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El Diario de Cantabria

La buena vida

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La buena vida

La neurociencia dice que la educación protege el cerebro, que la inteligencia colectiva es mayor que la individual, que la buena alimentación mejora la inteligencia y que en el sueño se recibe información valiosa y creativa, así como que en fases de reposo, dormidos o despiertos las células gliales que rodean las neuronas se encargan de evacuar las tóxinas del cerebro.

Para conseguir todo eso se requiere tener una buena vida, que cubra las necesidades básicas y las ascendentes de logro y reconocimiento.

Cada cual pertenece a una generación, a un grupo económico, étnico, social, familiar, religioso, con diferentes oportunidades, inteligencias diversas y con todo eso mezclado vamos funcionando.

Ir ganando derechos laborales, sociales, civiles, sanitarios, educativos, vacaciones es la aventura  que iniciamos hace más de dos siglos, en muchos países, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.

Los famosos 30 años gloriosos del capitalismo regulado en países occidentales nos llevó a vivir cada vez mejor, hasta que empezó a ser bien vista la codicia y terminó estallando en el Crack del 2008. Desde entonces hemos perdido derechos ganados, condiciones de vida mejoradas gota a gota.

Lo que fue orgullo de las democracias, buenos servicios públicos, derechos respetados, se van hundiendo en manos de una económica cada vez más salvaje.

Aquello de que lo privado funciona mejor, ha derivado en entrar como caballo de troya en lo público, para venderlo o hundirlo.

Vivimos una especie de posesión política: querer y conseguir que otros hagan lo que los depredadores económicos necesitan, voluntariamente o por supervivencia; convierten la esperanza, la trayectoria necesaria de los jóvenes en una adolescencia de eterna rabia y comportamientos infantiles.

Se sabe que quien más tiene menos comparte y que cuando se haya privatizado todo nos habrán privado de todo.

Sigue aumentando la desigualdad,  disminuyendo  la clase media, y se reinventa el esclavismo; lo que obliga a la gente a desempolvar el chip del superviviente ya olvidado en los Estados del Bienestar. Actualmente se estima que el 85% de los beneficios de las grandes empresas se quedan en un bucle cerrado de sus poseedores sin revertir en riqueza para los países. El efecto en cadena es el de debilitar al Estado, perderle el respeto, hacernos perder la esperanza que a su vez lleva a creer en nuevas cabezas parlantes que te dicen “tú puedes solo, puedes ser millonario, déjate de creer en el estado y si no lo consigues eres tonto, débil, perdedor”.  De manera que quienes se cargan el bienestar económico, la riqueza de los países al cortar el ciclo sostenible de reinvertir beneficios, reclutan seguidores  bien cebados en la rabia para lanzarlos al abismo.

Ya se sabe que quien hizo la caridad primero hizo los pobres; y la pobreza es una sentencia de muchas clases de muerte.  Dos de cada tres personas van camino de ser más pobres que sus padres, así que se agarran a su raza, su religión, su pasado, y acaban de entrar en el Capitolio de Washington . En las noticias la foto del primer Man, el hombre primitivo con toda su ira sin filtro, con sus pieles, pinturas en el cuerpo, su gorro de osamenta de animal cazado,  héroe del ‘no entiendo nada’ al servicio del último Man, el que ha sofisticado su ira entre dinero, para hundir precisamente a los que ahora están más irritados, el ultimo Man ha hecho magia: despreciar a las Instituciones, no dar cuentas legales y hacer creer a sus seguidores que la culpa de sus desgracias la tienen los gobiernos que intentan arreglar el destrozo.

La política-económica para el bien común es hoy de nuevo el desafío. Volver a sacar a los mercaderes del templo y conseguir que lo que tiene que ser tratado en psicoterapia y ha  irrumpido en forma de delirio ‘político’, no pueda durar, no pueda quedarse.

La política no es política cuando quiere matar al otro de mil maneras.

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