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El Diario de Cantabria

El año que nos cambió

El año que nos cambió

Ahora que hablamos de elecciones -ha pasado un año desde aquellas del 10 de noviembre de 2019 que cambiaron nuestras vidas- me parece que, entre unas cosas y otras, a peor. Me parece que la única buena noticia que la mayor parte de los españoles hemos recibido en estos doce meses ha venido de fuera y ha sido la derrota de Donald Trump -bueno, para Vox, que tanto admiraba al hombre de pelo naranja, sospecho que no ha constituido precisamente un motivo de satisfacción- . Pero, por lo demás, este ha sido para nosotros un tiempo de titulares negativos, de tristeza y desconcierto como no recuerdo otro igual.

Claro que la pandemia que hizo clamoroso y trágico acto de presencia en todo el planeta el pasado mes de marzo y que lamentablemente aún sigue, quizá más de cincuenta mil muertos después, entre nosotros, ha sembrado de dolor, aprensiones y pesimismo nuestras almas, nuestras vidas. Pero, al margen de lo inevitable, o de lo que se hubiera quizá podido evitar algo más, pero por supuesto no por completo, con una gestión más afanosa, creo que la transformación política, económica, social, que se ha pretendido dar a nuestras existencias ha sido cuando menos notable, aunque el proceso esté mereciendo, me parece, un suspenso. Y conste que con lo del suspenso no hablo solamente de esa reforma educativa, tan cuestionable, que ha sido uno de los campos en los que ha irrumpido el pistoletazo de salida del caballo de Atila hacia una ‘nueva era’.

Nueva era, que por cierto, poco está teniendo que ver con los planteamientos previos a las elecciones del 10-N, que se nos dijo que se convocaban precisamente para evitar lo que empezó a suceder justo al día siguiente de los comicios: un Gobierno de coalición inédito en los últimos ochenta años de la Historia de España. Y qué Gobierno de coalición...

En los últimos días se han registrado, al margen de los planes, a mi entender desacertados, de la señora Celáa, ministra de Educación, intentos claros de controlar la información y a los informadores, de permitir la irrupción sin avisar de los inspectores de Hacienda en empresas y domicilios particulares, de suprimir la cooficialidad del español en los planes escolares... y aún quedan seis meses de estado de alarma, que sin duda se prolongará hoy lunes, cuando la alarma, que tanto nos alarma, vence oficialmente. Con el Ejecutivo partido, una parte alentando una forma del Estado diferente a la otra, el Legislativo inoperante y el Judicial, sobre el que se han intentado no pocas maniobras desde que la Fiscalía del Estado se designó como se designó, tambaleante, no cabe la menor duda de que este no ha sido un período político ni tranquilo ni, desde luego, aburrido, que es como dicen los suizos que deben ser las buenas democracias. Ni tampoco la sociedad civil ha sido llamada a hacer otra cosa que votar. Y de eso ha pasado, ya digo, un año.

En estos doce meses se ha debilitado, también por culpas propias sin duda, la Monarquía; y, aunque se diga lo contrario, la cohesión territorial se ha mostrado en ocasiones, con el co-gobierno de ida y vuelta, como algo cercano al caos en la lucha contra los rebrotes del coronavirus; los Presupuestos se van a sacar adelante como consecuencia de pactos -incluyendo los internos en el propio Ejecutivo- que serán onerosos para el Estado; el deterioro político se ha consumado en Cataluña; España ha perdido proyección e imagen en Europa y, sobre todo, en América; se ha creado inseguridad jurídica, se ha bordeado la inconstitucionalidad en algunas decisiones -algunas tuvieron que frenarse a última hora, como la reforma del poder judicial-, y se ha logrado ofrecer un panorama económico de futuro simplemente desolador.

Por cierto que el espíritu de concordia que presidió la puesta en marcha de la primera Transición a la democracia, allá por 1978, se ha hecho añicos, para pasar a un grado de enfrentamiento entre las dos Españas que solamente puede compararse con la división que, en su propio país, ha sembrado la a mi entender catastrófica gestión de Trump, aunque setenta millones de norteamericanos, que le votaron, parecen pensar lo contrario.

Pero, regresando a España, pienso que no se puede culpar plenamente a la pandemia de haber acelerado procesos negativos que ya estaban en marcha. Ni, si queremos ser justos, se puede responsabilizar por completo solamente al Gobierno de Pedro Sánchez/Pablo Iglesias del cúmulo de despropósitos de padecemos en este año que no solo hemos vivido, estamos viviendo, muy peligrosamente, sino que, además, nos deja la sensación de que, cuando el 10 de noviembre de 2021 ‘conmemoremos’ el segundo aniversario de aquellas elecciones, puede que estemos aún un poco peor. Y ello, aunque para entonces seguramente nos encontremos ya en proceso de estar superando la peor pesadilla que ha caído sobre el mundo desde la Segunda Gran Guerra.

Quisiera fijarme, para concluir, en lo que probablemente va a ocurrir en el país más poderoso del mundo, una vez que el presidente saliente consume su suicidio de imagen política y personal: una nueva Administración, llena de esperanza y de ilusiones, deshará lo pésimamente hecho y empezará a construir sobre bases razonables. Y entonces se hará realidad la frase del primer discurso presidencial de Joe Biden: «Pongamos fin a esta nefasta era de demonización». Qué envidia.

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