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El Diario de Cantabria

Enganche a historias sombrías

Enganche a historias sombrías
Enganche a historias sombrías
Enganche a historias sombrías

Doomscrolling es la necesidad incesante de consumir historias sombrías, un enganche al apocalipsis, se llama. Mejor distanciarse un poco de esa inclinación tan actual . Es todo un ejercicio de Meditación  budista, poner distancia protectora,  ver pasar las cosas como por una cinta registradora que se van alejando de ti ; aunque sin recurrir a técnicas milenarias, la propia superposición de noticias o su repetición consigue protegernos un poco como mecanismo de defensa para que no se queden en tu cabeza y se exhalen como otras toxinas diarias.

Lo que ha ocurrido en 2020 y lo que continua, es la sensación más frecuente que tenemos de lo que es el apocalipsis. Por un lado conocemos cada día los efectos en salud y económicos de la pandemia, donde sobresale  en cuanto al comportamiento del virus que donde hay más contaminación, mas densidad de población, es mas contagioso y letal de base, a lo que hay que sumar luego medidas sanitarias y auto-responsables que se tomen o no; otros fenómenos se suceden al unísono, calor y frío excesivo, inundaciones o nieve derivadas del cambio climático, -¡Vamos a intentarlo, si se lograra que no suba la temperatura más de dos grados, podremos contenerlo!- dicen las últimos estudios.

Entre las malas noticias, están las asociadas a la degeneración de lo natural en la tierra, el peligro en que se encuentran riquezas esenciales del planeta pero que empiezan a mover cantidades de dinero lejos que nosotros: en el 2008 los Mercados de Futuros sobre productos alimentarios se convirtieron en un refugio seguro para inversores, el resultado de esto es que se quintuplicó el precio del trigo. Ahora empieza a pasar con el agua.

Aquí en Cantabria, en general todo pasa a menor escala, excepto las puestas de sol que cada vez son más espectaculares, nos renuevan el  asombro y traen la paradoja de un regalo visual inmenso entre las restricciones que hemos de vivir el día a día, algo así como ¡que bonito es el fin del mundo!. Nuestra comunidad es pequeña y somos millonarios en paisaje y en tamaño de territorio; Platon decía que solo se puede gobernar lo pequeño, lo que se puede abarcar, lo que depende de nuestro control. Así todo padecemos por supuesto males actuales como puntos de contaminación, dolorosos mordiscos de cierre de empresas emblemáticas y de pequeños  negocios.

Es bueno entrar en el vagabundeo del pensamiento, esa manera de aflojar presión que no necesita un estimulo tan hipnótico como la puesta de sol, resulta un relajante natural, solo pide silencio. Los días sujetos a las noticias negativas van contra ese estar flotante que lo mezcla todo como un bálsamo. El ruido constante dispara la secreción de hormonas contra el gran arte de vagabundear por la mente y el entorno.

Pero no todo va a ser silencio, también la acción conjunta, tejer redes altruistas,vínculos humanos, activan los mismos circuitos de recompensa que tomar cocaína; sin gasto ni efectos secundarios,si nos sentimos solos, el cerebro se protege, entra en auto-preservación. El aislamiento social crónico, centrado en las malas noticias es un factor de riesgo para la salud; mientras que los vínculos de comunicación espontánea, libre, cara a cara, liberan mensajes químicos beneficiosos, placenteros.

La libertad de pensamiento que nos demos tiene que incluir también la importancia del olvido, evitar el gasto energético del peso de lo negativo, aquello en lo que no podemos intervenir directamente y quedarnos con lo que podemos hacer mejor,más eficaz en el lugar que nos toca. Todo por proteger al caballito de mar del hipocampo que está en medio de los dos hemisferios del cerebro, pequeño órgano ancestral cargado de emociones, información y memoria selecta que se desgasta en el peor de los casos un 1% a partir de los 65 años.

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