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La cumbre

Pilar Cernuda |

Pilar Cernuda | 01 de agosto de 2020

Acudieron todos menos uno, Quim Torra volvió a dar la nota; pero seguro que no se le echó de menos. El presidente catalán, independientemente de que ande siempre a vueltas con la independencia, asunto ya cansino,  no se caracteriza por ser conversador ameno y de argumentos interesantes. Iñigo Urkullu actuó de Íñigo Urkullu y hasta el último momento negó su asistencia para fortalecer la negociación que mantenía con Moncloa. Se sumó en el último minuto, cuando arrancó las promesas apetecidas a un gobierno que necesita su apoyo para sacar adelante sus iniciativas parlamentarias. Aunque también Urkullu necesita a los socialistas: ha incrementado sus escaños en las elecciones de hace un par de semanas, pero le conviene repetir el acuerdo con el PSE para garantizarse la estabilidad. El Rey presidió la cumbre de presidentes, cumbre incompleta pero relevante, y su presencia dio el máximo toque institucional a una reunión en la que se iban a poner sobre la mesa los muchos problemas que tiene planteada hoy la España autonómica. No es el independentismo el más relevante, sino la financiación, porque no se acaba de asumir que todos los españoles deben tener los mismos derechos residan donde residan. Los que manejan los hilos financieros, léase gobierno central, se inclinan a premiar a aquellos que prestan su apoyo a cambio de ventajas económicas sobre el resto de las autonomías. Urkullu recorrió a toda velocidad los 60 km que le separaban de San Millán de La Cogolla solo cuando a primera hora de la mañana le llegó de Moncloa luz verde para sus exigencias respecto al déficit y la deuda vasca.

Los otros presidentes en cambio tenían la vista puesta en dos asuntos que consideran prioritarios: el reparto de los fondos europeos y que se impulse una coordinación entre las distintas autonomías respecto a las medidas sanitarias que se deben aplicar contra el corona virus y los rebrotes; hay regiones más afectadas que otras, lo que ha obligado a que los diferentes gobiernos se hayan visto obligados a exigir un control de los ciudadanos que llegan desde otras comunidades.

Sánchez, soberbio como siempre aunque presume de escuchar más que nadie –a Urkullu sí, siempre- ha advertido a los presidentes regionales que será él quien tome las decisiones sobre el reparto de los fondos que lleguen de Europa. Olé su empeño de presentarse como un presidente volcado en conciliar y apagar fuegos… Luego critica a los demás porque, dice, se resisten a cualquier tipo de negociación.

Esta cumbre autonómica estaba obligada a abordar con rigor el presente y sobre todo el mal futuro que espera a todos los españoles si no se toman decisiones de la máxima relevancia en el plano sanitario y económico. Se han pronunciado muchas palabras, la mayoría de ellas en un mismo sentido, el de la necesidad de la armonización. Pero Sánchez, como sus antecesores, está más en premiar a los que se portan bien. Con el gobierno.

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