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El Diario de Cantabria

¡Cuéntame una historia, abuelo!

¡Cuéntame una historia, abuelo!

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IS dos chiquitines aún no tienen edad para pedirme esas cosas, pero se las dejo aquí escritas por si algún día lo hacen y al mismo tiempo las comparto gustosamente con ustedes.

Los que en los años primeros de la postguerra fuimos a la escuela del pizarrín o la tiza -entonces por no tener, no teníamos ni crisis económica ni virus- teníamos como libro de texto la enciclopedia, divida en tres grados según la edad. La enciclopedia contenía todos los saberes que nos eran necesarios para el día de mañana y algunos otros para inculcarnos suavemente, a través de gestas y leyendas, el amor a la patria. No eran buenos tiempos para florituras. Ahora, todos los conocimientos, los necesarios y los innecesarios, los alumnos los pueden encontrar en la Wikipedia, que es sin duda un gran recurso al alcance de todos para llegar al saber universal que pretendían los renacentistas y los humanistas.

De aquella enciclopedia, recuerdo una bonita historia -mitad leyenda- de la segunda batalla de Roncesvalles, contada por Ventura Ruiz de Aguilera (Ecos nacionales, 1849). Dice la historia que en el año 808, el poderoso Carlomagno, rey de los francos, penetró en España al frente de un gran ejército, y en él figuraban como jefes los famosos ‘Doce Pares de Francia’, cuyas legendarias proezas han inmortalizado los libros de Caballería. Mala suerte tuvo el emperador en España, pues cuando se hallaba con su ejército en el desfiladero de Roncesvalles, se vio acometido y derrotado por vascos, navarros y moros de Zaragoza, a quienes se unieron gentes de otros lugares. Y lo cuenta así atribuyendo la victoria a Bernardo el Carpio. ¡Cuéntame una historia, abuela! Siglos ha que con gran saña, por esa negra montaña, asomó un emperador. Era francés y el vestido formaba un hermoso juego: capa de color de fuego y plumas de azul color. ¿Y qué pedía? La corona de León. Bernardo, el del Carpio, un día con la gente que traía, ¡Ven por ella!, le gritó. Desde entonces suena en los valles y dicen los montañeses: ¡Mala la hubisteis, franceses, en esa de Roncesvalles!

¡Cuéntame una historia, abuelo! La última semana de agosto, como de costumbre, pero no dentro de la Semana Bolística, que ha sido suprimida por la situación planteada por el coronavirus que tan jóvenes ya os ha tocado vivir, se disputaba en la bolerona Severino Prieto de Torrelavega el Campeonato de España de Primera categoría, la competición reina del calendario bolístico. En ella participaban 24 jugadores de la Federación Cántabra -a través del Circuito de puntos del pasado año- y 7 de otras Territoriales clasificados por sus respectivos campeonatos regionales de este mismo año. Los aficionados apostaban por varios candidatos al triunfo final, aunque mayoritariamente Víctor González y Óscar González tenían, por ese orden, las preferencias. Y lo hacían basándose en hechos evidentes: Víctor, que forma parte del equipo que está imponiendo su ley en la liga, Peñacastillo Anievas Mayba -que presentaba credenciales con otros tres jugadores-, es el actual campeón nacional -con récord absoluto- y además brillante campeón regional. En la primera vuelta tomaba el mando Óscar González, con un gran registro -150- y Víctor se situaba a solo tres bolos, dejando abierta la esperada batalla final. A su lado estaba su hermano José Manuel y también seguían en la pelea sus compañeros Rubén Haya y un Jesús Salmón con muchos problemas en el tiro y sensacional -como siempre- en el birle. Pero en la segunda batalla, la de octavos de final, se escapó Óscar y de los cuatro de Peñacastillo solo quedó Víctor. La desgracia, en forma de bolas quedas -4 a José Manuel y 3 a Rubén Haya-, y otra vez un Salmón desconocido en el tiro, dejaba al hasta entonces campeón solo ante el peligro para la batalla final. Pero no hubo ninguna batalla, Víctor no encontró su sitio en la bolera, cosa que sí hizo un Óscar que jugó con serenidad y brillantez hasta el triunfo final. Desde entonces suena en los valles y dicen los montañeses ¡mala la hubisteis los de Peñacastillo en esa de Torrelavega!

¡Cuéntame una historia, abuelo! En 1212, el rey Alfonso, el octavo de Castilla para la historia aunque el sexto para algunos necios -nobles unos y lacayos otros- que no reconocen a dos de sus antepasados por más que fueran ellos los que colaboraran en la destrucción del reino ante el avance de los musulmanes y dejaran las arcas vacías, empeñado él en la Reconquista de los territorios ocupados por los musulmanes, territorios que tuvo que ceder tras perder años antes en la batalla de Alarcos, convenció al Papa Inocencio II para organizar una Cruzada contra los infieles. Con la ayuda de Pedro II de Aragón y Sancho IV El Fuerte de Navarra, con las Órdenes Militares y millares de mercenarios llegados de toda la cristiandad europea, se enfrentó en la zona del desfiladero de Despeñaperros, la puerta natural de Al-Andalus -en Las Navas concretamente- al poderoso ejército del califa Muhammad an Nasir. Las huestes cristianas, que gracias a un pastor encontraron un paso desconocido, se enfrenaron con inesperada ventaja a campo abierto con los almohades que finalmente tuvieron que huir. Y el rey castellano pasó a la historia como Alfonso VIII, el de las Navas. Y la leyenda, en mi vieja enciclopedia, contaba que el pastor no era otro que San Isidro, quien se apareció a Alfonso VIII en forma de pastor para guiar a las tropas del rey sin ser vistos por los almohades y poder atacarles por sorpresa.

