En Paiporta: “que la pidan”. En Tenerife: “que rueden las cámaras”
Pedro Sánchez ha convertido la política en un cálculo obsceno sobre el dolor ajeno. Cada catástrofe, cada emergencia y cada crisis son para él una oportunidad de supervivencia personal. No gobierna pensando en los ciudadanos, sino en el beneficio político que puede extraer de cada desgracia.
Por eso el mismo presidente que ahora ha considerado imprescindible intervenir en Canarias para obligar a recibir un barco de origen argentino y bandera holandesa cargado de riesgo vírico, miró descaradamente hacia otro lado cuando Valencia se ahogaba bajo la dana o Castilla y León ardía entre incendios devastadores.
Porque ahí no le interesaba intervenir.
Ahí no había relato heroico internacional. Ahí no podía posar como líder humanitario global rodeado de expertos, técnicos de la OMS y comparecencias solemnes. Ahí solo había muertos, destrucción y presidentes autonómicos del PP a los que dejar solos para que el desgaste político recayera sobre ellos.
Y esa es la esencia moral del sanchismo: ayudar solo cuando políticamente le interesa.
Porque esa es la gran frase que define a Pedro Sánchez: “Si quieren ayuda, que la pidan”. Traducción real: si me beneficia, acudiré; si no me interesa, miraré hacia otro lado aunque el país arda o se ahogue.
Nunca existió una política nacional de emergencias bajo el sanchismo. Existe únicamente una política de cálculo electoral permanente.
Resulta grotesco contemplar cómo Sánchez y su Gobierno han rebuscado ahora entre reglamentos internacionales y normas marítimas cogidas con pinzas para justificar la llegada del barco del hantavirus a Canarias, anulando incluso el criterio inicial de la Autoridad Portuaria de Tenerife. Todo para construir otra gran escenografía mediática que le permita tapar durante unos días la corrupción que asfixia al PSOE.
Porque mientras España habla del barco, del virus y de las cuarentenas, en el Tribunal Supremo desfilan audios, mordidas, prostitutas, sobres, enchufes, empresas públicas colonizadas y testimonios demoledores sobre la trama Ábalos-Koldo-Aldama.
Y justo entonces aparece otra crisis internacional perfectamente televisable.
Qué casualidad.
Más aún cuando el barco podía dirigirse directamente a Países Bajos sin necesidad de convertir Canarias en el epicentro mediático de una alarma sanitaria internacional.
Pero Sánchez necesitaba otra cosa: otra bomba de humo.
Necesitaba otra emergencia emocional colectiva con la que reconstruir el personaje del gran gestor humanitario mientras España deja temporalmente de mirar hacia el banquillo donde se sienta su antiguo número dos.
Porque Ábalos no era un ministro cualquiera. Era el corazón político del sanchismo. El hombre de confianza del presidente. El organizador del PSOE. El ejecutor de la moción de censura. El dirigente al que Sánchez entregó el poder territorial y el Ministerio más importante del Gobierno.
Y ahora el país descubre una estructura nauseabunda de corrupción incrustada en el núcleo mismo del poder socialista.
Por eso el presidente necesita desesperadamente cambiar el foco.
Y ahí reaparece el Sánchez más carroñero: el político capaz de convertir cualquier tragedia colectiva en una herramienta de autoprotección personal.
Lo vimos con la pandemia. Lo vimos con el volcán de La Palma. Lo vemos ahora con el hantavirus.
Siempre igual.
Primero se dramatiza la situación. Después llegan las comparecencias técnicas. Luego aparece el discurso moral donde España debe sacrificarse por humanidad mientras cualquiera que cuestione algo pasa automáticamente a ser insolidario, alarmista o poco menos que un monstruo.
Todo perfectamente diseñado para sustituir el debate sobre corrupción por el debate sobre miedo.
Mientras tanto, el mismo Gobierno que ahora da lecciones humanitarias fue incapaz de acompañar con dignidad a las familias de los guardias civiles asesinados por el narcotráfico. Ministros para los Goya, para Wyoming o para las fiestas de la progresía nunca faltan. Para los funerales de servidores públicos abandonados por el Estado, sí.
Porque ahí no había rentabilidad propagandística.
Y eso es exactamente Pedro Sánchez: un político que ya ni siquiera distingue entre interés nacional e interés personal. Todo queda subordinado a su supervivencia. Todo se mide según el beneficio que pueda obtener. Todo gira alrededor de su imagen.
Incluso las tragedias.
Incluso los muertos.
Incluso el miedo colectivo.