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El Diario de Cantabria

Siempre tendremos una historia de mierda que contar a nuestros hijos

Siempre tendremos una historia de mierda que contar a nuestros hijos

Cuantos buenos momentos he vivido siempre que he tenido la ocasión de conversar con personas más mayores que se afanan en ilustrar de forma nostálgica y romántica, pero a la vez tenaz y elocuente, situaciones pasadas que han supuesto un motivo de orgullo, felicidad o admiración hacia un hecho, anécdota, familiar, amigo, personaje público o de cualquier otra índole. Yo admiro a todos aquellos que pueden - y saben- contar una buena historia; y no me refiero a narrar un hecho, me refiero a cautivar a su interlocutor, hacerle partícipe, transportarle al momento y lugar donde se desarrolla la acción, permitiéndole conocer y comprender lo que no tuvo la oportunidad de vivir.

El caso es que mientras paseaba el otro día con mi querida novia, pensaba qué historias podría contarle yo a mis futuros hijos sobre mis primeros 40 años de vida -no es que piense no superar la cifra, es que trasladé el pensamiento al momento actual, lo proyecté en el presente-.

Sobre mis primeros 18 años de vida casi que puedo borrar -o cuanto menos obviar- un montón de cosas: no me veo capacitado para confesarle a mi hijo el respeto que me daban los profesores y los señores mayores o lo mucho que lloré cuando el conductor del autobús del colegio me dijo que cambiaba de trabajo, no vaya a ser que me considere débil o intuya algo peor; tampoco puedo contarle que jugábamos con palos y piedras hasta las diez de la noche sin más preocupación que ser felices y emular a grandes aventureros y héroes -figurados- que siempre salvaban a personas en apuros, seguramente no comprenda cómo su padre no soñaba con ser El Rubius, CR7 o cualquier otro personaje de referencia de la ‘vida moderna’; quizá podría hablarle sobre mi Primera Comunión, pero cuando tenga edad de comprender igual me lincha por haberla tomado.

Si vamos a un pasado más próximo -acotado al siglo XXI-, lo cierto es que tampoco recuerdo hechos mucho más dignos de ser narrados y disfrutados: estallido de la burbuja tecnológica (recuerda las ‘puntocorn’) en el 2000, atentado de las Torres Gemelas y el ‘corral ita’ argentino en 2001, atentados en los trenes de Madrid en 2004, crisis financiera global y colapso en Lehman Brothers en 2008, Primavera Árabe en 2010, una predicción del fin del mundo hecha por un maya muy visionario en 2012, epidemia del Ébola en 2015 ... Bueno, y el nacimiento del lpad en 2010, que cambiaría para siempre nuestra forma de interactuar con los dispositivos electrónicos. -Descifrar el genoma humano no consta en las fuentes consultadas, pero para tu información fue entre los años 2001 y 2003-.

Pero, ¿y si le cuento algo del presente? Entonces sí que pasaremos un buen rato -él mejor que yo, porque yo lo he vivido-. Puedo hablarle sobre la pandemia provocada por la COVID-19, una crisis financiera que parece extenderse desde 208, una sociedad cuyos valores parecen diluirse día a día, un Presidente del Gobierno que llora la muerte de un asesino de inocentes en la cárcel, padres preocupados por la educación de sus hijos cuando los que deberían volver al colegio son ellos, Dina, Juan Carlos Primero, el intento de polarización social, chanchullos y dinero público evaporado...

En fin, no sé porqué afronto este desafío con tanto pesimismo si vivo en una sociedad en la que nos enseñan a pensar sin cuestionarnos nada, a dar por buena cualquier información con independencia de su fuente y sobre todo, a olvidar rápido aquellas cosas que no interesa que perduren en nuestra memoria constituyendo un ‘legado’ para futuras generaciones. ¿Acaso no es suficiente una mierda de historia que contar a nuestros hijos?

Siempre tendremos una historia de mierda que contar a nuestros hijos
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