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El Diario de Cantabria

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Francisco Quevedo Piró, en las escuelas del Barrio de Arriba hacia 1910 con sus compañeros y profesores.
Francisco Quevedo Piró, en las escuelas del Barrio de Arriba hacia 1910 con sus compañeros y profesores.
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YO tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi padre. 脡l naci贸 cuando a煤n reinaba, como regente en Espa帽a, Mar铆a Cristina de Habsburgo que, ese mismo a帽o, cedi贸 la corona a su hijo Alfonso XIII, que acababa de cumplir diecis茅is a帽os.

Mi padre vino al mundo pr谩cticamente con el siglo, un 11 de enero de 1902, en un peque帽o pueblo de Espa帽a, llamado La Cavada, cuando a煤n las casas se iluminaban con l谩mparas de aceite, se hac铆an las necesidades en la cuadra y hab铆a que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como ni帽o, era siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.

Naci贸 como se nac铆a entonces, en la casa y con la ayuda de alguna vecina a la que la pr谩ctica emp铆rica hab铆a convertido en comadrona. Despu茅s, la selecci贸n natural era la encargada de que el nuevo cr铆o saliera adelante o no. A mi abuela Fausta Pir贸 Harche, tras el parto, aquella buena mujer la encam贸 durante quince d铆as en los que, uno tras otro, la tuvo a caldo de gallina. As铆 se recuper贸.

En esos a帽os, la radio y el cine a煤n era algo desconocido, un entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban hablando con sus vecinas. S贸lo los domingos se arreglaban con su mejor vestido, un ropaje que a煤n deb铆a taparlas hasta los tobillos, salvo que quisieran protagonizar un esc谩ndalo may煤sculo, para acudir a misa mayor y hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.

Paquito, como cari帽osamente llamaban a mi padre, despu茅s de que sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios kil贸metros para asistir a la escuela en el Barrio de Arriba, donde unos curas con babero blanco se encargaban de educarlo. M谩s tarde, fue a las escuelas del pueblo que estaban mucho m谩s cerca; siempre destac贸 en dibujo, ganando un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la 茅poca. Pint贸 un caballo. Con el dinero se compr贸 un par de zapatos de cordones, una pluma, unos libros, unas cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Adem谩s, se fue con su padre a la feria y todav铆a les dio con lo que sobr贸 para comprar un burro para la casa, que el que hab铆a estaba ya muy viejo.

Siempre sinti贸 admiraci贸n por su maestro, un hombre al que su magisterio le obligaba a dar sus clases con un impecable traje ra铆do; era todo lo que le permit铆a su escueta econom铆a. Imagino que fuese 茅l quien le inculcase su amor por la cultura y la lectura, en especial por las biograf铆as hist贸ricas, algo que tambi茅n he tenido la fortuna de heredar.

Creci贸 correteando por el corral de vecindad que hab铆a delante de la casa persiguiendo al gato de la familia para, una vez que le atrapaba, subir al balc贸n y arrojarlo por 茅l. Siempre le asombraba verlo haciendo piruetas por el aire para poder caer sobre las cuatro patas sin el menor rasgu帽o.

Creci贸 aprendiendo a orde帽ar a las vacas, con lo que la resonancia del chorro de leche reci茅n extra铆do golpeando el fondo del cubo de zinc que pon铆a bajo las ubres, se convirti贸 en uno de esos sonidos de la infancia que jam谩s se olvidan. Aprendi贸 a sallar, a llevarse con la azada la primera capa de tierra, sin hundirla en ella, y preparar el terreno para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos. La huerta de casa daba pr谩cticamente para todo el a帽o, lo mismo se recog铆an patatas que jud铆as verdes, caricos, arvejillos o esas cebollas rojas y prietas; rara vez le mandaba su madre o sus hermanas, eso de ser el peque帽o era lo que ten铆a, a La Central a comprar algo que no diera la huerta de la casa.

