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El Diario de Cantabria
Íñigo Gabriel Porras
10:11
29/09/19

Jesús Guzmán, ejemplo de gran actor

Jesús Guzmán, ejemplo de gran actor

Prefiero quedarme con cualquiera de estas últimas acepciones y prescindir de la primera, la de secundarios; no me agrada el término por lo que pueda contener de peyorativo o de menosprecio hacia el trabajo de esos actores que forman, no lo olvidemos, el espinazo de cualquier elenco y, por descontado, la columna vertebral de todo el andamiaje actoral e interpretativo de nuestro cine y de nuestro teatro. Pues bien, de entre la lista de grandísimos actores, artistas en toda la extensión de la palabra, y dentro de ellos, de los más veteranos, quiero traer hoy a este observatorio la figura, el genio, la experiencia y el talento de un actor de esos a los que siempre reconocemos y del que, sin embargo, no asociamos en muchas ocasiones el rostro con el nombre: Jesús Guzmán. 

Nacido en el seno de una familia dedicada al teatro durante varias generaciones, uno de tantos ejemplos del tradicional grupo familiar con compañía de comedias que recorría con frecuencia la geografía española, y al que se atribuía el nombre de «cómicos», Jesús Guzmán se vio abocado desde niño al mundo de la interpretación. Subió por primera vez a un escenario a los nueve años con un personaje infantil y desde entonces se puede afirmar que no ha parado… Así se formó y aprendió; entre cajas o en pequeñas intervenciones, observando y estudiando a los primeros actores, al galán, al característico..., a todos los componentes de la compañía, y escalando, uno a uno, los escalones del oficio, desde el meritoriaje, hasta  ir alcanzando cometidos de mayor envergadura. Todo ello, repito, en esa escuela imprescindible que es el propio teatro con su realidad, disciplina y sacrificio cotidianos.

Nacido en 1926 y habiendo comenzado en 1935, su carrera se extiende a lo largo de ocho décadas largas que hasta 1956 se circunscribieron en exclusiva al teatro en todas sus variantes y géneros, incluida la comedia musical, tanto en Madrid como en provincias sin que exista un teatro español que no haya pisado. En ese último año rueda su primera película: la deliciosa comedia de costumbres «Manolo guardia urbano» a las órdenes de Rafael J. Salvia. 

A partir de entonces su presencia en el cine va a ser constante, de tal forma que, hasta el presente, ha intervenido en más de un centenar de títulos, donde lo encontramos dando vida a todos los personajes imaginables, siempre con igual naturalidad e idéntico buen hacer; la mayor parte de los grandes realizadores del cine español y otros cuantos extranjeros han confiado papeles a Jesús Guzmán, constituyendo un rico patrimonio fílmico en todos los géneros (comedia, westerns, drama,) y una galería de personajes tan extensa, variada y heterogénea que hace de nuestro actor un «todoterreno» de la interpretación, algo, por cierto, que es característica común de la inmensa mayoría de los grandes y maravillosos actores y actrices genéricos españoles que son, como antes dije, lo mejor de nuestro cine en muchas ocasiones.

Pero, enseguida Jesús Guzmán será requerido por la televisión, Televisión Española obviamente, desde su mismísima fundación donde intervino en muchos espacios (totalmente perdidos) que se realizaban en directo. Sin embargo, habrá de pasar algún tiempo hasta que nuestro actor se convierta en un rostro familiar y de presencia frecuente en la pequeña pantalla, especialmente desde que formó parte de aquella serie entrañable, de ambiente rural y extraordinariamente humana que se llamó «Crónicas de un pueblo» en la que encarnó a un personaje fijo: Braulio, el cartero, no menos entrañable y humano. La fama de Jesús Guzmán, con su rostro peculiar, su estampa, su voz y su estilo interpretativo, fue enorme, como la propia serie, que inició sus programas en 1971 y se prolongaría durante casi cuatro años, dirigida por nombres tan significativos como Julio Coll, Miguel Picazo o Antonio Mercero, entre otros. A partir de ahí la carrera televisiva de Guzmán ha sido intensísima, a la vez que continuaba con sus funciones teatrales y participaba en muchas películas creando personajes casi siempre breves en cuanto a su extensión, pero auténticos y creíbles. Resulta imposible rastrear la inmensidad de trabajos de este actor. Ni él mismo, a pesar de disponer de una gran memoria, recuerda el número. 

Cierto es que, en el teatro, las obras representadas superan las trescientas y que en las compañías de repertorio a las que perteneció, empezando por la de sus padres Rafael Guzmán y Aurora Gareta, se llevaban en ocasiones más de la docena de títulos, todos aprendidos por los actores (auxiliados por el apuntador, cobijado en la inevitable concha). 

Es, por consiguiente, difícil el recuento exacto de las obras, sin contar el número de representaciones, claro está. Un trabajo continuado durante tantos años en los que también formaría compañía propia, que suponen, sin ninguna duda, una de las carreras más fructíferas y extendidas en el tiempo de entre los intérpretes españoles.

Hombre comunicativo, locuaz, ameno en la conversación que siempre sabe esmaltar con anécdotas y recuerdos, gozando de una envidiable ya alcanzados los 93 años. Jesús Guzmán nos viene regalando todo el torrente de su ingenio y de su talento que es, no lo olvidemos, patrimonio popular y cultural de varias generaciones de españoles. En los últimos tiempos y en lo que a galardones, premios y reconocimientos oficiales se refiere, vienen otorgándose muchos de ellos (Goyas de Honor incluidos) a actores y actrices aun jóvenes, en plena actividad. Duele constatar, sin embargo, cómo tantos y tantos van desapareciendo sumidos en el olvido más ingrato o se apagan ignorados en cualquier rincón sin que la Academia de Cine española se percate de ello. Jesús Guzmán es acreedor incuestionable a tal distinción. Como lo es -y ese sí que supone para él una espina clavada- a la Medalla de Oro del Trabajo… Ha sido, es y lo será por siempre, un cómico en el mejor y más amplio significado y, por si fuera poco, una excelente persona, llena de simpatía y cordialidad.

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