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El Diario de Cantabria

La sospecha como arma de destrucción

La sospecha como arma de destrucción

En estos tiempos de 'cultura kleenex', de usar y tirar, o de 'cultura del relámpago' en la que, como definía Vicente Verdú, no se requiere profundidad ni reflexión ni silencio y nada tiende a durar sino a comprimirse y desaparecer, se ha instalado también la sospecha como arma de destrucción del contrario. No hacen falta hechos, sino interpretaciones, y todo vale no para convencer sino para anular al contrario. Extender la sospecha sobre algo o alguien es perfecto para no debatir sobre el problema, sobre sus causas o sobre las soluciones. La destrucción intencionada de la presunción de inocencia es una victoria de la sospecha. Alguien es "declarado" culpable antes de ser juzgado porque algunos sospechan que hizo algo. Y si es declarado inocente, si se demuestra que la sospecha era infundada, seguirá viva durante toda la vida en las redes o en la percepción de muchos.

Antonio Gala dijo que "los políticos honrados se quitan de en medio cuando cae sobre ellos la sospecha". No es la norma. La ejemplaridad en política brilla por su ausencia, aunque es cierto que hay muchos políticos, tal vez la mayoría, que son ejemplares. Pero algunos hacen lo imposible para que sospechemos lo contrario. Y cuando son descubiertos, se atan al escaño o al despacho para evitar que se sepa la verdad. Y los suyos les defienden. Otros difunden bulos y mentiras para destruir al contrario. Y, en fin, muchos lanzan la sospecha sobre los contrarios con o sin argumentos. La sospecha nace siempre con la voluntad de que se desarrolle y crezca sin que sea posible pararla después. Y sin respeto a la verdad.

Tenemos un Gobierno, empezando por su presidente, que sospecha de los empresarios, empezando por la CEOE y siguiendo por todos aquellos que han conseguido llevar sus negocios al éxito internacional. "Si Botín y Galán protestan es que vamos en buena dirección", dijo Sánchez no hace mucho y lo de Del Pino y Ferrovial, a la que la que la ministra Belarra ha llamado "empresa pirata" (¡) es paradigmático. Es hostil a la libre empresa. Pero este Gobierno y sus ministros, sean del PSOE o de Podemos, también sospechan --y extienden intencionadamente la sospecha-- de los jueces, de los periodistas, de los medios de comunicación, de los padres, de las mujeres --ahí tienen a la secretaria de Estado que dice como debe ser su sexualidad--, de los funcionarios, de los ciudadanos, del PP, de Ciudadanos, de Vox y de casi todo el mundo y no de sus socios de investidura. Cuidado. "La fidelidad comprada, decía Tácito, siempre es sospechosa. Y, por lo general de corta duración". Dura mientras dura el poder. La sospecha también es mutua entre el PSOE y Podemos, y además justificada, pero ambos saben que no tienen más remedio que seguir juntos para mantener el poder y el dinero que manejan. La sospecha no solo es una mentira encubierta sino que se utiliza como una amenaza, lo que es propio de una república bananera, no de una democracia. La verdad se corrompe con la mentira. "Con una televisión bien manejada, decía Emilio Lledó, se transforma un país; con una televisión imbécil, lo imbecilizas". Con la sospecha, pasa lo mismo. Es un arma de destrucción masiva, pero muchas veces se vuelve contra quien la lanza, especialmente si se utiliza para no esconder los problemas o no afrontarlos. Todos somos sospechosos. Todos los que no pensamos como ellos.

La sospecha como arma de destrucción
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