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El Diario de Cantabria

Julio Diamante, imprescindible

Julio Diamante, imprescindible

En una ocasión dijo Bertolt Brecht: «Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles». Julio Diamante pertenecía a este último grupo. Toda una vida de lucha cultural y social, de creación, empeño y entrega. 

Julio Diamante Sthil, nació en Cádiz en 1930, hijo y nieto de ingenieros. Pronto se traslada a Madrid con su familia, aunque siempre conservará un apasionado afecto por su tierra natal. Apenas tenía cinco años cuando estalla la guerra civil y su padre es destinado al frente de Aragón con el cargo de comandante del Batallón de Pontoneros, mientras su abuelo permanece en la capital, encargado de la red de carreteras.

Al terminar la contienda es aún un niño de ocho años al que lleva su madre a visitar al padre y al abuelo a la cárcel donde han sido encerrados, conservando para siempre el recuerdo del último «que me impresionaba mucho por su firmeza y serenidad» y acabaría muriendo en la propia cárcel. El padre sería puesto en libertad años más tarde pero no se le permitió ejercer su profesión hasta treinta y cuatro años después, en plenos años setenta… Su madre, con gran esfuerzo, lo ingresa en el Colegio del Pilar madrileño y más tarde en los Agustinos de El Escorial.

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El joven Julio Diamante decidió estudiar Medicina (siempre estuvo muy interesado por cuestiones relacionadas con la psiquiatría y psicología clínicas) a pesar de ser un entusiasta del cine y haber fructificado desde su adolescencia la semilla de todo lo que tenía que ver con el llamado Séptimo Arte. Por ello se matricula en el famoso IIEC (Instituto de investigaciones y experiencias cinematográficas) junto a nombres como los de Luis G. Berlanga, Juan A. Bardem o Basilio Martín Patino entre otros, que después pasará a denominarse EOC (Escuela Oficial de Cine) donde acabará, por cierto, ejerciendo la enseñanza.   

Pese a estar interesado en múltiples apartados creativos e intelectuales que aborda con pasión (incluidas las que conciernen a aspectos tan aparentemente colaterales -solo aparentemente- como el jazz, el flamenco o el cante jondo), Julio Diamante se entrega muy pronto al cine con la realización de cortometrajes que destacan por su calidad técnica y la evidente intencionalidad que contienen.

Para entonces el compromiso y una postura ideológica clara alrededor de un humanismo profundamente arraigado, lo habían llevado a participar activamente en muchos de los actos, asambleas y manifestaciones, especialmente las producidas en 1956, que provocaron su primera detención y periodo de cárcel, con una actitud personal de tan arraigada convicción que lo acompañará siempre. Como es fácil suponer, con las dificultades que el momento comportaba.

Su primer largometraje como director fue la recientemente restaurada «Los que no fuimos a la guerra» (1962), una especie de sainete de época protagonizado por Pepe Isbert, Ismael Merlo, Agustín González, Tota Alba, Julia Delgado Caro, Julia Caba Alba, Laura Valenzuela y un elenco de excelentes actores, que fue literalmente masacrado por la censura.

Sin embargo, el director, quien también escribía sus guiones y colaboraba en revistas tan prestigiosas como Film Ideal y Nuestro Cine amén de publicar algunos tratados fílmicos, sigue adelante llegando a rodar dos de las películas más representativas del llamado Nuevo Cine Español de los años sesenta: «Tiempo de amor» (1964) y «El arte de vivir» (1965), ambas dentro de la corriente europea a la que pertenecía también el Free Cinema británico,

La Nouvelle Vague francesa o el Postneorrealismo italiano. Los dos títulos nos presentan una realidad manifiesta de la España del inicial «desarrollismo», las nuevas costumbres que se van asentando en la sociedad y muy especialmente entre los jóvenes, la incorporación de la mujer al trabajo de manera creciente y un sinfín de aspectos que se deben tener muy en cuenta a la hora de enjuiciar el cine español (al margen de los subgéneros de siempre) que se estaba realizando todavía en la plenitud del anterior régimen, apoyado en buena medida por las nuevas normas establecidas por Fraga Iribarne en el ministerio de Información y, muy especialmente, de la labor llevada a efecto por el Director General de Cinematografía, José María García Escudero.

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No se puede pretender un acercamiento a nuestro cine y (diría más) a nuestra reciente historia social, sin el estudio pormenorizado de las dos películas citadas en las que la presencia de la mujer cobra una importancia primordial como símbolo de un proceso de emancipación y auto afianzamiento que hoy, me temo, es desconocido por tantas (y tantos). Cuatro ejemplos de mujer representados por Julia Gutiérrez Caba, Enriqueta Carballeira, Lina Canalejas y Elena María Tejeiro que quedan, por otra parte, como emocionantes trabajos interpretativos.

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Tras la muerte de Diamante, como suele ser habitual en estos casos, gran parte de las reseñas aparecidas en los medios se repiten de manera insistente. Se citan una y otra vez los títulos de sus películas, que no son muchas, y algún que otro trabajo televisivo…, pero muy poco más. Justo es señalar que además de dirigir de siete filmes, rodó algunos de los mejores cortometrajes de nuestro cine («Velázquez y lo velazqueño», 1961, por ejemplo) y magníficas adaptaciones literarias para Televisión Española, pero, además de director y guionista (en colaboración con su primera esposa la excelente escritora Elena Sáez, fallecida en 1994), y realizador televisivo, Julio Diamante fue el máximo responsable y gestor de la Semana Internacional de Cine de Autor de Benalmádena desde su fundación, por espacio de dieciocho años, consiguiendo hacer de ella, junto al de Valladolid, el mejor festival de cine español (San Sebastián incluido), dando a conocer a grandes realizadores mundiales. Junto a todo ello, también ha sido profesor, actor en casi una docena de filmes, director de teatro, autor de ensayos y poemarios, conductor en la radio de un programa jazzístico, promotor cultural…, pero, sobre todo, una excelente persona, bondadoso y lleno de generosidad, tal y como afirman cuantos lo trataron y trabajaron con él.

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Amante, como se apuntó, del jazz y el blues, fue experto conocedor de los misterios del flamenco, llegando a ser cantaor aficionado. Bien podemos terminar esta semblanza, junto a la recomendación de ver su cine, recordando un significativo pasaje de una copla por él escrita: «La prudencia recomienda / ni ver, ni oír, ni rechistar / mas, me sale de lo jondo / ver, oír y no callar». Imprescindible.

Julio Diamante, imprescindible
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