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El Diario de Cantabria

Iris amarillo para el viaje

Iris amarillo para el viaje

Como el de los ojos de Carlota, la mujer de la novela ‘ Las palmeras salvajes’ del escritor William Faulkner. Del mismo color le tienen los leones. Esa rareza en los ojos humanos hacía que en la edad media la gente se asustara y mataran a sus poseedores; dicen que los herederos de ese color ya extinguido en la evolución son quienes tienen ahora el color miel.

Leí ese libro durante el gran acto de distracción atenta que es moverte por el mundo. Viajar me recuerda a una paciente ciega que sentía inútiles sus manos, vivía muy arropada por la familia, le daban todo hecho, hasta la comida a la boca; el tratamiento propuesto por su neurólogo, el Dctor Sacks, fue ponerle la comida fuera del alcance, lo que la obligó a usar las manos para cogerla. Tal vez tenía miedo de tocar lo que no veía, porque el conocimiento de las cosas requiere todos los sentidos, no se puede con uno solo conocer un objeto, hay que aprender como compensar un sentido fallido con otras habilidades. También el viaje crea la necesidad de preguntar, tocar, admirar, sorprenderte, experimentar miedos nuevos o quedarte en blanco, ser otra vez infancia inocente que descubre algo por primera vez, lejos del sofá y las rutinas autómatas adultas.

El viaje permite ser liviano, fugaz explorador del primer vistazo. Pasar una vez solo por sitios desconocidos sin tiempo de repetirse ni de reparar un gesto equivoco, acelerado. Llevar los ojos amarillos de la sorpresa y el instinto con la atención flotante de quien se ha liberado de cargas y fastidios; es como leer una buena historia donde todo es novedoso y al tiempo te habla de ti de una manera profunda.

Nos sentimos porosos en el tránsito del viaje, esperamos algo a modo de señal que nos avive, ávidos y ansiosos, nos hacemos con la piel y la fuerza de leones en territorio abierto. Estábamos en Sicilia, acostumbrada a ver cambiar de manos al Poder a lo largo de su historia; reposan allí los Mitos con las Culturas y Ulises pasa por sus aguas. En el bullicio continuo de Palermo y Catania ondean las palmeras su plumaje lento. Es el sur y nadie parece estar solo.

A ratos, entro en el viaje de Carlota, el final de sus ojos amarillos, un hombre abatido está a su lado. Recorro el desamparo de dos ahogados en su savia interna que quisieron vivir solo con lo que dos se otorgan. La trama queda lejos, en 1937 y un paisaje de palmeras muy distintas rugen salvajes en el pacifico fuera de temporada.

Por las hojas del libro remolonea desorientado el último rayo del día, parece un ave irisada camino de poniente. El Etna duerme. En bocanadas ronda la secreta isla, nos deja pasear por su negro lomo. Es setiembre, el mes que mezcla las sombras sin resistencia y apacienta al sol.

Falcone y Borsalino sonríen desde un graffiti gigante. En las calles las parejas se dicen amore al encontrarse y los amigos se besan en un ritual antiguo de alegría. Caminamos entre los secretos de los lugareños, no se ve tensión en sus rostros. Las Islas son herméticas.

Elegimos la compañía, la lectura, el iris amarillo de lo extraordinario y el viaje se encarga de mezclarlo todo a su manera en un concierto incesante. El alma de un libro y de una geografía atraviesan la mía. Una heroína trágica termina su aventura, yo vuelvo a mi casa, me han hablado un poco los siglos de esta tierra y he visto el haz de luz que guardan para las heridas.

La voluntad de vida choca contra la intemperie de lo solo.

Iris amarillo para el viaje
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