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El Diario de Cantabria

El botox del poder

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El botox del poder

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e inyecta la toxina botulínica -el botox- en el músculo que se desea tratar con una aguja extrafina, se libera un neurotransmisor y se produce la contracción muscular. Resultado: la piel cobra un aspecto terso, desaparecen las arrugas y se recupera un aspecto juvenil. Es un tratamiento poco doloroso que necesita escaso tiempo de recuperación o cuidados y hasta se puede exponer uno al sol sin peligro.

El problema es que dura poco tiempo y hay que renovar la dosis cada pocos meses, lo cual significa que una vez que empiezas, ya no puedes parar. Y si no lo hace un buen especialista, los resultados acaban siendo terribles: asimetrías en ambos lados de la cara, equimosis, caída de cejas o de párpados, dolores, desfiguraciones...

En política pasa lo mismo. Cuando el que manda no quiere que le vean como es , tiene la tentación de inyectarse toxinas en el programa de gobierno y con ello consigue ganar tiempo y parecer lo que no es, aunque sea con el riesgo de desfigurarse la cara, perdón, el programa y hasta la ideología, la esencia del partido que representa. La tentación de acudir al especialista es muy fuerte y, como todavía no está bien visto, casi siempre acuden a alguien que no tiene título. Y así son los resultados.

El botox del poder se utiliza para disimular no las arrugas sino los surcos que surgen en las costuras de los políticos y en las de sus partidos, las mentiras que son imposibles de sostener, los compromisos que nunca se ha pensado mantener, los giros copernicanos en los objetivos, las alianzas contra natura, la necesidad de parecer siempre el mismo, aunque sea a base de toxinas.

Que hay problemas para sacar adelante unos Presupuestos, se inyecta uno una dosis de ERC, de Bildu y de PNV y se tersan las cifras y parecen más jóvenes los datos y los proyectos. Que hay que renovar la dosis a los pocos meses, pues se cede lo que haya que ceder y hasta la próxima. Hasta que la cara del partido, su propia razón de ser, no se parece en nada a lo que se ve. Durante algún tiempo se consigue que la piel parezca más tersa que la del rival.

Unos pinchazos de botox y llego hasta el final de la Legislatura. Los partidos políticos son hoy, en nuestra democracia de baja calidad, seguramente las organizaciones o instituciones menos democráticas y que más utilizan toxinas para parecer lo que no son, es decir, para engañar. El que ostenta el poder tiene todo el poder. Y nadie se lo discute. Incluso aunque esté desnaturalizando la esencia del partido o pactando con quienes buscan destruir el sistema.

Aunque el silencio de los que callan es culpable, el silencio se escucha y duele. Por eso, el uso del botox para mantener el poder al precio que sea, bajo el consejo de aprendices y sin control de especialistas encierra tantos peligros. Una vez que se empieza a usar se convierte en imprescindible.

Y, lamentablemente, cuando pasa el tiempo, el deterioro es imparable y se ve de lejos incluso con mascarilla.

El botox del poder
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