Zapatero: del socialismo austero al embajador oficioso del sanchismo

Zapatero, el chavista.
Zapatero, el chavista.

El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero sale en las informaciones que apuntan al enriquecimiento ilícito, pero sin que estas lleguen a consolidarse en hechos verificables. El caso aparece envuelto en la bruma de lo inconfesable. No está judicializado. Aparte del foco mediático, no existe ninguna indagatoria abierta ni prueba verificable de que haya cometido algún delito o se haya enriquecido ilícitamente.

En cambio, sí existe una evidencia: no es el Zapatero prometido. No es el que, después de pisar la lona política a finales de 2011 (ya no repitió como candidato a la presidencia del Gobierno en las elecciones de noviembre), anunció que residiría en León y viviría de su retribución como miembro del Consejo de Estado.

También es evidente su alineamiento en el bando de Susana Díaz, en la pugna interna del PSOE en 2017 frente a Pedro Sánchez y su entonces emergente camarilla (Ábalos, Koldo, Santos Cerdán…). Es decir, que estamos ante el extraño viaje de Zapatero desde los valores socialistas sin ánimo de lucro al lucro deshabitado de valores.

Eso, en el plano de lo tangible, lo medible, lo contante y sonante como medio de ganarse la vida. Pero también en el terreno de los intangibles: del "susanismo" antisanchista de 2017 al papel sumiso de embajador oficioso de Pedro Sánchez en Venezuela y China.

Especialmente en la Venezuela chavista, donde parece que su ropaje de pacificador encubre un rápido proceso de enriquecimiento. Hablo de ropaje, solo de ropaje, porque en realidad sus presuntas tareas de mediación nunca dieron frutos concretos en materia de derechos humanos, apertura del régimen o respeto a la justicia universal.

De hecho, el golpe al chavismo lo ha dado Estados Unidos. Y no por una vía diplomática, sino por la más rápida del matonismo reinante en la Casa Blanca, en cuyos informes reservados, por cierto, se mencionaba a Zapatero como "un actor desinformado sobre la situación en Venezuela que ha perdido la credibilidad como mediador".

Todos estos antecedentes han emborronado la memoria de sus logros sociales: el matrimonio homosexual, el carné por puntos, la prohibición de fumar en espacios públicos, la creación de la U.M.E, el divorcio exprés, la ley de memoria histórica o la ley integral contra la violencia de género.

La cara B fue su errática política económica durante el segundo mandato (2008–2011), cuando fue el “friki de la autopista” —iban en dirección contraria todos menos él— por su empeño expansivo mientras Europa imponía austeridad. Hasta que lo atropelló la realidad y acabó firmando recortes antisociales mediante decretazos.

Tal vez fue entonces cuando se contagió del síndrome de Escarlata O’Hara:

"Juro que nunca más volveré a pasar hambre".

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