17.06.2021 |
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Recuerdo de José María Prada

Arriba izq., escena de la película ‘La escena’ (1965); Arriba dcha. José María Prada; Abajo, fotograma de la película ‘La tía Tula’ (1964).
Arriba izq., escena de la película ‘La escena’ (1965); Arriba dcha. José María Prada; Abajo, fotograma de la película ‘La tía Tula’ (1964).
Recuerdo de José María Prada

Transcurridos tantos años ya, el recuerdo permanece en todos los que tuvieron ocasión de admirar su arte interpretativo en alguno de los medios citados, muy especialmente en el televisivo. Y no es para menos, pues si repasamos su carrera, concentrada en un espacio relativamente corto de tiempo de apenas veinticinco años, asombra la cantidad y calidad de trabajos que realizó. Se puede decir que una buena parte de los más importantes autores teatrales, nacionales y foráneos, que estrenaban en España, contaron con la presencia de José María Prada en papeles principales de sus elencos y en todos ellos su labor sobresalió notablemente. Sirvan como ejemplos, por citar unos cuantos, los siguientes: «Águila de Blasón» de Valle Inclán, «Marat-Sade» de Peter Weiss, «Otelo» y «Macbeth» de Shakespeare, «Soledad» de Unamuno, «El tuerto es el rey» de Carlos Fuentes, «La muerte de Danton» de Bückner, «El buscón» de Quevedo, «El sueño de la razón» de Buero Vallejo, «El jardín de los cerezos» de Chejov, «La más hermosa niña del mundo» de Peter Nichols, «Tartufo» de Molière… No extraña. por tanto, que por una de sus interpretaciones de tan extraordinarios textos («Ricardo III» de William Shakespeare) recibiese el Premio Nacional de Teatro en 1967. Los mejores directores escénicos de nuestro país contaron con el actor en sus grandes montajes: Adolfo Marsillach, Ricard Salvat, González Vergel, José María Morera, Miguel Narros, José Luis Alonso o José Osuna.

En TVE la labor de Prada es tan cuantiosa que resultaría casi interminable la relación, con todo tipo de programas dramáticos, desde los teatrales a las series y con personajes tan variados que abarcaron todos los géneros desde la comedia a las tragedias griegas, pasando por los clásicos del Siglo de Oro. Una nómina de títulos que asombra y que, afortunadamente, en parte se ha conservado.   José María Prada Oterino, nació en Ocaña (Toledo) en 1924 en una familia de acomodada. Siempre se sintió atraído por el mundo de la interpretación, con una vocación, que como él mismo afirmaba, «había nacido con él y sentía desde siempre». Estudió Medicina para satisfacer los deseos familiares, pero nunca ejerció pues, ya desde la etapa universitaria comenzó a trabajar en el teatro, enrolado en el TEU de la Facultad, del que llegó a ser director. Hasta su acceso como profesional, transcurrió un tiempo en el que frecuentó Teatro Estudio de Madrid y recibió enseñanzas prácticas del famoso Laboratorio de William Layton. Pasa por el doblaje, tarea que nunca abandonaría y, a la vez, debuta en el teatro comercial con «Tres sombreros de copa» de Miguel Mihura, en la compañía del actor Luis Prendes, pasando enseguida a formar parte de la compañía estable del Teatro Nacional María Guerrero. Paralelamente, participa en sus primeras apariciones cinematográficas, desde 1954, para conseguir también aquí una carrera muy interesante en la que, si bien los cometidos no tuvieron la envergadura del teatro y la televisión, podemos hallar excelentes interpretaciones a las órdenes de directores como Carlos Saura, Miguel Picazo y Luis García Berlanga, entre otros, sin que falten realizadores internacionales de la talla de Vittorio de Sica con quien rodó en 1973 «Amargo despertar».

