Ultra, ultra, ultra… y empieza a morir gente
La izquierda lleva años jugando con fuego. Ha convertido el insulto en argumento, la deshumanización del adversario en estrategia y la palabra “ultra” en una herramienta para señalar, aislar y expulsar del espacio público a todo aquel que no se pliega a su relato.
Hoy ese clima ha cruzado una línea que nunca debió siquiera rozarse: un nuevo intento de asesinato contra Donald Trump, el tercero. No es un hecho aislado. No es una anécdota. Es la consecuencia de una atmósfera política envenenada durante años.
Y no olvidemos otro nombre que debería estremecer cualquier conciencia democrática: Charlie Kirk, asesinado de un disparo en la cabeza. Un activista político convertido en víctima mortal de ese mismo clima de confrontación extrema.
La fábrica moral del enemigo
Durante años se ha repetido el mismo patrón: primero se etiqueta, después se deshumaniza y finalmente se legitima, aunque sea de forma indirecta, la agresión. Cuando a alguien se le presenta sistemáticamente como un peligro, como un enemigo de la democracia o como un mal absoluto, alguien termina creyendo que eliminarlo es un acto justificable.
La retórica política no es inocua. No es un simple juego dialéctico. Construye realidades, condiciona conductas y marca límites morales.
Del insulto al disparo
Nadie serio sostiene que una palabra mata por sí sola. Pero sí es innegable que la violencia política necesita antes un terreno abonado. Ese terreno se construye con años de propaganda, de exageración, de demonización constante del adversario.
Cuando todo es “fascismo”, cuando todo es “ultraderecha”, cuando todo es “odio”, la palabra pierde su significado y gana poder destructivo. Porque deja de describir la realidad para transformarla.
España no es ajena
Quien piense que esto es un fenómeno exclusivamente estadounidense se equivoca. En España llevamos tiempo transitando una senda peligrosa. El sanchismo ha institucionalizado la descalificación como herramienta política: fachosfera, pseudomedios, odiadores, extrema derecha…
El objetivo no es debatir, sino deslegitimar al discrepante. Y cuando el poder decide quién es legítimo y quién no, la democracia empieza a erosionarse.
La política del miedo como estrategia
La izquierda contemporánea ha sustituido el proyecto por el miedo. Incapaz de ofrecer soluciones eficaces a los problemas reales, necesita construir un enemigo permanente que justifique su permanencia en el poder.
Sin enemigo, no hay relato. Sin relato, no hay poder.
Pero ese juego tiene un precio. Y ese precio empieza a pagarse en forma de violencia.
Una advertencia necesaria
La democracia exige confrontación, sí. Pero también exige límites. No se puede llamar nazi al adversario cada día y sorprenderse cuando alguien actúa como si estuviera combatiendo al mal absoluto.
Lo ocurrido en Estados Unidos debe servir como advertencia. No como excusa, no como arma arrojadiza, sino como espejo.
Porque cuando el lenguaje se degrada, la convivencia se rompe. Y cuando la convivencia se rompe, la violencia deja de ser impensable.
Hoy ha sido Trump. Ayer fue Charlie Kirk. Mañana puede ser cualquiera.
Ese es el verdadero riesgo. Y ese es el precio de jugar, durante demasiado tiempo, con el odio.