Maestre, la vergüenza del pseudoperiodismo
Hay personajes en el mundo de la comunicación que no merecen el título de periodistas. Antonio Maestre es uno de ellos. Colaborador habitual en tertulias televisivas y articulista en medios como eldiario.es, ha construido su notoriedad no a base de rigor, sino de provocación barata. En lugar de informar, Maestre se ha especializado en intoxicar el debate público desde una trinchera ideológica cerrada, donde la autocrítica brilla por su ausencia y la falacia es su herramienta predilecta.
El caso más reciente —y más ridículo— es su interpretación del número 33 como símbolo de apología nazi. Según Maestre, llevar ese número puede ser un gesto sospechoso, sin tener en cuenta que Fernando Alonso lo luce como una meta personal, al buscar su victoria número 33 en Fórmula 1. No solo es una acusación absurda, sino que refleja una ignorancia alarmante: el código utilizado por grupos neonazis es el 88, no el 33. La diferencia entre ambos números parece irrelevante para quien, al parecer, da igual 8 que 80 con tal de alimentar su narrativa.
Este tipo de comentarios, disfrazados de análisis, no son errores inocentes. Son parte de un patrón que convierte a Maestre en un exponente de lo que podríamos llamar “pseudo periodismo moralista”: una corriente donde la verdad es secundaria y la descalificación se vuelve doctrina.
Otro de sus momentos más bochornosos fue su encontronazo con Bertrand Ndongo en las inmediaciones del Congreso. Maestre, que anteriormente había lanzado un micrófono a otro periodista (Vito Quiles), se mostró sorprendido cuando se le pidió hacer lo mismo con Ndongo. Su reacción osciló entre la altanería y el nerviosismo, dejando claro que su valentía es selectiva y su agresividad, un acto performativo de plató.
Pero lo que de verdad retrata la catadura moral del personaje es su artículo sobre Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA. Maestre escribió que fue "una víctima del terrorismo, pero también un actor político que promovió una polarización inasumible para la convivencia". Es decir, que en su lógica retorcida, la víctima fue también culpable. Que el problema no fueron los terroristas, sino quienes no quisieron callarse ante ellos. Una tesis que no solo es indecente, sino que blanquea al verdugo y mancha la memoria del asesinado.
En otra de sus piezas más infames, titulada "A Miguel Ángel Blanco lo mató la polarización política", Maestre da un paso más allá: equipara a los que se enfrentaron a ETA con los que apretaron el gatillo. Se necesita una falta total de ética —y de humanidad— para escribir semejante barbaridad y quedarse tan pancho.
El periodismo, cuando se ejerce con honestidad, sirve para esclarecer y dar voz a la verdad. Maestre, en cambio, ha elegido convertirse en caricatura de sí mismo: una figura que dispara desde la trinchera ideológica sin importar a quién hiere, siempre que le garantice unos minutos más de cámara o unos clics en su columna.
Lo verdaderamente preocupante no es él, sino que haya medios que le sigan dando altavoz. Porque Maestre no es el síntoma de un periodismo libre, sino la consecuencia de un ecosistema donde la provocación ha sustituido al criterio, y la ideología, al rigor.
Y mientras tanto, el verdadero periodismo —ese que informa, investiga y denuncia con datos, no con consignas— sigue pagando el precio de estos bufones del micrófono.