Cuando el poder silencia al mensajero, la democracia deja de hablar
Lo que ha ocurrido en el Congreso de los Diputados este 22 de julio no es un trámite técnico ni una simple reforma del reglamento. Es un acto gravísimo, una señal inequívoca de que el poder ha decidido avanzar sobre los medios de comunicación, y lo hace sin pudor, sin disimulo y con una peligrosa arrogancia. Desde ALERTA lo decimos alto y claro: esto es un crimen contra el periodismo, y por tanto, un crimen contra la democracia.
La reforma recién aprobada otorga a la Cámara —es decir, a los partidos que gobiernan en mayoría— la potestad de expulsar y sancionar a periodistas acreditados, si consideran que sus “formas” o sus preguntas “faltan al respeto de la cortesía parlamentaria”. ¿Quién decide qué es una falta de respeto? Los mismos a los que esos periodistas deben vigilar. Es decir, los vigilados redactan ahora las normas de los vigilantes.
Cuando el poder se convierte en árbitro de la verdad, la información se convierte en propaganda.
No nos engañemos. Esta medida no busca proteger el decoro parlamentario. Busca controlar la narrativa. Busca domesticar la prensa, convertirla en altavoz obediente de quienes mandan. Y comienza por el caso más incómodo para el Gobierno: el periodista Vito Quiles, al que jamás se le ha permitido hablar en una rueda de prensa dentro del Congreso, pero que ha hecho lo que debería hacer todo buen reportero: salir a la calle a preguntar lo que otros callan.
Primero fue Vito Quiles. Mañana puede ser cualquier medio.
El Gobierno y sus socios justifican esta maniobra presentando a Quiles como un “agitador”. Lo que no dicen es que lo que incomoda no es su tono, sino sus preguntas. Preguntas que miles de ciudadanos se hacen y que nadie más formula dentro de las instituciones. Preguntas que no nacen del aplauso, sino de la sospecha. Eso es periodismo.
Hoy se expulsa a un periodista incómodo. Mañana se condicionará la línea editorial de un medio. Y pasado, se cerrarán redacciones enteras.
Lo hemos visto en otras latitudes, en otras épocas. Y siempre empieza igual: silenciando a quien hace la pregunta incorrecta.
El Congreso no es propiedad del Gobierno
Que no se confunda nadie: el Congreso no pertenece al presidente del Gobierno ni a los partidos que lo sostienen. Es la sede de la soberanía nacional, donde todos los españoles están representados. Y si los ciudadanos tienen derecho a elegir a sus representantes, también tienen derecho a ser informados sobre lo que hacen esos representantes.
La prensa existe para cumplir ese rol: vigilar, interpelar, denunciar, preguntar. No para caer bien ni para obedecer al poder. Si un Gobierno puede decidir qué periodista entra y cuál no, la información deja de ser libre y se convierte en oficialista. Eso ya no es democracia. Eso es control. Eso es censura. Eso es miedo.
El crimen no es el estilo: es el castigo
Vito Quiles podrá gustar más o menos. Su estilo podrá parecer agresivo a algunos o provocador a otros. Pero nadie ha demostrado que haya incumplido la ley, ni que sus preguntas no sean pertinentes. De hecho, lo que molesta es precisamente eso: que hace las preguntas que otros no se atreven a hacer.
La libertad de prensa no se defiende con simpatías: se defiende con principios.
Quienes aplauden esta sanción porque “no les gusta” el periodista de turno están celebrando su propia censura futura. Hoy callan a Quiles. Pero mañana callarán a quien cuestione la inflación, la amnistía, los pactos oscuros, los negocios públicos, los abusos de poder. ¿Quién defenderá entonces el derecho a saber?
La democracia no es compatible con una prensa autorizada
Desde este diario, que tiene casi un siglo de vida y ha atravesado regímenes, transiciones y gobiernos de todo signo, lo decimos con toda claridad: la democracia no se ejerce solo en las urnas. Se ejerce cada día, en la capacidad del ciudadano para entender, opinar, cuestionar y exigir.
Y esa capacidad depende de que haya medios libres, preguntas libres y periodistas libres. Si se destruye esa cadena, no queda democracia, sino teatro.
Una prensa amordazada no informa: obedece.
Un Congreso que expulsa periodistas no es una institución democrática: es un fortín del poder.
Y un Gobierno que necesita silenciar al mensajero para sostenerse, ya ha empezado a caer.
No es solo Vito. Somos todos.
Este ataque contra la prensa no es un episodio aislado. Es un ensayo general de lo que viene si no se frena a tiempo. Hoy callan a un periodista joven e incómodo. Pero el daño es mayor: están educando a toda una generación de periodistas en el miedo.
El miedo a preguntar. El miedo a incomodar. El miedo a quedarse sin acreditación. El miedo a no gustar al poder.
Y cuando los periodistas tienen miedo, los ciudadanos se quedan ciegos.
Desde ALERTA, seguiremos informando, preguntando y señalando, aunque no guste. Porque nuestro deber no es agradar al poder, sino vigilarlo.
Y hoy, más que nunca, el poder necesita ser vigilado.