El sanchismo ya no disimula

Cuando el poder pierde la vergüenza, el escándalo deja de esconderse… y empieza a gobernar.

Lo verdaderamente inquietante del espectáculo que estamos viendo en el Supremo no es José Luis Ábalos. Tampoco Koldo. Ni siquiera las mordidas, los enchufes, las amantes colocadas o las obscenas historias de dinero público convertido en confeti para golfos. Lo verdaderamente devastador es otra cosa: la sensación creciente de que el poder ya ni siquiera siente la necesidad de guardar las formas.

Ábalos compareció ante el Tribunal Supremo con esa mezcla de soberbia y chulería barriobajera que tanto recuerda a Pedro Sánchez. La misma arrogancia del que cree que está por encima de todo. Del que no siente respeto ni por las instituciones ni por los ciudadanos que pagan la fiesta.

Porque esa es la clave de todo esto: la degradación moral del poder.

La corrupción como forma de gobierno

Durante años el sanchismo quiso venderse como una supuesta regeneración democrática. Llegaron al poder hablando de ejemplaridad, de feminismo, de limpieza ética y de lucha contra la corrupción. Y hoy contemplamos exactamente lo contrario.

Un Gobierno cercado por los escándalos. Un exministro sentado ante el Supremo. Asesores convertidos en consejeros de empresas públicas. Contratos bajo sospecha. Comisionistas. Prostitución pagada con dinero de origen presuntamente corrupto. Redes clientelares. Y una maquinaria política dedicada no a aclarar nada, sino a resistir.

Porque el sanchismo no gobierna ya para transformar España. Gobierna para sobrevivir.

La impunidad como cultura

Lo más obsceno no son únicamente los hechos que se investigan. Lo insoportable es la naturalidad con la que muchos de sus protagonistas parecen asumirlos.

Ábalos no transmite vergüenza. Transmite resentimiento. Sánchez no transmite preocupación institucional. Transmite cálculo político.

Ese es el verdadero cáncer del sanchismo: haber convertido la impunidad en una cultura política.

Todo vale mientras el poder aguante un día más. Pactar con quien sea. Colonizar instituciones. Presionar a jueces. Utilizar la Fiscalía como muro de contención. Dividir a la sociedad. Señalar al discrepante. Victimizarse constantemente mientras el país asiste atónito al deterioro institucional más grave en décadas.

El feminismo de pancarta

Resulta especialmente nauseabundo escuchar lecciones de feminismo a quienes convivieron políticamente con comportamientos que ahora intentan minimizar.

Porque aquí no hablamos de errores privados. Hablamos de una forma de ejercer el poder donde el dinero público, los privilegios y los abusos convivían con absoluta normalidad.

El problema no es solo moral. Es político. Porque mientras millones de españoles sufrían durante la pandemia, mientras familias enteras enterraban a sus muertos y los autónomos se arruinaban, algunos parecían más preocupados por repartir contratos, favores y colocaciones.

España merece algo mejor

La democracia no puede acostumbrarse a esto. No puede resignarse a contemplar cómo las instituciones se degradan mientras desde el poder se intenta anestesiar a la sociedad con propaganda, polarización y victimismo.

España no merece un Gobierno atrincherado en el escándalo permanente.

No merece que el debate público quede reducido a insultos, cortinas de humo y maniobras para ganar tiempo.

No merece una política convertida en lodazal.

El final del relato

Lo más cruel para el sanchismo es que su caída moral no procede ya únicamente de la oposición o de los medios críticos. Procede de sus propios protagonistas.

Cada declaración, cada sumario, cada audio y cada comparecencia desmontan el gran relato de superioridad ética con el que Pedro Sánchez conquistó el poder.

Y cuanto más intentan resistir, más evidente resulta el desgaste.

Porque al final siempre ocurre lo mismo: la corrupción no destruye solo gobiernos; destruye la credibilidad de todo lo que tocaron mientras gobernaban.

Y eso es exactamente lo que le está ocurriendo hoy al sanchismo.