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El Diario de Cantabria

¿Illa monta en bici?

la locura de Illa
¿Illa monta en bici?

ALGÚN insensato por estos pagos calificó en su día al primer ministro holandés, Mark Rutte, de «enemigo de España» por sus reticencias a facilitar a nuestro país las ayudas europeas. Siempre consideré a Rutte un político ejemplar en cuanto a su austeridad e integridad.  La fotografía de la semana fue, para mí, la del mandatario de los Países Bajos acudiendo en bicicleta al palacio real para comunicar su dimisión por una sentencia condenatoria tras un injustificable error de su gobierno hace años. La misma bicicleta con la que luego acudió al Consejo de Ministros, ya en funciones.

Una democracia ciclista es un simbolismo que en otros lugares, propicios al dispendio, a los coches oficiales y a los vuelos privados en Falcon, deberían imitar; y no, no es ni un detalle mínimo ni una demagogia. Seguro que en los Países Bajos no ocurrirían algunas cosas que, en cambio, sí nos suceden por estos pagos.

Nuestra democracia está, por lo visto, suspendida. No se sabe si eso significa en período de hibernación, entre paréntesis o que no llega al aprobado. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que fue quien pronunció la frase, no aclaró este extremo.

En cualquier caso, mal asunto. Y tampoco se entiende bien que el Notario Mayor del Reino se meta en esos berenjenales diciendo prácticamente que sería inconstitucional un aplazamiento de las elecciones catalanas... cuando ya todo el mundo daba por seguro que la Generalitat las aplazaría, de febrero a mayo. Eso traerá polémicas legales sin fin (por polémicas legales, en este país nuestro, que no quede), pero el caso es que, pandemia mediante, los comicios autonómicos catalanes se celebrarán en mayo. O después, si la cosa no mejora. Una rebelión más (por rebeliones que no quede) del Govern contra el Gobierno central. Claro que no son los únicos. En Castilla y León, por ejemplo, se ha producido un claro enfrentamiento entre el ¡todavía! Ministro de Sanidad y el presidente autonómico, porque este ha decidido, sin el permiso ministerial, anticipar las horas del toque de queda en la Comunidad.

Eso ha irritado a Illa, aunque procura que se le note poco, acorde con su talante templado y conciliador: este sábado comparecía ante las cámaras, tratando de que nadie le preguntase por su doble condición de responsable de la Sanidad en estos momentos compatibilizada con la de candidato en las ahora lejanas elecciones.

Aseguró que su estrategia ha sido la correcta y que la vacunación va viento en popa: toma autocrítica. Pero no seré yo quien desgaste al candidato Illa, como insensatamente hacen algunos sectores de la derecha, porque el aspirante socialista es el último valladar que nos queda contra el independentismo.

Una democracia suspendida es aquella en la que las medidas contra esa pandemia, que está siendo la mayor desgracia que nos aflige -¡¡cuarenta mil contagios nuevos oficialmente contabilizados en un solo día!!-, se multiplican por diecisiete gobiernos regionales, de manera que el ciudadano hoy ni sabe a dónde puede viajar ni a qué hora ha de recluirse.

Pero hay que insistir en que no cabe culpar de todo a la pandemia, ni a Illa, ni a Fernando Simón, aunque sea el peor portavoz en la peor situación: para hablar de ‘democracia suspendida’, ahora que el titular de Justicia lo dice, bastaría con ver el enfrentamiento de un sector del poder judicial (el conservador, claro) con el Parlamento, que no les permite declarar se supone que en contra del Ejecutivo, que quiere imponer su propia y polémica reforma sobre el gobierno de los jueces.

Esto, más que separación de poderes, es guerra de poderes. En los Países Bajos tampoco eso pasa. Parece claro que hace falta un reseteado general en los usos y costumbres de la democracia española. Puede que mucho se arreglase si en vez de poltronas, chóferes, asesores, alfombras y reverencias, en nuestra vida oficial hubiese más bicicletas, más dimisiones cuando el guión lo exige, más transparencia y algo, al menos algo, de autocrítica: hay que leer cómo Rutte admite que «el gobierno no estuvo a la altura» para apostillar su dimisión tras el escándalo de las subvenciones a inmigrantes, por cierto revelado por una abogada de origen español.

Y en una democracia no suspendida, donde es difícil, aunque sea una monarquía como la holandesa, que una parte de la coalición gubernamental ataque la forma del Estado, tampoco está mal eso de marcharse cuando el deber y el patriotismo lo piden.

Por cierto, ¿sabe Illa montar en bicicleta?

¿Illa monta en bici?
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