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El Diario de Cantabria

Los niños de la COVID, la epigenética

Los niños de la COVID, la epigenética

La epigenética es una ciencia reciente en el mundo. España cuenta con uno de los más importantes científicos, Manel Esteller Badosa que investiga sobre el epigenoma humano, que viene a ser el “estudio de los cambios producidos en la expresión de los genes sin que se modifique el código del ADN. Es decir, como se altera el fenotipo, la parte que se puede observar sin modificar, lo esencial del genotipo”. Explicándolo con un sencillo ejemplo: todos nacemos con un cerebro con las mismas neuronas, sustancia gris, sustancia blanca y los mismos 4 lóbulos. Ahora pensemos que el cerebro fuese como nuestra casa con las mismas 4 habitaciones, el mismo sistema de calefacción los mismos cables eléctricos, las mismas bombillas, el mismo número de enchufes o el mismo número de interruptores. Todo igual para hombres y mujeres, pero después del nacimiento a unas personas no se les enciende la luz de una habitación, a otras les funciona mal los interruptores a otras no les abren bien las puertas o el tejado tiene goteras. En resumen, todos tenemos la misma estructura de nuestra casa-cerebro, pero a cada uno le funcionan los aparatos de manera distinta. La casa-cerebro sería el genotipo que nunca varia y el funcionamiento de esta es el fenotipo que cambia en cada uno de nosotros, aunque seamos hermanos o familiares. El funcionamiento de la casa resulta del cambio que recibimos cada uno de los individuos desde el mismo momento de la concepción.

Criar y cuidar a un niño nunca ha sido una tarea fácil. En África dicen que se necesita una tribu completa para esta crianza y en Europa ya casi no queda familia. Somos países de hijos únicos e incluso familias monoparentales lo que provoca que pongamos en exceso el foco de la atención en cada uno de nuestros niños. Después pretendemos que los eduquen en la escuela los maestros y nos olvidamos que en la clase hay 25/ 30 o más hijos únicos que son los reyes en su casa e intentan también serlo en el aula. Entonces la responsabilidad sobre la forma de ser y la educación es más bien cosa de nuestra familia.

En algún momento de la vida nos hemos preguntado - ¿porque soy así?  - ¿de quién he heredado mi inteligencia? - ¿Porque soy tan diferente de mi hermana? Estas y otras cuestiones similares, además de ser dudas razonables son necesarias para entender al menos una parte de la personalidad. Está aceptado por la psicología diferencial que un 45% de la conducta es parte de la herencia genética y el otro 55% lo adquirimos de nuestras vivencia personales y sociales, de las relaciones en familia, en la escuela o el trabajo. Es una proporción estimada y cada individuo puede modificar el peso de su herencia y de su conducta provocado por condicionamientos, refuerzos y castigos. Poder cambiar todo lo que somos es uno de los descubrimientos más importantes aprendidos en el pasado siglo.

Llegar a saber lo que hemos heredado de la personalidad de nuestros padres y abuelos no es tarea fácil y más difícil es saber la proporción de todos estos datos que realmente han llegado a cada persona diferenciada de los demás hermanos y familiares. Los psicólogos cuando recibimos por primera vez a un paciente en la consulta, elaboramos una anamnesis (historia clínica personal) que incluye preguntas de la infancia, juventud, familiares, médicas y profesionales para entender el pasado y presente del paciente y sacamos las conclusiones sobre el motivo que le trae y le preocupa.

Hay que empezar por descubrir todo el puzle de piezas que han construido su vida y la importancia sobre cómo se ha modificado la transmisión de la información que recibió de sus antepasados (dudas sobre el porcentaje de la herencia) y qué parte de esta influencia es de nuestro presente personal, familiar y social. Aquí entra el estudio sobre el término de la epigenética de nuestra conducta presente.

La psiquiatra y neuróloga Rachel Yehuda (2015) ha demostrado que las guerras, las hambrunas y los traumas sociales han dejado unos “cambios en la epigenética de la humanidad”. También en España se han vivido sucesos que se transmitieron de los antepasados y que pueden ser son los responsables en parte, de nuestra actual conducta. Tenemos en nuestra historia reciente el trauma de la guerra civil de 1936, el racionamiento de alimentos hasta el año 1952, la gripe asiática del año 1957, el miedo infantil a la poliomielitis en los años 60 y ahora la COVID-19. ¿Qué nuevos cambios se pueden producir en la conducta futura? ¿los bebes fecundados en estos meses serán distintos?

Otro dato contrastado en la evolución humana como análisis de estos cambios lo ha estudiado el profesor y psicólogo Noah Efron (2002), en la diáspora de los judíos que emigraron de Israel a Europa en la Edad Media. Sufrieron persecuciones y expulsiones de diversos países. En la Europa Este se les mantenía marginados en barrios alejados de la población y cada cierto periodo de años eran diezmados con “pogromos”, (persecuciones y asesinatos generalizados) y hasta el pasado siglo sufrieron el holocausto. Pero ahí tenemos a esta cultura judía que siendo solo el 0.8% de la población mundial ha obtenido el 48% de los premios Nobel de las ciencias. Las penurias de sus antepasados les han venido estimulando para ser igual y si es posible superar a sus semejantes.

Y ahora esta pandemia de la COVID-19 afectará a los niños que han sido concebidos al menos 45 días antes del inicio de la cuarentena. Las jóvenes y futuras madres probablemente han llevado el miedo o la tristeza a su feto en esos dos primeros meses cuando se estaban desarrollando todos los procesos de la nueva vida con su ADN. Seguro que les harán más resilientes ante nuevos traumas. Conocer y asumir las consecuencias sobre la vida de sus hijos es de vital importancia para contárselo en un futuro, así como guardar fotografías para que entiendan su pasado. Las madres transmiten cambios para mejorar y hacer más fuertes a sus descendientes para que encuentren lo positivo en la adversidad.

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