La “H” del odio: la receta del comunismo

Sanchismo...
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Hay decisiones políticas que revelan más de lo que aparentan. El lanzamiento del nuevo artefacto digital del Gobierno contra la llamada “huella del odio”, bautizado con el extraño acrónimo de “Hodio”, es una de ellas. No se trata solo de un nombre desafortunado ni de una licencia lingüística. Es algo más profundo: un síntoma del modo en que el poder pretende redefinir el lenguaje para controlar el debate público.

No deja de resultar significativo que la iniciativa se presentara precisamente un 11 de marzo, fecha que sigue marcada por una de las mayores tragedias de la historia reciente de España. Más de dos décadas después, aún quedan preguntas sin respuesta sobre aquellos atentados. Sin embargo, en lugar de fomentar un clima de investigación libre o de reflexión crítica, los gobiernos socialistas han preferido estigmatizar cualquier duda, etiquetando a quienes cuestionan la versión oficial como conspiradores o agitadores.

Ahora, con este nuevo invento semántico, el siguiente paso consiste en convertir la discrepancia en delito moral. No bastará con disentir: quien lo haga podrá ser señalado como “hodiador”.

El lenguaje como arma política

La introducción de esa “hache” innecesaria no es inocente. En la tradición del idioma, el odio se escribe sin adornos. Es un sentimiento humano, oscuro y profundamente subjetivo. Filósofos como Spinoza lo definieron como una tristeza vinculada a una causa externa, algo que pertenece al terreno de las pasiones individuales.

Pero el sanchismo pretende otra cosa: transformar una emoción privada en un fenómeno político perseguible. Al elevar el “Hodio” a categoría de amenaza pública, el Gobierno construye un enemigo abstracto que justifique su intervención en el espacio de la opinión.

Es la vieja lógica de los regímenes que necesitan señalar culpables para consolidar su poder.

El odio asimétrico

Durante la presentación de la iniciativa, el propio presidente afirmó que en España el odio se utiliza de forma “asimétrica”. No es una frase menor. En realidad encierra toda una cosmovisión política: la idea de que existen odios legítimos y odios ilegítimos.

Según ese esquema, la animadversión contra la derecha sería una reacción comprensible, casi natural. En cambio, la crítica hacia el presidente o hacia su Gobierno se convertiría en una forma peligrosa de “deshumanización”.

Así se construye una nueva frontera moral: no entre violencia y libertad, sino entre quienes apoyan al poder y quienes lo cuestionan.

El manual de los viejos totalitarismos

La historia ofrece demasiados ejemplos de lo que ocurre cuando los gobiernos intentan regular los sentimientos de la sociedad. Los totalitarismos del siglo XX perfeccionaron esa técnica hasta convertir el odio en un deber cívico. Bastaba con definir al adversario como enemigo del pueblo para justificar cualquier forma de persecución.

George Orwell describió ese mecanismo con precisión en sus célebres “Dos minutos del odio”: un ritual colectivo diseñado para canalizar la frustración social hacia un enemigo previamente designado.

El proyecto “Hodio” parece inspirado en esa misma lógica. No pretende reducir la polarización, sino administrarla. Convertirla en instrumento político.

Una democracia que aprende a odiar

La verdadera amenaza no está en las redes sociales ni en los ciudadanos que expresan su descontento. Está en un poder que intenta monopolizar la definición de lo que puede decirse y lo que debe callarse.

Cuando un Gobierno decide qué críticas son legítimas y cuáles constituyen “odio”, la democracia deja de ser un espacio de pluralismo para convertirse en un sistema de vigilancia ideológica.

Por eso la polémica “hache” del “Hodio” no es un detalle ortográfico. Es un símbolo. La señal de que el lenguaje empieza a ser manipulado para dividir a los ciudadanos en bandos morales.

Y cuando eso ocurre, la libertad deja de depender de las leyes para depender de la voluntad del poder.

En manos del sanchismo, la hache ya no es muda. Es un hacha.

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