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El Diario de Cantabria
Álvaro Galán
08:20
3/05/20

Ojalá esto fuese todo sobre mi madre

Ojalá esto fuese todo sobre mi madre

-Mamá, tengo mi propia columna de opinión en un periódico!- Por fin alguien me ha dado la oportunidad de escribir sobre las cosas que para mi son importantes; aquellas entre las que ocupan un lugar destacado las que he aprendido de ti a lo largo de todo este tiempo, y que semana tras semana intento recordar, ordenar y transmitir a quien está dispuesto a dedicarme una pequeña porción de su bien más preciado: el tiempo.

Seguro que como madre que me enseñó a separar lo urgente de lo importante, a discernir lo que era bueno y malo para mi y para el resto, y a esforzarme y trabajar duro para ser un ejemplo entre todas aquellas personas que me quieren, estás muy orgullosa de mi. Yo también lo estoy de ti, y de mis hermanas que también son y serán madres, y de todas mis amigas, primas, tías y sobrinas que lo han sido, lo son y lo serán. Algún día, sus hijos también habrán aprendido, serán felices, sensibles, buenas personas y se esforzarán por tener y crear un mundo más justo, más sincero, leal y puro; por transmitirles a aquellos que quieren todo eso que un día aprendieron de su madre. Aquello que solo se aprende y aprecia gracias y a través del amor de una madre.

En un mundo donde parece que estamos más preocupados de satisfacer y buscar la aprobación constante de personas a las que no importamos ni desean un bien para nosotros, tú me has enseñado algo que realmente importa; distinguir quién merece una explicación, quién merece una respuesta y quién no merece absolutamente nada. 

Siempre que puedo les hablo a todos de ti. Sé que a veces puedo resultar hasta pesado cuando les insisto en que se alejen de intentar cumplir con el simbolismo estatutario y las convenciones sociales que, salvo en casos muy aislados, nos están convirtiendo en una sociedad egoísta, envidiosa, distraída y autoculpabilizada y se centren en decirles a sus madres -y por supuesto padres y demás familia y amigos- lo mucho que les quieren, lo importantes que son para ellos y lo que disfrutan cuando pasan tiempo juntos. Sin el móvil y sin tecnología de por medio. Sin política, sin fútbol y sin desgracias ajenas proyectadas en masa día a día para que pensemos que siempre habrá alguien que está peor que nosotros y podamos regodearnos en ello.

Tú me enseñaste, a través de una suerte de disciplina amorosa, que quien tiene una amiga tiene un tesoro, pues fuiste mi primera y mejor amiga; me enseñaste que no debo hacerle a otros lo que no quiero que me hagan a mí, porque duele; me enseñaste la importancia de querer y ser querido; aprendimos juntos, a través de tu propia agonía, que la vida puede ser desgarradora, que todos sufrimos y tenemos que levantarnos; que Dios aprieta, pero no ahoga; que vamos a perder y ganar; que la vida está llena de grandes fracasos y pequeños éxitos, y que lo único que importa es la familia, la amistad y el amor...; pero también supiste transmitirme tus mejores valores, esos que ahora he hecho míos y defiendo con orgullo como una parte inquebrantable de tu legado, ya que forman una parte incuestionable de mi personalidad. 

Ojalá hubiera podido compartir contigo esta vida llena de grandes fracasos. Ya han pasado 11 años desde que te fuiste, y ¿sabes una cosa? tenías razón: yo no voy a cambiar el mundo. Ni siquiera voy a influir en las personas, pero si después de leer esta columna alguien llama a su madre y le dice “mamá, te quiero”, ya habré estado un poco más cerca de ayudar a ser feliz a alguien, de alegrarle el día, de invitarle a reflexionar sobre lo que realmente importa y lo que, una vez que se pierde, ya no vuelve. Como tú misma me dijiste en una ocasión: “La nobleza no reside en ser superior a tus semejantes, la nobleza está en ser mejor que tu yo anterior”, y ayer ya es antes.

Ojalá esto fuese todo sobre mi madre
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