Una vez al a帽o se mataba el lech贸n que hab铆an comprado un a帽o antes a un buhonero que llegaba puntualmente con un pollino a su vera. 脡ste llevaba dos cu茅vanos a sus costados, apoyados sobre las albardas, por los que asomaban y gru帽铆an los peque帽os animales. Mi abuelo, Juan Quevedo, despu茅s de mirarlos y remirarlos bien, se decid铆a por uno de ellos y lo echaba a un peque帽o corralillo donde lo 铆bamos alimentando. En cuanto crec铆a un poco, se le dejaba suelto por el barrio, donde campaba a sus anchas. Engordaba como si fuese un rey, solo que con fecha de caducidad, con las sobras del d铆a y, en oto帽o, con la ca铆da de las casta帽as ayudadas por las suradas, com铆a sin fondo ni conocimiento hasta que no pod铆a m谩s y se dejaba caer en cualquier lugar. All铆, dormitaba sin poder moverse hasta que consegu铆a digerir la barbaridad que hab铆a engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba, junto a una cabra, para que con la carne de ambos animales hubiese suficientes chorizos y morcillas para todo el a帽o. Al calor y el humo del carb贸n y la le帽a se iban curando pendiendo de las cuerdas que se pon铆an en la cocina. El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia por mi abuelo, se iba poniendo en salaz贸n para que se conservara sin problemas. En el fondo del recipiente p茅treo hab铆an horadado un peque帽o agujero por el que se purgaba el l铆quido sobrante.

El d铆a de la matanza, a mi padre le mandaban agarrar al pobre animal del rabo para, despu茅s, frito y como un trofeo, pon茅rselo en el plato para dar cuenta de 茅l. Siempre recordaba con cierta repugnancia como el matarife y alguno de los hombres que ayudaban el d铆a de autos, se beb铆an un gran vaso de sangre del animal, a煤n caliente. No olvidaba el rastro que dejaba en sus labios. Al d铆a siguiente, antes de ir a la escuela, su madre siempre le daba un paquete para el maestro. Era costumbre en todas las casas. As铆 era como le demostraban su agradecimiento.

Cuando despuntaba la primavera, sub铆a a cuidar las ovejas a La Mortera y, cuando arreciaba la lluvia y las tormentas, corr铆a a refugiarse a la Nuria o la Jana, dos cuevas cercanas. Al atisbar el verano, mi padre sal铆a a buscar naitas, unas peque帽as fresas silvestres que crec铆an al pie de 谩rboles y a la sombra de cunetas, tapias y zarzales. Las iba coleccionando y metiendo en una hierba recia, anudada en un extremo, como si fuesen rosquillas para guardarlas y poder comerlas m谩s tarde. Cuando llenaba el improvisado recept谩culo, se sentaba en cualquier piedra y las degustaba como si fuese el mayor de los manjares. Siempre dijo que nunca ning煤n sabor de los que tuvo oportunidad de probar le satisfizo tanto como el de aquellas naitas de su ni帽ez. Ni tan siquiera le igualaba el sabor de las nueces, que tanto le gustaban y que tantas veces fuimos juntos a recoger. Siempre recuerdo la p谩tina de ro帽a que quedaba en mis manos despu茅s de una tarde recogi茅ndolas. En tiempo de casta帽as o de nueces, como viniera una buena surada, en seguida barruntaba que al d铆a siguiente ir铆amos a recoger los frutos que el viento depositaba en la tierra.

As铆 fueron pasando los a帽os, sin grandes sobresaltos, y al cumplir los catorce, mi abuelo Juan, un d铆a que estaban segando en la mies de Revilla le ofreci贸 tabaco y una hoja de papel de fumar para envolverlo. No tuvo que ense帽arle a liarlo; hab铆a visto muchas veces, extasiado esa ceremonia precisa, c贸mo con mimo y destreza su padre iba distribuyendo el picadillo por el papel, c贸mo se lo pasaba despu茅s por los labios mientras le humedec铆a con la lengua para, por 煤ltimo, sellar los bordes. No le cost贸 nada imitar lo que se sab铆a de memoria.

Despu茅s, cuando cada uno de ellos tuvo el cigarrillo formado entre sus dedos, mi abuelo sac贸 el chisquero y se lo ofreci贸 como quien le dice: ten hijo, ya eres un hombre. No dud贸 en girar la rueda con la palma de la mano hasta que consigui贸 que saltaran chispas de la piedra. Entretanto, soplaba con decisi贸n la mecha. Cuando consigui贸 prenderla, se la ofreci贸 a su padre y ambos aspiraron con fuerza hasta encender el cigarro. Con las primeras bocanadas que dio al que fue el primer cigarrillo picado de su vida, mi abuelo le comunic贸 una grave noticia, algo que supondr铆a un gran cambio en su vida, algo que, como la mecha con el viento avivaba su fulgor, no hac铆a m谩s que aumentar su inquietud.

La Cavada, como la ni帽ez, tras aquel d铆a, quedar铆a atr谩s para siempre. M茅xico ser铆a su nuevo destino.

(Continuar谩 la pr贸xima semana)

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