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El Diario de Cantabria

Luto en el mundo de los bolos

Luto en el mundo de los bolos

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UNCA nos acostumbramos. Y nunca nos acostumbraremos aunque la muerte sea tan tozuda enviándonos su señal una y otra vez y, como en esta ocasión, por partida doble. No estamos preparados para recibir estas noticias un tranquilo día de San Miguel. Nunca se está preparado para ello y en ocasiones alcanzas a aceptarlo cuando son muchos los años vividos o la enfermedad se hace irreversible, pero muy difícil cuando uno se va sin avisar, en pleno disfrute de la familia, de los bolos, de los amigos, de la vida.

Y así, sin avisar, sin esperarlo nadie, sin hacer ruido, sin tiempo para despedirse, se nos fue a los 64 años Ramón Pelayo, ‘Ramonín’ para los que jugamos en las mismas camberas de Helguera de Reocín, el hijo pequeño de Melia y Carpio. Jugar y también trabajar porque muy joven perdió a su padre y tuvo que colaborar en las labores ganaderas de casa hasta que surgió un nuevo panorama en la empresa de su cuñado Manuel Rotella. Y en ella, de la mano de su hermano Jacinto, tomó contacto con la labor organizativa del mundo de los bolos, siendo pieza clave en aquella Peña Construcciones Rotella que durante casi veinte años acaparó la atención de los bolos de Cantabria. Y desde ella a la Federación Española, primero como organizador de protocolos en Campeonatos y Semanas Bolísticas y finalmente como vicepresidente. Jugó a los bolos, como todos los niños del pueblo y nada mal, como todos los Pelayo, pero seguro que cuando más disfrutó fue siguiendo la trayectoria de su hijo, para nosotros el otro ‘Ramonín’. Y ahí ha estado hasta el último momento, este año en la Peña San Jorge de Vispieres, en donde echaba una mano en las labores de la elaboración de actas en la mesa de control, algo que siempre hizo en la Peña Rotella o en los numerosos concursos que organizó por toda la región. Buen aficionado a la caza, con buen gusto y acierto en la interpretación de tonadas montañesas, que se hacían imprescindibles en las reuniones anuales que teníamos los antiguos alumnos de la escuela del pueblo. La vida puso a prueba su fortaleza, pues tras superar la muerte de su padre le tocó despedir a sus hermanos Manuel y Poli, muy jóvenes, y superar una delicada operación de trasplante de corazón. Salió adelante en todas estas situaciones y en otras más que le fueron surgiendo en su salud, gracias a unas ganas enormes de luchar y de vivir, hasta el punto de que hacía una vida totalmente normal que a todos nos sorprendía. Pero esta vez no pudo ser, se tropezó con el ‘bicho’ que todo lo puede y su en principio sencillo tratamiento ocasionó el fatal desenlace cuando nada hacía pensar en ese desenlace. Ramón dejó huella en los bolos y en su pueblo, y en sus muchos amigos que hoy lloramos en su despedida. Quiero mandar fortaleza a su mujer Carmen, a sus hijos Ramón y Carmen, y muy especialmente a su hermano Jacinto, que en los últimos años ha recibido estas malas noticias familiares en demasiadas ocasiones.

Cuando estaba todavía aturdido por la mala noticia recibida a primera hora, cuando me disponía a realizar una pequeña crónica para avisar de la misma en las redes sociales, me llegó otro nuevo mazazo, la muerte de otro amigo, maestro y buena gente de los bolos, José Manuel Riancho Palazuelos. En un primer momento tenía la esperanza de que fuera un error dado que ambos, Ramón y José Manuel, compartieron el cargo de vicepresidente en la Federación Española. Pero la realidad se mostraba nuevamente tozuda y nos enviaba una prueba de tristeza y fragilidad. Mal se presentaba la mañana de San Miguel, que sin embargo lucía un día espléndido, como aquella de hace dos años en la que perdidos a otro de nuestros referentes bolísticos, Cundi Ceballos. Y la misma mañana que se jugaba el Torneo Ciudad de Barcelona a la que en muchas ocasiones ellos acudieron y en donde guardaron un respetuoso minuto de silencio.

José Manuel era de La Cueva, municipio de Castañeda. Jugó bien al fútbol en varios equipos de nuestra regional y con el Barreda llegó a ganar la Copa de 1973, afición que le mantuvo siempre muy unido al Racing y al Real Madrid, sus dos pasiones. Su labor en el mundo de los bolos comenzó en los años setenta en Oreña a donde fue destinado como maestro, y luego en el colegio de Cóbreces, en donde fueron concentrados los escolares del municipio de Alfoz de Lloredo. Esa labor no pasó desapercibida en la Federación Cántabra y el presidente Juan Álvarez le fichó para colaborar con Manolo Martínez Pelayo en las labores de promoción entre los más jóvenes. Volvió a la Federación de la mano de Fernando Diestro y de allí pasó a la Española en donde ejerció de vicepresidente durante doce años, compartiendo esa función con Ramón Pelayo, y miembro de la Asamblea General de la Federación Cántabra desde 1985 a la actualidad. En su etapa de concejal de Deportes colaboró activamente con los bolos y con la Federación Cántabra, destacando la puesta en marcha del Proyecto Educativo Madera de Ser, la construcción de las boleras Mateo Grijuela y Marcelino Ortiz Tercilla, y la celebración de las Semanas Bolísticas en el Palacio de Deportes. Por esa gran labor recibió las Insignias de Oro de ambas Federaciones. En la actualidad, además de viajar regularmente a Madrid a visitar a la familia, visita que aprovechaba para saludar a los amigos de la Peña Madrileña, jugaba la liga de veteranos con La Carmencita y desde hace dos años era el presidente de la Asociación de Peñas de Bolos (APEBOL).

Hoy me toca despedir a dos amigos, una prueba muy difícil, imposible diría si no fuera porque estoy convencido de que somos muchos los que hoy lloramos esa doble pérdida y soportamos ese dolor. Hasta siempre amigo Ramón, hasta siempre amigo y maestro José Manuel. Seguiréis hablando de bolos allá a donde el destino, el mismo día, os haya buscado un sitio para el último descanso. Os recordaremos pero nunca nos acostumbraremos.

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