Víctimas: estorbo para el poder

Este loco mundo.

Trump amenaza con “llevar a Irán a la Edad de Piedra” si no abren el estrecho de Ormuz. Aunque mueran miles de inocentes. Aunque luego sigan gobernando quienes han encarcelado y ejecutado a miles de iraníes. Gaza continúa siendo el fortín de Israel y los miles de muertos —muchos niños— ya casi no ocupan memoria. Tampoco los asesinados por el terrorismo de Hamás, tantas veces escudado en civiles.

En Ucrania prosigue la guerra iniciada por un déspota sin escrúpulos. El caos, la devastación y la muerte han dejado a millones sin hogar ni futuro y han obligado al exilio a familias enteras. El Mediterráneo sigue siendo un cementerio líquido para quienes huyen de guerras, violaciones y desesperanza. En numerosos países africanos se libran conflictos salvajes que apenas merecen titulares. Y qué decir de Cuba, Venezuela, el Sáhara, Haití y tantos otros lugares donde los derechos humanos son papel mojado.

Más cerca, las víctimas de ETA contemplan cómo los asesinos salen de prisión sin arrepentimiento ni perdón y son homenajeados públicamente, mientras ellas no pueden pasear con libertad. Meses después del accidente de Adamuz seguimos sin conocer las causas. Como ocurrió con la dana en Valencia, donde las ayudas prometidas no terminan de llegar. Tampoco sabemos quién es responsable del apagón que dejó a España a oscuras ni de la muerte de seis jóvenes en la senda costera de Santander.

Mientras tanto, algunos partidos prefieren demonizar a los migrantes que el Gobierno intenta regularizar con lentitud e ineficacia, y otros proponen expulsarlos a todos, pese a que sostienen en condiciones precarias trabajos que muchos españoles no quieren asumir.

¿A quién le importan las víctimas? ¿Cómo es posible que en un país rico como España crezcan la pobreza y la exclusión hasta afectar a casi uno de cada cuatro ciudadanos? ¿A quién le importa la vida de millones de personas que nunca serán libres ni vivirán con dignidad? Si todos estamos “dotados de razón y conciencia”, como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ¿por qué no actuamos fraternalmente? ¿Por qué no se exige responsabilidad a quienes vulneran ese principio básico?

Una referencia moral en la defensa de las víctimas fue Antonio Beristain, que propuso sustituir el clásico in dubio pro reo por el “in dubio, pro víctima”, inclinar la balanza hacia quien ha sufrido el daño cuando exista duda. Colocar a la víctima en el centro de la justicia.

Hoy ese principio se erosiona. En demasiados lugares —también en España— las víctimas se convierten en daños colaterales. Como la verdad. Lo único que parece importar es el poder, aunque se alcance a costa de la dignidad humana.

Y casi nadie se avergüenza.