El sanchismo buscando crisis por el mundo
Pedro Sánchez ha convertido la política española en una explotación permanente de las desgracias ajenas. Ya no gobierna un país: administra emocionalmente las crisis para sobrevivir políticamente de ellas.
Necesita miedo. Necesita alarma. Necesita tensión. Necesita tragedias constantes que le permitan aparecer como el gran salvador mientras el país deja de mirar la corrupción, la ruina económica y la degradación institucional que crecen alrededor de su Gobierno.
El sanchismo se ha transformado en un proyecto carroñero que se alimenta políticamente del desastre.
Da igual dónde ocurra.
Una pandemia mundial. Una guerra en Ucrania. Gaza. La inmigración masiva. El cambio climático. Un barco con hantavirus. Cualquier catástrofe sirve mientras permita construir un nuevo escenario propagandístico alrededor de Pedro Sánchez.
Y cuanto más miedo, mejor.
Porque el presidente ha descubierto que las crisis ofrecen algo fundamental para un líder políticamente agotado: suspensión temporal de la realidad. Durante unos días desaparecen los jueces, las mordidas, los audios, las prostitutas enchufadas en empresas públicas, las comisiones, los escándalos familiares, la deuda disparada o las pensiones pagadas indirectamente con dinero europeo.
Todo queda sustituido por la gran escenografía del líder gestionando emergencias.
Ahí se siente cómodo Sánchez.
Por eso el Gobierno siempre parece buscar desesperadamente una nueva causa global con la que presentarse ante el mundo como referencia moral del progresismo internacional. Ya no importa España. Importa el personaje. Importa la foto. Importa el aplauso exterior. Importa construir el perfil de estadista humanitario mientras el país real se deteriora lentamente debajo.
El caso del barco del hantavirus es paradigmático.
El buque podía dirigirse directamente a Países Bajos. No era imprescindible convertir Canarias en el centro mediático de la crisis. No era obligatorio montar una operación política y propagandística de semejantes dimensiones. Pero Sánchez necesitaba otra emergencia internacional perfectamente televisable justo cuando el juicio del caso Ábalos empieza a asfixiar al PSOE.
Y de repente reaparecen todos los elementos clásicos del manual sanchista: expertos, comparecencias, OMS, mensajes solemnes, protocolos, dramatización controlada y el presidente representando otra vez el papel de conciencia moral de Occidente.
Mientras tanto, en el Supremo desfilan testimonios que describen una estructura de corrupción obscena incrustada en el corazón del poder socialista.
Porque Ábalos no era un verso suelto. Era el sanchismo en estado puro. El hombre que organizó el partido. El ejecutor de la moción de censura. El ministro más poderoso del Gobierno. El protegido político de Sánchez durante años.
Y ahora aparecen prostitutas pagadas, enchufes, comisiones, sobres, empresarios financiando favores, empresas públicas convertidas en agencias privadas del poder y una degradación institucional que empieza a parecer sistémica.
Pero el presidente necesita que España mire hacia otro lado.
Por eso el sanchismo vive en una búsqueda permanente de crisis internacionales. Porque ya no puede sostenerse únicamente sobre su gestión nacional. La realidad española es demasiado devastadora.
España paga pensiones con dinero europeo. La deuda pública se descontrola. La sanidad colapsa. La vivienda desaparece para una generación entera. Los salarios se hunden. La productividad no existe. Las listas de espera baten récords históricos. Los jóvenes emigran o sobreviven compartiendo piso hasta los cuarenta años.
Y frente a todo eso, Sánchez ofrece teatralidad global.
La política exterior convertida en una herramienta de marketing personal.
Da igual si se trata de inmigración, de guerras o de emergencias sanitarias. Todo acaba subordinado al mismo objetivo: construir la imagen internacional de Pedro Sánchez mientras se intenta tapar el hundimiento interno del país.
Y lo más perverso es el mecanismo moral que utiliza el sanchismo para blindarse.
Cualquiera que cuestione algo es inmediatamente demonizado. Si criticas el operativo del barco eres inhumano. Si alertas sobre la inmigración descontrolada eres xenófobo. Si denuncias el despilfarro eres insolidario. Si hablas de corrupción eres un propagador de odio.
Todo está diseñado para que el debate político deje de girar alrededor de la gestión y pase a girar alrededor de la culpa moral.
Es manipulación emocional institucionalizada.
Porque Sánchez ya no gobierna sobre hechos. Gobierna sobre estados psicológicos colectivos.
Y cuanto más vulnerable se siente políticamente, más necesita una nueva crisis que devorar mediáticamente.
Ese es el verdadero rostro del sanchismo carroñero: un poder que se alimenta del miedo, de la tensión y de la tragedia para seguir sobreviviendo mientras España se hunde lentamente bajo toneladas de propaganda.