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El Diario de Cantabria

Seminario de Monte Corbán

Seminario de Monte Corbán

Como ya os dije el domingo anterior en mi artículo, esta semana tenía tres días muy especiales en nuestra Diócesis: el día de la Santa Cruz, en el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, la celebración de nuestra patrona La Bien Aparecida, en el alto de Marrón, y la inauguración del nuevo curso en el Seminario Diocesano de Monte Corbán, en San Román de la Llanilla. Y hoy os voy a dedicar este artículo a hablar de nuestro Seminario.

Una larga historia. Habiendo pasado por ser un monasterio de los Jerónimos, lugar de estudio de los futuros sacerdotes de la Diócesis, incluso cárcel de la postguerra, yo conocí a nuestro Seminario con una gran cantidad de seminaristas y con un gran plantel de profesores. Yo pasé los primeros años de mi infancia cerca del Seminario, veía a los seminaristas salir de paseo, jugué en sus campos de futbol e incluso allí íbamos los chavalillos y chavalillas de San Román los sábados para confesarnos, aprovechando el camino para ir preparando y diciendo lo que íbamos a decir al cura en la confesión. Y otras veces acompañando a mi madre y a mi tío, que les servían la carne al Seminario. Son recuerdos que se quedan muy dentro, y que yo creo que ayudan también a que podemos decir: «yo quiero ser cura».

Mucho podría hablar del Seminario y de lo unidos que estábamos la gente de mi pueblo con él, pero ahora han llegado otros tiempos, duros y difíciles, pero estoy seguro que podremos superarlos. También Dios cuenta mucho, cuando pedimos al dueño de la mies que mande obreros a su mies, como nos pide Jesús en el Evangelio (Mt, 9 – 38). Y después de este resumen de la historia, pasamos al día de hoy.

El Seminario hoy. No corren buenos tiempos en nuestro seminario y nos fijamos en dos realidades. Primero, nuestra diócesis necesita sacerdotes. No es bueno el que cada uno tengamos que atender muchas parroquias a la vez. No solo por el cansancio, que es lo de menos, sino por la dificultad de una atención humana y sacerdotal a los feligreses. Y en un segundo lugar, no es solución que hoy haya en nuestro seminario solamente cuatro seminaristas. Tres de ellos para terminar este año sus estudios y estarán preparados para su ordenación, y hasta al menos cinco años, quizás y por desgracia, no se ordenará ningún sacerdote. Y sabiendo que mientras tanto serán varios los sacerdotes que se jubilen, pues ya se encontrarán con pocas fuerzas y mucha edad para realizar su misión.

Y la solución de este problema en la diócesis no está en que vengan curas de otro lado, sino en formar los que vienen a nuestro seminario. Porque la solución no está en ordenar curas, sino formar seriamente a los curas que se han de ordenar para el servicio de la diócesis, con sus concretas realidades. Y lo primero que necesitamos para formar seminaristas es que haya seminaristas; y no uno o dos, como puede ser el próximo curso, sino un grupo para que después puedan trabajar en unión en las diversas parroquias.

Los hay que siguen diciendo que en el futuro la solución estará: o en los curas casados, como si el matrimonio de los curas hiciese que hubiese más vocaciones o en la ordenación de mujeres, como si fuese más fácil que las mujeres tuviesen vocación que la tuviesen los hombres.

Tal como está la doctrina de la Iglesia, las dos cosas están un mucho complicadas, pero si se permitiesen los curas casados o las mujeres sacerdotes, no quiere decir que vaya a haber más vocaciones.

La tarea por la vocación sacerdotal. Sí que es necesario pedir a Dios que mande obreros a su mies, pero nos toca a nosotros echarle una mano para que nuestro seminario pueda ser lugar donde se formen, y bien formados, estos obreros. En primer lugar, estamos los sacerdotes. Si un chico quiere ser sacerdote ha de ver que esto es algo que merece la pena, que verdaderamente seguir a Dios en el servicio a los hombres en la vocación sacerdotal, es la mayor alegría que nos puede llenar la vida. Pero ¿qué es un sacerdote?  Claramente, pensará que es alguien como ‘el cura de su parroquia’. Es muy importante la tarea de la formación de los sacerdotes, en todos los aspectos de sus vidas: humano, intelectual, piadoso, generoso y entregado a los más necesitados… porque así podremos actuar no solo como enviados de Dios sino como testigos suyos en este mundo y en estos tiempos en los que nos toca vivir. Y es que un buen testigo, gozoso, piadoso y entregado, quizás sea la mejor fuente de vocaciones. La celebración de la Eucaristía, las catequesis de Primera Comunión y de Confirmación, son momentos para poder mostrarles lo que es ‘ser cura’. Y el que sean monaguillos, hagan lecturas de la celebración de la misa, ayuden al cura… eso también enseña y anima. Yo suelo tener en cada misa unos ocho monaguillos, cada uno con su tarea. Alguien caerá en las redes.

Y no hemos de olvidar que tiempos importantes en la vida del niño son la escuela y la vida en la familia. Es de gran importancia la preparación de los profesores y profesoras de religión, los temas que pueden enseñar (no olvidemos que son clases y no catequesis), en las que el tema de la vocación sacerdotal y religiosa no puede quedar ajeno.

Y sobre todo la familia es el ambiente más importante y el que más hemos de cuidar. Lo que se ve, se hace. Les enseñamos tantas cosas, les «cuidamos» de maneras tan extrañas, quitamos todo objeto religioso de nuestras casas (no digo ya nada de bendecir la mesa o de rezar al acostarse), que al final convertimos, por ejemplo, la Primera Comunión en un viaje a Eurodisney.

La gran tarea de las vocaciones sacerdotales la tiene el Obispo, como Pastor de la Iglesia, pero de ella participamos también, y no con menos fuerza y entusiasmo, los sacerdotes, como sus colaboradores. Ojalá acertemos todos, que las cosas no son nada fáciles. No creo que volvamos a llenar el Seminario de seminaristas, pero que tampoco lo vaciemos, que da la impresión que por «por ahí van los tiros». Confiemos en Jesús, que, en el mar de Galilea, comenzó el primero de los seminarios. Que nos sirva de modelo en nuestra Diócesis.

Feliz semana, y rezad por los seminaristas y las vocaciones.

Seminario de Monte Corbán
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