siendo sino hasta mucho después, ya proclamada la república, cuando a través de las acciones de Jules Ferry se proclamó el laicismo absoluto del Estado francés; aunque este político estandarte de dicho laicismo, interviniera en Vietnam junto con tropas españolas de Filipinas, para vengar la muerte de misioneros católicos, y si bien España las retiró, Francia se apoderó de Laos, Vietnam y Cambodia, la Indochina francesa.

Así pues la religiosidad atribuida por el filósofo Foustel de Coulanges exclusivamente a pueblos primitivos, carece de fundamento. Y en el primero de los tres sarcófagos que contenían el cuerpo momificado de Tutankamón, figuraba una lámina de oro de la diosa de la noche egipcia que le abrazaba con sus alas y la inscripción jeroglífica: Madre Knout, extiende tus alas sobre mí, como sobre las estrellas imperecederas, confiando la religión egipcia que protegería para siempre al faraón difunto. Y si se analizan los poderes que la letanía del rosario, otorga a la Virgen María, se puede considerarla también, protectora de la vida eterna de los mortales.

Y tan arraigada estuvo siempre la creencia en el más allá, que ya Sócrates afirmaba: Si supiéramos que después de la muerte no hay nada, no la temeríamos, proclamando que el misterio de lo que puede haber después de la vida es tan insondable que justifica la actitud religiosa del hombre, y sobre todo ahonda el sentimiento de que no somos contingentes, es decir que no nos podríamos sustituir unos por otros, como un caballo o un perro pueden ser sustituidos unos por otros.

Y si bien la religión romana, estuvo siempre teñida de escepticismo, hasta el punto de que se afirma que cuando Cidipa, sacerdotisa de Hera, acudía a los oficios de dicha diosa, todos los días en un lujoso carro que arrastraban dos bueyes blancos que en Roma se consideraban sagrados. Un día que sus esclavos estaban bañando los bueyes en el río, sus dos hijos se uncieron a este carro para llevarla al templo. Y conmovida Cidipa por este rasgo de amor filial, le pidió a la diosa que le diera lo mejor para ellos. Resultando que al salir del templo, los encontró muertos con una sonrisa beatífica en su rostro; por lo que airada volvió a entrar, y la increpó por su muerte. A lo que ésta le contestó: Una dulce muerte en plena juventud, es el mejor regalo que pueden hacer los dioses a los humanos; lo que concuerda con la afirmación de Sócrates, de que si nada hubiera después, morir dulcemente sería el mejor regalo que podríamos recibir.

Y si después de esta reflexión, se me preguntara sobre el más allá, diría como tantos otros de mi generación que fuimos a colegios religiosos, y la influencia de nuestra historia, que mi cultura es católica.

Y si en la historia de la literatura del bachillerato, un poema medieval relataba el caso de una persona que sin haber sido dañina para los demás, era indiferente en religión. Al morir, y cuando los demonios pretendían llevárselo, la Virgen María ordenó a los ángeles que le rescataran. Y ello porque les dijo: Ese hombre cada vez que pasaba ante una imagen mía erigida en un crucero, se descubría y me decía: Ave María Gratiae Plena, por lo que, a quien así me saludaba, no puedo consentir que se apoderen de él tales demonios.

Y en cuanto a mí, al rememorar el himno del Congreso Eucarístico de Zaragoza, en el que se decía: Virgen Santa, Virgen Pura, Vida esperanza y dulzura, del alma que en ti confía: Madre de dios, Madre mía. Mientras mi vida alentare, todo mi amor para ti. Mas si mi amor te olvidare, Madre mía, Madre mía, aunque mi amor te olvidare, Tú no te olvides de mí. Espero que esta súplica, que en tantas ocasiones formulo y continuaré haciéndolo. Me produzca el mismo resultado que al de la historia medieval. 

Habiendo de decir que al evocar uno de los más bellos nombres que se otorgó por los conquistadores; en este caso por Don Gaspar de Portolá y Rovira: Descubridor, Conquistador, y Primer Gobernador de California, a lo que es hoy una gran ciudad, el de: Pueblo de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles. Confirma la creencia de que la Virgen María, puede ordenar a estos, lo que estimare oportuno. Conmoviendo y emocionándome tan profundamente dicha “advocación”, que no puedo menos de sentirme heredero del heroísmo de aquellos conquistadores, y su religiosidad. Máxime, cuando aquel hombre, un catalán, que descansa en un túmulo funerario, en una plaza de la ciudad de Balaguer es ejemplo de católico y español como lo es el insigne vizcaíno Don Blas de Lezo, que en Cartagena de Indias su costa y bahía, derrotó a las tropas inglesas y desmanteló la enorme flota de navíos de guerra y transporte del almirante Vernon, que pretendió  arrebatarnos la América española.  

En la biografía de Franco de Stanley Payne; resulta especialmente conmovedor el relato que dicho escritor atestigua, de que el Caudillo, ya moribundo, al despedirse de quien iba a sustituirle como Rey, Don Juan Carlos Primero. Apretó con sus dos manos la del Rey, y le dijo: Mantenga la unidad de España. Siendo esta la única súplica de Franco a quien había de sucederle. ¿Qué podrían decir a esto las “veleidades” de algunos vascos, y del gobierno catalán, que “so capa” del éuskera, y su dialecto, les justifica una demagógica superioridad respecto del resto de los españoles?

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