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El Diario de Cantabria
Juan G. Bedoya
07:49
28/02/19

La ley Campoamor

La ley Campoamor es la funesta expresión que usan en la Administración jefes averiados para interpretar la aplicación de un reglamento pro domo sua, aunque no coincida con el sentido común, con la justicia ni con el interés ciudadano. La Consejería de

Ganadería de Revilla, ese enemigo de los ganaderos, lo suele hacer con regocijo. Pero volvamos a la sala del crimen del Supremo. Tiempo habrá de darle un soplamocos al extravagante comentócrata, que de vez en cuando vuelve de Madrid para ejercer un rato de presidente de Cantabria.

Las testificales empiezan animadas. Se acabaron los mítines, ni siquiera los del diputado Tardá, tardío de entendederas. Si el proceso fuera por hablar libres, él mismo estaría encarcelado. Los presos lo están porque siendo autoridades del Estado (estado de Desecho en Cataluña), se pusieron las leyes por montera.

A lo concreto, ha dicho por fin el presidente Marchena. Lo concreto son los hechos, por ejemplo si hubo violencia. Un abogado los llama escraches, y la vicepresidente le replicó que ella sí que sabe de escraches y que lo de Cataluña fue violencia y acoso. También se empeñaron los abogados en llamar referéndum a la cosa. Les abrumó Rajoy: «No hubo un referéndum tal como se entiende un referéndum. Había otra cosa. Unas mesas, unas personas que estaban allí... Pero eso no es un referéndum». Efectivamente, hubo urnas chinas o payesas, hubo papeletas borrachas, mesas por doquier y gente que votaba donde podía o las veces que quería, sin censo, sin que les untasen el dedo gordo de la mano derecha, como en el Congo cuando Lumunba, para marcar a los que ya habían votado, o que votaban donde les habían dicho en misa de doce los curas trabucaires que escondieron las urnas en sus sacristías, sabedores de que Rajoy, cristiano viejo, no las iba a buscar en lugar tan poco sagrado.

Pese a todo, este recochineo. «¿Cómo podría explicar a la sala que, con toda la inteligencia del Estado español, no se encontrara ni una sola urna?», le preguntó el ex consejero Homs, condenado pero abogado, a la ex vicepresidenta. Lástima que no se le ocurrió una respuesta pánico. Por ejemplo: «Es que las tenía escondidas bajo su sotana el obispo de Solsona, independentista radical, apretaditas contra sus mismísimas partes». Manda carajo el desparpajo de Homs.

¿Y la dichosa República? Ahí les duele el ridículo. Se proclamó la «República catalana, pero eran solo resoluciones políticas sin trascendencia jurídica». En ese trance estuvo bien la fiscala Madrigal, cuando la presidenta del Parlament, la presa Forcadell, quitaba importancia a todo, o sea, que «se votó en secreto, pero que la declaración no equivalía a la independencia de Cataluña». «¿Pero era verdad, mentira, teatro, farsa, sainete...? La política es una cosa seria», se indignó la fiscala. Y la señora Forcadell, con cara de no haber roto un plato habiendo roto tantos.

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