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El Diario de Cantabria
Juan G. Bedoya
10:53
1/05/19

Urnas por doquier

Tenemos ya las dos versiones sobre la violencia en el ‘procés’: Un relato meticuloso de policías, guardias civiles y mossos, y el contrarrelato de algunos votantes con sus parachoques (niños, ancianos, santas esposas) convocados por las defensas en auxilio de los alzados. Falta ver las ‘documentales’ en la sala del crimen. Los alzamientos modernos se televisan en directo, o casi. Curioso que sean las defensas quienes mejor exageran las violencias. Oigan esta declaración del testigo Pau Salvador, llamado por el abogado de Junqueras: «Me acuerdo del ruido de las porras cuando abrían la cabeza a vecinos».  

El presidente de la Sala, magistrado Marchena, se gana el sueldo. A veces tiene que hablar para  niños, como el lunes ante la chiquillada del cantautor Lluís Llach, cuando ponía como argumento para no contestar al abogado de Vox su condición de «homosexual independentista». Sea usted lo que quiera, que no me diga, que no importa, pero si ha venido aquí como testigo, debe contestar a quien le pregunte, y se acabó… Más o menos. Pues lo mismo con otros testigos.

Aburrámonos un poco con el sistema de votación en el dichoso referéndum. Fue ayer una pregunta obligada de la fiscalía a los testigos, casi todos con la mirada baja, aunque torva: ¿Dónde votó usted? Respuesta, por lo ligero: Donde me dio la gana. «Teníamos censo universal». Venían aleccionados. Como su colegio electoral estaba cerrado, o tenía guardias a las entradas, o Mossos d’Esquadra, o les parecía aburrido porque estaba pacífico, muchos se fueron de parranda a otros centros de votación. Y votaron, claro. «Era un día de emociones, no quería perdérmelo».

¿Cuántas veces votaron de camino? Quién sabe. ¿Por qué? Por el citado censo universal. Han sido varios los testigos que apelaron a esa asombrosa figura del despropósito internacional. Se sabía que había ocurrido, claro, pero no la teoría. Por ejemplo, Puigdemont, el fugado jefe del Govern, se llegó a votar a Cornellà de Terri porque el pabellón de Sant Julià de Ramis, su centro de votación oficial, estaba «tomado por la policía».

Pese a todo, fueron prudentes en el escrutinio, según el párroco de la iglesia de Vila-rodona, en la comarca de Alt Camp en Tarragona. Varios vecinos hacían el recuento de los votos a la izquierda del altar mientras el cura oficiaba la misa y los feligreses cantaban. «La verdad os hace libres», les dijo sobre la pureza del recuento. Pacífico pastor. En todo caso, según el «escrutinio oficial», aquel dichoso domingo votaron 2.286.217 catalanes (o vete a saber de dónde); el ‘sí’ obtuvo el 90,2% del voto válido; el ‘no’, el 7,8%. Ni Fraga en el referéndum franquista de 1966. ¡¡Pero solo acudió a votar el 43% del censo!! O sea, ni con esas. Y eso que Oriol Junqueras lo había suplicado, en pleno proceso de rebelión: «Si vamos todos a votar, el PP y Rajoy caerán».

Pero volvamos al «censo universal» de los Junqueras y Puidgemont. En todo el mundo que se diga civilizado, cada votante tiene asignado un centro de votación, una mesa y una urna. No puede introducir su papeleta en ningún otro lugar. Tampoco puede votar sin sobre. En algunos pueblos, el votante sale de la sala con un dedo entintado de negro. Con el dichoso censo universal, los alzados se saltaron esos trámites. Ni siquiera la Ley de Transitoriedad lo contempló. Se habría reído toda Europa y la otra parte del extranjero.

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