Especialmente relevantes fueron algunas interpretaciones en películas que forman parte del mejor cine español, como «La caza» (1965) de Saura, «La tía Tula» (1964) de Picazo, «¡Vivan los novios!» (1969) de Berlanga, en las que merece la pena detenerse, siquiera brevemente. En la primera Prada ofrece la creación descarnada de un hombre vencido y sin horizonte, dependiente de quien solo ejerce sobre él una influencia nociva y que, en el desgarrador final, termina provocando la tragedia como último asidero desesperado. El actor forma parte del cuarteto de cazadores (Ismael Merlo, Alfredo Mayo y un joven Emilio Gutiérrez Caba) en el escenario de un secarral toledano, tan árido como sus vidas, en lo que Saura convirtió en una suerte de intenso western a la española susceptible de muchas interpretaciones. Nuestro actor ofrece un trabajo compositivo difícil de superar.

En la segunda, Prada es el cura postconciliar de la parroquia a la que acude el grupo de amigas de la Tula unamuniana felizmente transformada por Miguel Picazo en una mujer tan íntegra como porfiada, sujeta a una auto represión que acaba labrando su infelicidad mientras pierde cualquier atisbo de superación, quedando para siempre como el vagón parado de la vía muerta de la estación provinciana. Es el Padre Álvarez que atiende y entiende las cuitas de las postulantes a eternas solteronas del Círculo Parroquial, las inolvidables Laly Soldevila, Irene Gutiérrez Caba, Margarita Calahorra, Coral Pellicer… y, la extraordinaria Aurora Bautista. Alguna vez, incluso, las regaña: «¡Que no seáis ñoñas!». Antológica es la larga secuencia del confesionario en la que pretende, sin conseguirlo, que la obstinada Tula reconozca su atracción por Ramiro, el viudo de su hermana y padre de sus adorados sobrinos. Una lección interpretativa que debiera ser de obligado estudio en las escuelas y centros dedicados a formar a los futuros actores.

En la tercera, en un rol diametralmente diferente de los anteriores, dentro de un filme tan (a pesar del tecnicolor) desoladoramente negro de Berlanga como es «¡Vivan los novios!», Prada es el cuñado de un atribulado y confuso López Vázquez envuelto en una realidad insólita para él, la del turismo europeo en la Costa Brava. Su papel es el del clásico vividor que se aprovecha de la situación y del nuevo maná llegado de fuera, creando un tipo, mezcla del zascandil sin escrúpulos y el «chico para todo» que vive de los demás, eso sí, moderno, desinhibido y perfectamente deleznable. Tres interpretaciones únicas e irrepetibles que forman parte del conjunto que supone la carrera de José María Prada, también en el cine.

El actor murió con apenas 54 años, cuando estaba lleno de proyectos, como el trabajador incansable que era. No mucho antes del fallecimiento había declarado: «No temo nada a la muerte. Nada en absoluto. Si acaso, le temo a los humanos malintencionados. Pero siempre procuro buscar lo positivo en quienes me rodean. Y lo encuentro. Soy realmente muy feliz con mi trabajo. Con mi situación en la vida, también, todo lo que se puede ser. Porque la felicidad aquí no existe. Aspiro a la otra, a la del más allá. Yo soy un hombre muy religioso».

Puede que en ocasiones pecase de cierto histrionismo, pero de lo que no cabe duda es de su entrega y profunda vocación. El teatro es efímero y siempre renovado. Sólo aquellos que vieron las funciones pueden dar fe directa, sin embargo, en sus películas y en los espacios teatrales conservados de TVE, podemos admirar su gran calidad de actor. Algunos profesionales de la interpretación con los que he tenido oportunidad de hablar alguna vez sobre el actor, han coincidido invariablemente en resaltar su bonhomía y compañerismo. Quizá por ello, por esa manera de ser y de proceder en el trabajo y en la vida, declaraba en la entrevista citada: «El actor es un vehículo para enseñar y distraer. Creo que, más que nada, para enseñar a los hombres a ser mejores».

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