¡Cuéntame una historia, abuelo! Os contaba antes que, en la bolerona Severino Prieto de Torrelavega, se había disputado el Campeonato de España y que había resultado vencedor, sin apenas oposición, Óscar González. Cierto es que necesitaba el triunfo para rehacerse tras los últimos resultados ante Víctor, para acallar desafortunados comentarios que lo daban por finiquitado y que también lo necesitaban los bolos y los muchos aficionados seguidores incondicionales del jugador de Liérganes. Dicen que partía con una cierta ventaja, que no era otra que en esa bolera había conseguido muchos de los triunfos y récords que jalonan su brillante palmarés, pero lo cierto es que los 726 bolos que finalmente dejó registrados -60 más que el subcampeón- no dejan lugar a especulaciones. Jugó bien, en todas las fases, se mantuvo equilibrado, sereno, centrado, y ya en la final, sabedor de su triunfo por la abultada diferencia, no escatimó esfuerzos para brindar a los aficionados toda una lección del arte de los bolos que él atesora y que tantas tardes nos brindó. Lanzada su última bola se dejaba caer en la arena del corro rendido por su esfuerzo y satisfecho por su victoria. Era su octavo título grande, nacional o mundial, porque nadie en ocho ocasiones en el orbe terrestre lo hizo mejor. Y ya es triste que quienes más hicieron por destruir el reino -nobles unos y lacayos otros- y colaboraron con su bancarrota, olvidando quiénes les siguen sacando del atolladero, sean -seis años después de la normalización del conflicto- los que muestren el celo que entonces no tuvieron y cacareen que solo tiene seis campeonatos. ¡Larga vida al rey Óscar VIII, el de la Bolerona!

¡Cuéntame una historia, abuelo! Si nos desplazamos hacia el oriente de Cantabria, pasando el río Asón por el puente de Treto -ahora en coche antes en una famosa barca-, llegamos al territorio que juega -compartido con vascos y burgaleses- de otra forma a los bolos, que juega al pasabolo tablón. Al calor de las noticias que les llegaban de su modalidad hermana, el bolo palma, que había iniciado las competiciones de liga en 1958, a comienzos de los sesenta la inician también ellos, bajo el control de la Federación Cántabra. No sería hasta 1974, cuando, de la mano de una persona altruista por bandera, amante y practicante del juego, José Pedro Parada, participa por vez primera una peña del pequeño territorio cántabro incrustado en la vecina Vizcaya, por entonces llamado Villaverde de Trucíos. En los años ochenta llegan a jugar con los grandes en la Liga de Primera, en los noventa se suman al recién nacido proyecto de Liga Nacional, con los vecinos vascos, y en 1997 consiguen su primer gran título. Llegaron años muy grandes, cargados de triunfos, de liga, de copa y también de sus jugadores individualmente. Y, como Trucíos es de Vizcaya y Villaverde es de Cantabria, en 2005 pasan a denominarse Valle de Villaverde. En el otoño de 2014 fallece su valedor y la peña se resiente, duda, y termina perdiendo la categoría. ¡Caer para levantarse! Renace la ilusión, toma el mando otro Parada, quién si no, su hijo José Miguel, vuelven los jugadores, crean hábito entre los más jóvenes y comienzan los éxitos: en 2017 ganan otra vez la Copa Cantabria -la decimoctava de 36 jugadas- y vuelven por la puerta grande a la Liga Nacional. No se conforman con un equipo y sacan otro con los más jóvenes valores de la cantera, y en este extraño 2020 llega el premio a su esfuerzo en forma de títulos. Salvo en veteranos -poco se le puede pedir ya a Martín Santibáñez en esta categoría, y en infantiles, que no participaron, siempre hubo una camisa verde, un jugador de la Peña Valle de Villaverde en los distintos cajones del podio: 7 oros, 5 platas y 7 bronces (3º y 4º) lo certifican. Tanta ha sido su actividad, tantos han sido sus éxitos este año, que, pese a su altitud -apenas 200 metros- las bravas aguas del Cantábrico, como si de una pleamar infinita se tratara, han llegado hasta allí formando una auténtica ‘marea verde’ por donde quiera que vayan.

¡Cuéntame una historia, abuelo! Me temo, mis queridos chiquitines y amigos lectores, que este papel ya no da para más.

¡Cuéntame una historia, abuelo!
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