La política útil vuelve a abrirse paso

Un vistazo a un futuro mejor

El mayor éxito de un Gobierno no siempre consiste en hacer mucho ruido. A veces consiste, precisamente, en dejar de hacerlo. Mientras la política nacional vive atrapada entre escándalos, investigaciones judiciales y una polarización que parece no tener fin, Cantabria ha comenzado a recuperar algo que durante demasiado tiempo pasó desapercibido: la normalidad institucional.

La inmensa mayoría de los cántabros no siguió el Debate sobre el Estado de la Región. Y no lo hizo porque tuviera otras prioridades mucho más importantes. Estaba trabajando, cuidando de su familia, atendiendo su negocio o simplemente viviendo su vida. La política ocupa horas a quienes la ejercen, pero solo unos minutos al día de quienes la sostienen con sus impuestos.

Por eso los debates parlamentarios no se miden por la audiencia que generan, sino por las consecuencias que producen. Lo importante nunca es lo que ocurre dentro del hemiciclo. Lo verdaderamente importante es si, meses después, los ciudadanos perciben que su comunidad funciona mejor.

Y esa sensación empieza a instalarse lentamente en Cantabria.

No porque todos los problemas hayan desaparecido. No porque el Gobierno acierte siempre. Ni siquiera porque la oposición haya dejado de ejercer su labor de control. La diferencia es mucho más sencilla: la gestión ha sustituido al espectáculo.

Durante demasiados años la política regional terminó identificándose con un permanente ejercicio de personalismo. La figura del presidente eclipsaba a la propia institución. Cada fiesta popular, cada plató de televisión y cada declaración estridente alimentaban una forma de entender el poder basada en la exposición constante del dirigente.

Aquella política producía titulares.

Pero no siempre producía resultados.

Hoy el escenario es distinto.

María José Sáenz de Buruaga no ocupa las portadas por sus ocurrencias. Las ocupa, cuando ocurre, por proyectos, inversiones, reformas o compromisos de gestión. Se podrá discrepar de muchas de sus decisiones. Se podrá exigir mayor rapidez, mayor ambición o una acción política más intensa. Pero resulta difícil negar que el centro de gravedad de la política cántabra ha vuelto a situarse donde siempre debió estar: en la administración de los problemas cotidianos.

El Debate sobre el Estado de la Región dejó una larga relación de anuncios. Cincuenta y dos compromisos distribuidos entre sanidad, infraestructuras, vivienda, educación, industria y política social. Algunos llegarán a ejecutarse. Otros probablemente sufrirán retrasos. Alguno quizá no llegue nunca a materializarse.

Así funciona cualquier acción de gobierno.

Lo verdaderamente relevante no es el número de anuncios.

Lo verdaderamente importante será comprobar dentro de un año cuántos de ellos han dejado de ser promesas para convertirse en realidades.

Ahí es donde un Gobierno se juega su credibilidad.

Porque la política útil no consiste en prometer más que nadie.

Consiste en cumplir más que nadie.

Y existe otro elemento que conviene destacar.

Mientras España atraviesa uno de los momentos de mayor deterioro institucional de las últimas décadas, con investigaciones judiciales que afectan al entorno del poder, enfrentamientos permanentes entre instituciones y una crispación que parece no conocer límites, Cantabria ha conseguido mantenerse razonablemente al margen de ese ruido nacional.

No significa vivir de espaldas a los problemas del país.

Significa no convertir la política regional en una sucursal permanente de la confrontación madrileña.

Los ciudadanos valoran mucho más una carretera que se termina, un centro de salud que abre sus puertas o un colegio que amplía sus instalaciones que cien declaraciones grandilocuentes contra el adversario político.

Y esa es una lección que demasiados dirigentes han olvidado.

Después de décadas de gobiernos regionalistas y socialistas, la comunidad decidió abrir una nueva etapa. No fue únicamente una alternancia política. Fue también una manera distinta de entender el ejercicio del poder.

Cantabria necesitaba recuperar la confianza en sus instituciones después del mayor escándalo de corrupción conocido en la comunidad autónoma.

La limpieza institucional nunca debería convertirse en una noticia extraordinaria.

Debería ser la condición mínima para gobernar.

Quizá por eso muchos alcaldes, empresarios y ciudadanos trasladan una sensación cada vez más repetida: que la administración vuelve a funcionar con una cierta normalidad.

Eso no significa conformismo.

Al contrario.

El Gobierno de Buruaga todavía tiene importantes asignaturas pendientes. La vivienda sigue siendo uno de los grandes desafíos. La despoblación continúa amenazando amplias zonas del interior. La burocracia sigue frenando inversiones. La presión fiscal y las dificultades para atraer talento exigen decisiones más valientes.

Gestionar bien no puede convertirse en la meta. Debe ser únicamente el punto de partida.

Porque Cantabria necesita algo más que estabilidad.

Necesita ambición.

Necesita crecer.

Necesita atraer empresas.

Necesita retener a sus jóvenes.

Necesita convertirse en una comunidad donde el esfuerzo vuelva a traducirse en oportunidades.

Y para lograrlo harán falta decisiones que probablemente no siempre serán populares.

Gobernar consiste precisamente en eso.

En elegir.

En asumir costes.

En explicar las decisiones.

No en perseguir cada día un nuevo titular.

El Debate sobre el Estado de la Región deja, por tanto, una conclusión razonablemente positiva. Cantabria parece haber recuperado el sentido de la normalidad política. Y en un tiempo en el que demasiadas instituciones españolas viven atrapadas por el ruido, el enfrentamiento permanente y el deterioro de la confianza pública, esa normalidad adquiere un valor extraordinario.

Ahora llega la parte realmente importante. Los discursos ya han terminado. Los anuncios ya están hechos. Es el momento de demostrar que las palabras pueden convertirse en hechos.

Porque al final los ciudadanos no votan ruedas de prensa.

Votan resultados.

Y esa seguirá siendo la única encuesta que verdaderamente importa.