06.10.2022 |
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Desmantelamiento de la Transición

El PRSOE.
El PRSOE.
Desmantelamiento de la Transición

Estos días ha sido noticia la propuesta de los partidos del gobierno de introducir en la Ley de Memoria Democrática, que actualmente se está tramitando en el Congreso de los Diputados, una revisión o derogación (según las distintas interpretaciones de los socios del ejecutivo) de la Ley de Amnistía de 1977, para permitir juzgar los crímenes del franquismo después de que durante más de cuatro décadas, es decir, durante prácticamente toda nuestra etapa democrática, se viniese sosteniendo unánimemente por nuestros tribunales de justicia, la imposibilidad de hacerlo como consecuencia de la mencionada ley.

Esta propuesta plantea evidentes problemas de índole constitucional, pues puede vulnerar principios como la irretroactividad de las leyes penales, o la seguridad jurídica, pero, además de cuestiones técnicas, que afectan a garantías básicas de nuestro sistema de derechos y libertades, lo que vuelve a estar sobre la mesa es un intento más de cuestionar una de las piedras angulares de nuestra transición de una dictadura a un régimen democrático.

Desde la llegada al poder de este gobierno y, en buena medida, a instancia del hiper ideologizado socio de Podemos, venimos asistiendo a una permanente puesta en cuestión de los pilares que hicieron posible la transición y que nos permitieron alcanzar el mayor nivel de libertad, bienestar y prosperidad de toda la historia de España. Son continuos y permanentes los ataques y el hostigamiento hacia los principales hitos de la transición, que van desde el cuestionamiento de la monarquía parlamentaria y, con ello, del modelo de Estado del que nos hemos dotado, pasando por la supuesta necesidad de revisar la Constitución del 78, plasmación máxima del consenso que la sociedad fue capaz de alcanzar, y llegando ahora a poner en tela de juicio la Ley de Amnistía de 1977 que fue, sin duda, un instrumento fundamental para alcanzar la reconciliación que tanto necesitaba nuestro país en aquellos años inciertos en los que estábamos decidiendo nuestro futuro y la dirección que íbamos a seguir tras un pasado de cuarenta años de dictadura, que siguieron a una cruel guerra civil en la que las dos Españas se enfrentaron en una lucha sin cuartel.

Echando la vista atrás, la inmensa mayoría de los españoles nos sentimos sumamente orgullosos de aquella etapa que se dio en llamar la transición, y que permitió el paso de un régimen totalitario a un sistema democrático y de libertades que no tenía nada que envidiar a los de otros países con una larga tradición democrática.

Y es que para alcanzar tan singular logro todos supieron renunciar con gran generosidad a una parte de sus pretensiones y de sus planteamientos, para alcanzar un consenso que se convirtió en la expresión que mejor definía el espíritu de lo que se estaba construyendo, y que permitió avanzar hacia un proyecto común que se plasmó y materializó en la Constitución de 1978 que hoy preside nuestro ordenamiento jurídico con un éxito más que notable.

Sin embargo, ahora algunos se empeñan en cuestionar todos aquellos hitos, sin tener en cuenta que si se atacan los símbolos de la reconciliación y el consenso lo único que se consigue es provocar el enfrentamiento y la continua discrepancia, que es lo último que hoy necesita una España que tiene por delante retos colosales como es la salida de esta infernal pandemia y la persecución de una recuperación económica y social que no se alcanzará si dedicamos nuestros esfuerzos y nuestra energía a seguir desmontando la transición.

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