Carta de una residente EIR: el esfuerzo de dos años intensivos se evapora en el baremo cántabro

Dos enfermeras de espaldas.

Por Olga Diaz Parra 

Formo parte de la quinta generación de enfermeras residentes en Enfermería Familiar y Comunitaria en Cantabria. Llegar hasta aquí no fue cuestión de suerte, sino de esfuerzo y constancia. El acceso exige superar un examen nacional de gran dificultad que obliga a meses de estudio intenso, inversión económica y numerosas renuncias personales. 

Después llegan dos años de residencia que no entienden de horarios: jornadas interminables, guardias en hospital y SUAP, responsabilidad creciente y aprendizaje continuo. Es una etapa tan dura como transformadora. Aprendes a mirar más allá de la enfermedad concreta y a comprender a la persona en su contexto, a trabajar con y para la comunidad, a coordinarte con colegios, ayuntamientos y asociaciones, a realizar seguimiento cercano y reducir riesgos antes de que se conviertan en problemas mayores. Es vocación, sí, pero también es especialización.

Sin embargo, al final del recorrido aparece la incertidumbre. En nuestra comunidad la especialidad no se valora. El esfuerzo invertido no solo no se recompensa, sino que ni siquiera computa como tiempo trabajado: dos años reales desaparecen del baremo. No es solo falta de reconocimiento; es un agravio comparativo frente a quienes no realizan esta formación. Porque convierte la cualificación en desventaja.