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El Diario de Cantabria
Juan G. Bedoya
14:59
14/02/19

El procesado huido

El procesado huido

Puigdemont, el huido, convoca cada día una conferencia de prensa, erigido en el analista del proceso por la parte de los alzados. Lo hace desde Waterloo, un lugar símbolo. Allí se rindió Napoleón, derrotado para no volver a levantar cabeza. Puigdemont no se ve mejor: ya reconoce que va a envejecer fuera de España. Eso, o volver para entrar en la cárcel como los sentados estos días en la sala del crimen del Tribunal Supremo. O peor. Los encarcelados creen que lo están por culpa de los fugados. Llevan más de un año pidiendo la libertad condicional con el argumento de que no piensan hacer lo mismo, y el juez instructor los mantiene presos con buen criterio. Se marcharían por donde se fue Puigdemont con varios de los suyos. Les sobra dinero para vivir todos opíparamente.

Oriol Junqueras, el vicepresidente que encabeza a los doce del patíbulo, ha afeado, entrevistado por el periódico Le Fígaro, de París, la actitud cobarde de los huidos de la Justicia. Frente al «destierro» lujoso y opulento de Puigdemont, el pobre republicano se declara resignado a un «camino de martirio». Dice además que es católico practicante y, por lo mismo, «buena persona». Curiosa deducción. Lo tenían por inteligente. Así se explica el desastre del proceso independentista, chapucero desde todos los puntos de vista.

A Junqueras le quema el destierro de sus antiguos compañeros de viaje, pero eleva el ser preso a la categoría de mártir. Eso suele consolar mucho. Hoy depone, en todos los sentidos de la palabra, ante el Tribunal Supremo. Hay que escucharlo, a ver si repite lo dicho al periódico francés. «Tampoco huyeron  Sócrates, Séneca y Cicerón. Los tres pudieron huir y no lo hicieron», proclama allí. Por cierto, Cicerón, el mejor abogado en la Roma de su tiempo, sí que huyó: a Sicilia, por miedo a Julio César, que lo perdonó finalmente el que hubiera apoyado a Pompeyo, y de nuevo a Sicilia cuando llegaron al poder Antonio y Augusto, que lo querían muerto porque remordía conciencias totalitarias. Por cortarle la cabeza pasa a la historia como un bruto el emperador Augusto, sobrino nieto de Julio César.

Nada debe temer Junqueras, salvo la cárcel si es condenado, lo que parece muy probable. La Justicia española, muy garantista, vigilará para que el vicepresidente no corra peligro bebiendo cicuta o cualquier otro venero, como hicieron Sócrates y Séneca cuando perdieron el favor de sus mandamases. Fueron personajes de ley y murieron por defenderla, como el gran Cicerón. En cambio, Junqueras está preso por pisotear con brutalidad la Constitución, el Estatuto de Autonomía de Cataluña y varias leyes del Estado. Y aún peor para él: no va a tener un Jenofonte, ni un Platón, ni un Tácito, que honren por escrito sus gestas desastrosas.

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