El fin de una era
Antes de la invasión rusa de Ucrania (2023) y antes, también, de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos (2024), en esencia, la estabilidad y la prosperidad de los países de la Unión Europea descansaba sobre tres pilares: la seguridad en sentido amplio que generaba la OTAN, alianza político-militar a la que pertenecen la mayor parte de los socios de la UE; en el marco de la política energética: el gas que suministraba Rusia —con Alemania como gran punto de enlace— todavía sin las incertidumbres traídas poco después por los aranceles de Trump; y el tercer pilar, basado en la discrecionalidad en las compras en el mercado chino.
Ahora, todo eso forma parte de lo que, parafraseando a Stefan Zweig, habría que considerar como el mundo de ayer. En parte, el fin de una era. La guerra primero, con Vladimir Putin como gran responsable, y la atrabiliaria agenda política y comercial del nuevo inquilino de la Casa Blanca lo han trastocado todo.
El "oasis" europeo, ya agitado por problemas internos relacionados con el auge de los nacionalismos tribales y la llegada masiva de emigrantes procedentes de África y Asia, tiene ahora por delante un panorama mucho más sombrío. Putin no cede y Ucrania, pese a la ingente ayuda militar que ha recibido y sigue recibiendo de los países de la UE, va camino de perder la guerra, viéndose constreñida a ceder parte de los territorios ocupados por Rusia. Es lo que apoya Washington, pero esa derrota será, en realidad, la derrota de Europa.
Al mismo tiempo, Trump plantea un reseteo de la OTAN aumentando el presupuesto. Exige un compromiso de incrementar hasta el 5% del PIB de cada uno de los estados miembros. Lo que supone germen de controversia en países como España, cuyo gobierno de coalición se apoya en partidos comunistas, adversarios históricos de la Alianza Atlántica.
La amenaza neoimperialista rusa coincide —y es fuente de alarma— con un contexto donde los vínculos atlánticos se resienten por la línea política que impone Trump. Iniciamos el mes de agosto con la noticia de la presencia de dos submarinos nucleares norteamericanos en latitudes cercanas a aguas rusas, un anuncio que Moscú interpretó como una provocación recordando que Rusia es una potencia nuclear. Después amainó la tensión tras el encuentro de Trump y Putin en Alaska. Pero Rusia no ha cedido ni ha renunciado a sus conquistas ilegales.
Antes de 1914, Zweig alertaba de la tormenta que se cernía sobre la Vieja Europa. Un siglo después, sobre la Nueva Europa —la que representa la UE— se ciernen amenazas de las que buena parte de la población de los países de la Unión no son conscientes. Y a la cabeza, en esa apuesta de ceguera política mezcla de inconsciencia y desidia, se sitúa la nuestra: la sociedad española.
El futuro ya no es lo que era.