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El Diario de Cantabria

Imbéciles con síntomas y asintomáticos

Imbéciles con síntomas y asintomáticos

Fernando Lázaro Carreter, el sabio de la lengua, dijo en una ocasión que su palabra preferida era "imbécil". "Cuando veo la tele, escucho la radio o leo la prensa, voy pensando: imbécil, im-bé-cil. Es mi catarsis. Es una palabra imprescindible". Y añadía: "uno puede errar, pero si te das cuenta de tu error no pasa nada. Lo grave es no darse cuenta. El que no se da cuenta... ¡ese es el imbécil!" ¿Y si te das cuenta de tu error y mantienes la posición contra viento y marea, eres un imbécil, un mentiroso o ambas cosas? Y si, desde el principio, sabes la verdad y tratas de engañar a todos, ¿aparentas ser un imbécil y no asumir responsabilidades o tratas de tomar a todos por imbéciles? Si Lázaro Carreter viviera hoy...

El diccionario de la Real Academia define imbécil como "tonto o falto de inteligencia" y también como "alejado, escaso de razón". Quizás se queda corta la definición y no incluye aspectos como los que apunta Lázaro Carreter. Yo creo que muchos imbéciles no tienen un pelo de tontos. Siempre me ha interesado el dato de que los tontos y los imbéciles casi nunca se equivocan en su contra y son los demás los que sufren las consecuencias. Pero cada vez hay más imbéciles, si. Un tal Brickman decía que estaba horrorizado porque "no sé si el mundo está lleno de hombres inteligentes que lo disimulan o de imbéciles que no se recatan de serlo". Yo voy más por lo segundo. En medio de esta crisis pandémica, hay imbéciles con síntomas y asintomáticos. Muchos. Los que viajan avión sabiendo que sufren la enfermedad. Los que se trasladan desde Bruselas a Córdoba para asistir a una fiesta y contagian a doquier. Los del botellón de Tomelloso y los de otras fiestas y botellones. Los que se sientan en una terraza sin respetar las medidas de protección, los que van por la calle sin mascarilla y sin guardar ninguna distancia de seguridad... Demasiados imbéciles y un desprecio para todos los sanitarios que se han jugado la vida para atender a más de doscientas cincuenta mil personas y que han visto morir a cuarenta mil en menos de cien días. Yo no les pondría multas. Les llevaría, con todas las medidas de protección, a limpiar los hospitales y las residencias de ancianos donde el COVID ha sido peor. Para que aprendan y dejen de ser unos imbéciles.

Hay muchas clases de imbéciles. A algunos se les nota de lejos y otros son asintomáticos hasta que desarrollan la imbecilidad. Los hay temporales y permanentes. Pero infravaloramos el número de imbéciles en circulación, su poder dañino y el peligro que representan. La imbecilidad solo tiene una cosa buena y es que está repartida equitativamente. Da igual la raza, la edad, el sexo, las creencias o la clase social. El que es imbécil es imbécil. Dicen que cada generación europea reduce su coeficiente de inteligencia, lo que haría crecer el número de imbéciles. También señalan los expertos que los tontos son prolíficos y los genios tienden a la esterilidad. No lo sé. Pero está claro que, además de haber más imbéciles, hay algunos -especialmente en política- que nos toman a todos los ciudadanos por imbéciles. Los hay en todo el mundo -Trump es un excelente ejemplo- pero en casa no faltan, todo lo contrario. "La inteligencia, dice el italiano Pino Aprile, autor de "Elogio del imbécil", está habituada a discutir y el poder no quiere discutir, quiere mandar. El imbécil siempre ve la discusión como una agresión". Tiene razón Aprile: los imbéciles ya son mayoría y la imbecilidad una fuerza de la naturaleza. A veces ni la sirve para defenderse de los imbéciles.

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