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El Diario de Cantabria

El éxodo

La imagen que, a mi juicio, resumiría lo que ha sido otra semana ‘horribilis’ es la de cientos de miles de madrileños huyendo antes de que la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, la mujer que copa todas las portadas, decretase algo parecido a un confinamiento para casi un millón de personas. Esa, la del éxodo, es la realidad. La que imponen la pandemia y una gestión obviamente ineficaz de los intereses de la ciudadanía. Lo demás, casi todo lo demás, es necesidad de mirar hacia otro lado. Para olvidar.

Los políticos, cuando no gestionan con la probidad y contundencia que las situaciones extremas requerirían, buscan maniobras de distracción, leyes de memorias históricas o democráticas, remodelan el Valle de los Caídos, organizan una escandalera a cuenta de los Presupuestos, se embarullan con la increíble corrupción del pasado, la de Kitchen y no solo. Nosotros mismos, las gentes que andamos disciplinadamente por la calle con nuestra mascarilla, también buscamos aliviar la constatación de los negros nubarrones; y entonces hacemos memes sobre esa foto del emérito en la barbacoa, tan malvadamente filtrada por la mujer fatal, o comentamos lo mayor que está Woody Allen en San Sebastián, yo qué sé. O huimos.

Supongo que entre todos tratamos de hacernos creer a nosotros mismos que toda va normal, que los bancos se fusionan porque eso es lo natural, que Torra es como es y así ha sido siempre, que, por supuesto, esos títulos nobiliarios de Franco hay que retirarlos y ya veremos lo que dicen luego los jueces (aaah, los jueces...), que a la encuesta del CIS no hay que hacerla caso aunque muestre que los españoles no confían para nada en sus representantes, o quizá precisamente por eso sea por lo que no hay que hacerla caso. O sea, lo de siempre. Ya no nos sorprende nada.

Excepto lo que no debería sorprendernos y, sin embargo, nos sorprende: que el presidente del Gobierno se reúna, al fin, con la presidenta de la Comunidad más rica, poblada y conflictiva de España. Madrid, centro de las tormentas. Vivimos en un país en el que casi nada es como debiera ser. Por ejemplo, eso: que sea noticia que un político ‘acceda’ a reunirse con otro de la otra cuerda, habiendo aguardado para hacerlo a que la situación sea ya desesperada. O que no nos demos cuenta de que, huyendo de la peste y de la inepcia, cientos de miles de madrileños huyan hacia otros lugares, a donde sea. Madrileños del sur, donde se vive peor que en el norte. El sur, donde se ceba el virus, una muestra palpable más de que vivimos instalados en la desigualdad.

Ignoro si, cuando se encuentren este lunes en la Puerta del Sol, Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso se centrarán en lo que importa, que es sacarnos de esta a los del norte, a los del sur, a los del Este y a los del ala oeste. O si, por el contrario, perderán la oportunidad, tirándose los trastos a la cabeza, como hicieron de nuevo el presidente del Gobierno y Pablo Casado en la última sesión de control parlamentario: ‘¿Corrupto? Y tú más’, ‘arrime el hombro y acate la Constitución’, ‘no quiero ser su muleta’, etcétera. Naderías. El Gobierno, oponiéndose a la oposición y la oposición, a veces, oponiéndose a sí misma.

Tengo para mí que nuestro políticos, tan desprestigiados que ya no lo pueden estar más, lo dice hasta el CIS, van entendiendo que hasta aquí llegó la broma. Quizá el virus, que en el fondo lo que ha hecho ha sido acelerar el estallido de lo que ya era decadente, sirva para colocarlos ante el espejo y dar un profundo giro de timón a lo actuado y a lo que se dejó de hacer. De lo contrario, el éxodo puede ser mucho más profundo, generalizado y duradero de lo que hemos visto este fin de semana, antes de que, por fin, la presidenta de la Comunidad se asomase a nuestras pantallas para darnos las malas noticias. Que, por cierto, ya conocíamos.

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