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El Diario de Cantabria

Juan Mariné. Leyenda viva

Captura de pantalla 2020-07-26 a las 11.13.17
Captura de pantalla 2020-07-26 a las 11.13.17
Juan Mariné. Leyenda viva

Allá por 1924, el pequeño Juanito Mariné descubrió por primera vez el cine cuando apenas tenía tres años de edad y se encontraba en Arenys de Mar curándose de lo que su madre llamaba «una tos muy fea». Desde entonces, hace casi un siglo, el mundo de las imágenes, especialmente las animadas, ha sido el principio y el fin de una larga vida entregada al cine que, afortunadamente aún continúa con el entusiasmo intacto.

Aquel pequeño había quedado tan impactado con uno de los cortos del célebre Charlot que, tras volver a Barcelona, insistía constantemente a sus padres para que lo llevasen al «cinematógrafo» una y otra vez, deseando aprender a leer para poder enterarse de lo que decían los subtítulos de los filmes. Era un tiempo en el que el sonoro todavía tardaría en llegar y en el que nombres como los de Buñuel, Hitchcock o Griffith iniciaban sus balbuceos fílmicos. Mariné ya estaba allí, como lo sigue estando hoy, en pleno 2020, cuando cumplirá sus primeros cien años en plenitud de facultades físicas y mentales, dedicado ininterrumpidamente desde hace setenta y cinco años al cine convertido en uno de los mejores directores de fotografía y, seguramente, el operador más longevo del mundo.

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Casi por casualidad, cuando tenía catorce años, en los Estudios Orphea barceloneses donde había ido a llevar unas cámaras nuevas procedentes de Francia, se percató de que la película que se estaba rodando debía reiniciarse continuamente porque el encargado no sabía cómo conectarlas. Juan Mariné, con 13 años, se adelantó y puso en funcionamiento el artilugio con total aplomo, provocando que el director (Arturo Porchet) le propusiera allí mismo quedarse a trabajar. Desde entonces trabajó activamente como ayudante de fotografía llegando enseguida a primer operador. Sin embargo, la guerra civil hizo que se viera obligado a pasar del cine comercial al de propaganda bélica. A finales de 1936 se ocupó de rodar el entierro de Buenaventura Durruti en solitario, que hubo de terminar a mano pues, como él mismo ha recordado no hace mucho: «se habían agotado las baterías de las cámaras…» Con diecisiete años es llamado a filas formando parte de una milicia que luchó en la batalla del Segre compuesta por más de doscientos hombres de los que solo sobrevivieron diecisiete, Mariné entre ellos. No mucho después, en otra acción bélica, perdió la audición de por un oído al estallarle una granada muy cerca.

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Este y otros episodios verdaderamente sorprendentes y llenos de emocionante aventura a no ser por la realidad sangrante de que estaban rodeados, podrían formar parte del argumento de uno de los filmes que posteriormente fotografió. Así, terminada la guerra, hubo de salir hacia Francia donde acabó, como tantos otros españoles especialmente soldados, recluido en un campo de refugiados en condiciones infrahumanas. De allí logró escapar, aunque fue capturado y llevado a otro todavía peor, el tristemente célebre campo de Argelès-sur-Mer. A pesar del tiempo transcurrido y de su edad, no ha podido olvidar cómo se jugó la vida en un intento a la desesperada huyendo de nuevo, de noche, en pleno enero y a nado, hasta que, empapado, pudo ser socorrido en un pueblo por una familia que lo protegió. Acababa de cumplir diecinueve años. Su decisión de volver a España, a pesar de ser arriesgada dados sus antecedentes en el ejército republicano, fue tomada. Pasó de nuevo por distintos confinamientos en otros tantos lugares del país como prisionero, condenado a trabajar en la construcción de carreteras, hasta que, finalmente logró ser rescatado merced a las influencias buscadas por su padre.

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El cine estaba ya en la masa de la sangre del muchacho y gracias a sus conocimientos sobre fotografía y utilización de las cámaras, consigue obtener un puesto como fotógrafo militar en la Capitanía de Cataluña trabajando durante años para el servicio del ejército, organizando las defensas del Pirineo para una posible invasión, en plena Guerra Mundial. Años más tarde, se instala en Madrid e inicia una carrera continuada en el cine comercial a las órdenes de prácticamente todos los directores españoles hasta 1990 cuando decidió retirarse como director de fotografía después de haber intervenido directamente en más de ciento cincuenta películas, entre ellas varios documentales y algún que otro trabajo en televisión, como la serie sobre Miguel Servet dirigida por José María Forqué, uno de los realizadores con quien más trabajó Mariné, junto a Pedro Lazaga o Sáenz de Heredia.

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La nómina de títulos en los que Juan Mariné ha dejado su inconfundible huella de extraordinario operador fotográfico es tan diversa y rica que bien podrían servir para un estudio exhaustivo sobre el cine español. El virtuosismo y la capacidad de resolución de situaciones visuales en las películas que llevan su firma gráfica, es inigualable. Da igual que se trate de una obra de autor como «La gata» (1956) de Margarita Alexandre y José Torrecilla primera película española en CinemaScope consiguiendo una fotografía en color con enorme destreza o, anteriormente «Nada» (1947) de Edgar Neville, donde la luz tamizada en blanco y negro contribuye decisivamente a crear la enfermiza atmósfera de la novela de Carmen Laforet llevada al cine; de un producto comercial de calidad tal como, por elegir algunos ejemplos entre decenas, «Huella de luz» (1943) de Rafael Gil o «Usted puede ser un asesino (1961)» y «Un millón en la basura» (1967) de Forqué, pasando por numerosos filmes en color, pertenecientes a un cine de género como «Sor Citroën» (1967), «Operación Plus Ultra» (1966) o «Los chicos del Preu» (1967) del prolífico Lazaga, sin olvidar títulos que, se quiera o no, forman parte indeleble de nuestra cinematografía más enraizada en el colectivo general español tales como «La gran familia» (1962) de Fernando Palacios o «La ciudad no es para mí» (1965) de nuevo dirigido por Pedro Lazaga.

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En todos los trabajos de Juan Mariné podemos hallar momentos realmente sublimes en los que la luz se apropia de la pantalla para conseguir ser auténtica protagonista y en los que tanto los espacios de interior como las tomas exteriores disponen de una resolución que no suele ser norma y, por ello, debemos considerarlas como excepcionalmente hábiles. Todo ello, sin hablar de los logros del operador en los llamados efectos especiales de algunas producciones que los precisaban y donde el presupuesto no alcanzaba para mucho. Juan Mariné supo, casi como un prestidigitador, llegar al propósito requerido basándose en un conocimiento técnico y del trucaje verdaderamente admirable.

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Los últimos años los viene ocupando Mariné en realizar una labor sistemática de recuperación, restauración y conservación de los fondos fílmicos dependientes de Filmoteca Española con la puesta en práctica también de métodos de su invención de excelentes resultados. Ello le ha permitido situarse en la avanzadilla de este importante apartado a nivel internacional, codeándose ya nonagenario, con lo más florido de la vanguardia técnica en el mundo. Muchos son los filmes que con su pericia y entusiasmo renovado día a día y desde su departamento de la ECAM madrileña, se han logrado recuperar.

Juan Mariné es un hombre comunicativo, de sorprendente memoria, optimista y tremendamente sencillo. Un caso excepcional, una leyenda viva que el próximo 31 de diciembre cumplirá cien años.

Juan Mariné. Leyenda viva
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