25.04.2024 |
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Aquí no escucha nadie

Aquí no escucha nadie

"Lo primero que quisiera saber es cuántos diputados hay en la sala. ¿Podéis levantar la mano? Creo que he contado cinco. El resto tendrá cosas más importantes que escuchar a los enfermos de ELA". Lo dijo en el Congreso de los Diputados Juan Carlos Unzúe, ex futbolista, enfermo de ELA, luchador, junto con muchos más, por una ley que no permita que "quien quiera vivir se sienta obligado a morir", como dijo también el presidente de la Confederación Nacional de Entidades de ELA.

La duración de la vida de estos enfermos depende de su capacidad económica para costear los cuidados. En su día, Ciudadanos presentó una ley que garantizaba un trato digno a los enfermos de ELA, que el Gobierno bloqueó. Luego lo hizo Vox, con el mismo resultado. Finalmente se logró el consenso de todos los grupos, pero las querellas políticas, las complicaciones durante su tramitación y la convocatoria electoral hicieron que decayera.

Y en esas seguimos. 2.200 pacientes de ELA han muerto esperando la ley que, ahora, el ministro responsable espera que sea aprobada a lo largo de esta Legislatura... si no hay antes otra convocatoria electoral. Sólo cinco de 350 diputados, los portavoces de Sanidad del PP, PSOE, Sumar, Junts y Vox, además del ministro de Derechos Sociales, acudieron a la convocatoria para escuchar las justas demandas, las urgentes peticiones de este colectivo. Los demás, al parecer, no podían perder el tiempo escuchando a quienes sufren. Hablamos de una ley necesaria para los que quieren seguir viviendo y una ley dotada de financiación suficiente.

Generalmente los políticos escuchan poco la voz de la calle. Se ha visto con los agricultores y ganaderos. O con los guardias civiles que se juegan la vida contra la delincuencia y el narco sin medios y sin respaldo oficial. O con los funcionarios de carrera y los profesionales de la Justicia. O con los empresarios, excluidos del diálogo social por una vicepresidenta que también ha echado de sus filas a Podemos por no hablar con ellos de nada. Los profesionales o los expertos no son llamados al Parlamento cuando se trata de regular materias sobre las que saben más que los parlamentarios.

El Congreso y el Senado son un permanente teatro de monólogos. No escuchan el voto cuando hay elecciones, especialmente si las han perdido. No sólo no escuchan sino que apartan o demonizan a los del mismo partido que sostienen opiniones diferentes. No es posible renovar el Consejo General del Poder Judicial, incluso ante un mediador europeo, porque aunque haya diálogo, los interlocutores no tienen ninguna intención de escuchar al otro. No hay diálogo entre el poder y la oposición ni siquiera para afrontar los grandes problemas de Estado. A Sánchez le es más fácil dialogar y acordar con quienes quieren la destrucción del Estado que con quienes representan a la mitad de los españoles. "Es peligroso escuchar", decía irónicamente Oscar Wilde. "Se corre el riesgo de que te convenzan y un hombre al que le convencen con razón es un ser absolutamente irracional".

Hasta la Iglesia está dando ejemplos de escucha con los que están fuera. Lo hace Francisco con los divorciados o los LGTBI e incluso ha llevado a una obispa anglicana a hablar ante el Consejo de Cardenales, no sin que algunos se rasguen las vestiduras. Para decidir hay que escuchar, sobre todo a los que piensan de otra manera, a los que están fuera. En muchas iglesias españolas se están poniendo en marcha "centros de escucha" para atender, para sanar, para abrazar a quienes afrontan el desempleo, una muerte, una separación, una enfermedad grave, acosos, tentaciones suicidas o, simplemente la soledad, que es otra grave enfermedad de nuestro tiempo. Escuchamos poco y apresuradamente. La sociedad mejor conectada de la historia es, posiblemente, la más incomunicada. Hay que trabajar más la escucha y el encuentro si queremos tener un país sano. Y no sólo en política.

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