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El Diario de Cantabria
Juan G. Bedoya
12:38
24/04/19

La undécima

Empieza la undécima semana del juicio y en la sala del crimen hay agitación. Van a declarar los consejeros que abandonaron el Gobierno de la Generalitat en julio de 2017, convencidos de que Puigdemont y Oriol Junqueras no iban a parar hasta echarse al monte de la ilegalidad, cayera quien cayera. Hay curiosidad. Jordi Jané, Meritxell Ruiz y Jordi Baiget, además del exdirector de los Mossos Albert Batlle, dimitieron porque no estaban dispuestos a ir a la cárcel, ni querían perder sus propiedades. Por entonces, el gran agitador de la nada, Artur Mas, ya estaba embargado.

Jordi Jané era consejero de Interior. Tenía temple y prestigio. No quería ilegalidades en su territorio de mando. «El presidente, el vicepresidente y todos los consejeros siempre respetaron que el cuerpo de los Mossos d’Esquadra está para cumplir y hacer cumplir la ley», declara ante el Supremo. Se fue cuando le pidieron cambiar de rumbo y que comprase armas, muchas más armas, para los Mossos. Tuvo que responder sobre eso. «Estábamos en un escenario de alerta máxima terrorista; era fundamental que el cuerpo tuviera el material necesario». Bien. Vale. Madrid, que es quien paga a los Mossos, estuvo a punto de tramitar la compra.

No ha servido para mucho la deposición del ex consejero Jané. Sigue creyendo que sus ex colegas eran legales. Eso dijo. «En el momento en que se produce mi salida estaba convencido de que se llegaría a un acuerdo antes [para el referéndum], aunque hubiera un replanteamiento de calendarios, de fórmulas». Tampoco le sacaron palabra sobre la actitud exaltada del pacífico Junqueras, el armador de los cambios para echar el órdago definitivo al Estado. Algo se irá oyendo en las próximas semanas; Junqueras está especialmente agitado.

Ayer fue la segunda diada de Sant Jordi tras el alzamiento, y Torra, el presidente en funciones, la predicó en catalán y en inglés. Ni una flor en su rostro, ni un gesto de paz. Aún sueña con la mediación internacional, sobre todo con el apoyo de Europa. «Pedimos otra vez a Europa que se involucre para resolver este conflicto de una forma democrática; no se pueden tolerar juicios políticos, una democracia no puede tolerar que se silencie la voz de la gente con amenazas y violencia». Se nota que no lee periódicos. Eso sí, loas a sus presos, todas: «A los presos políticos, a los que están en el exilio, a los reprimidos por el malvado Estado español…»

Fue conmovedor su gesto candoroso, derrotado, solo, cuando elevó la voz para subrayar los «tiempos difíciles» que le ha tocado vivir y, sobre todo, para llamar a sus seguidores a «renovar hoy, con más fuerza aún, la lucha por el retorno y la victoria de la libertad». Extravagante su empeño en creer que el patrón de Cataluña, el inexistente Sant Jordi, «encara el espíritu de un pueblo que se ha batido con muchos dragones y no se ha dejado vencer nunca». Tampoco lee historia.

Prodigioso también que siga creyendo que la lengua catalana está perseguida, «que aún tiene adversarios, leyes e instituciones que la querrían hacer desaparecer». Ni siquiera sale a la calle. Leído el discurso desde la Galería Gótica del Palau de la Generalitat, con una ‘senyera’ y una estatua de Sant Jordi decorada con rosas amarillas, caminó unos pasos para asistir a la misa que el cardenal arzobispo de Barcelona, Joan Josep Omella, le daba en la capillita del Palau de la Generalitat.

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