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El Diario de Cantabria

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La actividad intelectual es producida por la creación continua de ideas que el cerebro ejecuta sin pausa mientras vivimos. Esta actividad se ve modulada por todo el potencial de conocimientos que vamos adquiriendo a lo largo de la vida, sustentados por todo el saber adquirido y leído en los manantiales de las experiencias que han vertido los sabios a lo largo de las generaciones. Pero el conocimiento de las creaciones de los genios está contenido en las distintas disciplinas intelectuales que conocemos, como las Matemáticas, la Física, etc. Estas disciplinas de las que se desprende el entendimiento del mundo físico, han ocasionado el avance de las civilizaciones. A ellos pues, los genios, debemos nuestro progreso en las diversas vertientes del quehacer humano.

Pero la apreciación de la forma de crear de los genios no es de dominio público. Su lectura se estudia en las Universidades, donde se desarrollan, se analizan y enseñan las diferentes formas de pensar y  actuar en consecuencia. Por ello los diferentes niveles de civilización que se observan en las diversas sociedades son una consecuencia de la formación académica que recibimos mientras estudiamos. Cuanto más avanzadas son las Universidades en su metodología de educación, tanto más rigurosos y acertados son los individuos que devuelven a la sociedad los conocimientos y las formas de desarrollar los pensamientos en el ejercicio de la labor industrial y social. Por todo esto es vital la exigencia de hacer Universidades capaces de formar académicamente a los estudiantes con el mayor grado de certidumbre en su progreso académico. El motor inductor de esta bonanza es el capital invertido en los diferentes centros académicos. Las grandes Universidades americanas se desarrollan bajo el prisma capitalista del beneficio, si no hay resultados prácticos en la investigación académica no hay progreso tecnológico ni producción científica. Llamamos resultados prácticos a los balances de ingresos y gastos, asimilándose las Universidades a las grandes empresas convivientes con ellas. En los países progresistas este modelo no es válido, entendiendo por progresistas aquellos que modulan y regulan la actividad económica de manera que los resultados prácticos beneficien a todos por igual, lo que supone una fuerte inversión estatal en el ámbito universitario puesto que el acceso a los conocimientos no debe requerir una gran aportación económica de las familias en la formación de los descendientes. Los Gobiernos también tienen que actuar de acuerdo con sus cuentas de resultados, impuestos (ingresos) e inversiones  y prestaciones (gastos), por lo que la creación de una Universidad con grandes producciones científicas y tecnológicas se ve limitada por las aportaciones que los Presupuestos Generales de los Estados puedan admitir. Ya hay paises con regímenes progresistas que han desarrollado imponentes Universidades con medios estatales admitiendo iniciativas privadas en las cátedras, quizá se deba abrir la mano en esta dirección pues el futuro no espera.

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