¿En qué momento permitimos que esta gente llegara al poder?

Ábalos, Sánchez y Cerdán.
Ábalos, Sánchez y Cerdán.

La historia conocida esta semana sobre el hermano de Francisca Muñoz Cano —“La Paqui”—, pareja de Santos Cerdán, ex recluso y hasta hace pocos meses número dos de Pedro Sánchez, no es un incidente aislado. Es el síntoma inequívoco de una decadencia moral e institucional que se ha instalado en el corazón del Estado.

Un individuo con un historial de violencia y amenazas incendia la casa donde duermen su mujer y sus hijos. Lejos de ser rechazado, encuentra cobijo en una obra pública sufragada por todos los españoles. La tragedia ya no es el delito: es la normalización de la indecencia como comportamiento compatible con lo público.

El poder como refugio del delincuente

Lo que antes escandalizaba, hoy se maquilla con silencios, excusas y complicidades. El entorno político del sanchismo está rodeado de causas por cohecho, malversación, tráfico de influencias, amenazas, violencia de género, prevaricación, proxenetismo y corrupción.

La familia Cerdán-Muñoz es solo un capítulo más. La del propio presidente tampoco se queda atrás: Begoña Gómez acumula cinco imputaciones; su hermano, dos. ¿La respuesta del poder? Protegerlos. Blindarlos. Premiar su cercanía al líder.

El poder ya no se ejerce desde la virtud: se gestiona como un negocio familiar de dudosa legalidad.

La Moncloa como epicentro de la degradación

Pedro Sánchez no es un espectador pasivo. Es el principal arquitecto de este modelo. Ha convertido la presidencia en una red de lealtades personales donde la ley se interpreta al gusto de quien manda.

Un fiscal general —Álvaro García Ortiz— condenado por revelar secretos judiciales. Un presidente filtrando investigaciones reservadas a un exministro. ¿En qué democracia avanzada puede suceder esto sin consecuencias?

De la vergüenza a la impunidad

España se desliza peligrosamente hacia la lógica de países donde la justicia es un arma política y la información libre una rareza. Como en Venezuela, como en México, como en cualquier régimen que prospera a base de miedo, corrupción y propaganda.

Cuando los gánsters ocupan el Gobierno, el Estado de Derecho se convierte en una farsa.

La lista de escándalos del sanchismo es interminable: Tito Berni, ERE, caso Begoña, caso Koldo, filtraciones desde la Fiscalía, agresores sexuales protegidos, condenas borradas desde tribunales afines… No es un Gobierno: es una maquinaria de supervivencia personal.

La esperanza: la ley y la verdad

Pero no todo está perdido. La Justicia —presionada pero resistente— sigue avanzando. El periodismo —acosado pero libre— continúa informando. Y los ciudadanos —hartos pero conscientes— empiezan a despertar.

Hay verdades que ni la propaganda más agresiva puede silenciar: el mal no puede ganar.

Lo advirtió Giovanni Falcone, juez asesinado por la mafia: “La decencia no es una utopía, sino una obligación.”

No es ideología es sentido común

No está en juego un partido ni una ideología. Está en juego la dignidad de las instituciones y el alma misma de la democracia.

Nos gobierna gente indigna. Y es hora de ponerles freno. 

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